FROYLÁN ALFARO
Hay días en que la muerte parece caminar entre nosotros sin causar temor. El 2 de noviembre es uno de ellos. Las casas se llenan de flores de cempasúchil, las velas iluminan caminos que no hemos recorrido aún y el aire se mezcla con el olor a copal, del pan de muerto y de los platillos que alguna vez, quizá, aprendimos a disfrutar en compañía de quienes ya no están. Sobre las mesas colocamos fotografías, objetos queridos y nombres que el tiempo no ha conseguido borrar.
El Día de Muertos es una celebración hermosa, pues dedicamos una jornada a quienes han muerto, pero lo hacemos con los colores de la vida. No levantamos altares para hablar únicamente de la ausencia, lo hacemos también para recordar que hubo alguien que rio, que amó, que tuvo gustos, manías y costumbres, alguien que ocupó un lugar en nuestra mesa y que todavía la ocupa, aunque de otra manera, en nuestra memoria. Por eso, esta celebración es también una invitación a pensar en la muerte y pocas reflexiones son tan oportunas para ello como la de Vladimir Jankélévitch en Pensar la muerte.
Jankélévitch comienza mostrando una contradicción: sabemos que vamos a morir, pero difícilmente conseguimos creerlo. Es decir, podemos hablar de la muerte como un acontecimiento natural, comprender que todos los organismos envejecen y que ninguna existencia es eterna. Sin embargo, cuando intentamos pensar en nuestra propia muerte, algo parece cambiar. Nos resulta fácil pensar en la muerte de los demás: mueren los desconocidos de las noticias, por ejemplo, pero nosotros continuamos viviendo como si nuestra historia no tuviera una última página. La muerte parece pertenecer siempre a otros.
Sin embargo, ineluctablemente, un día la muerte deja de ser una palabra y adquiere un rostro. Muere una madre, un padre, un hijo, un amigo, un hermano. Entonces comprendemos que no ha desaparecido simplemente una persona, sino todo un pequeño universo, una voz que sabíamos reconocer entre muchas otras, una manera de reír, una conversación pendiente, el sonido de unos pasos, una silla que permanece vacía. La muerte de alguien querido no es una cifra ni un acontecimiento indiferente, es la ausencia concreta de alguien con quien compartíamos el mundo.
Por eso colocamos fotografías en los altares. No porque creamos que una imagen puede devolvernos aquello que hemos perdido, sino porque hay rostros que no queremos abandonar al olvido. Encendemos velas para iluminar simbólicamente un camino que alguien recorrerá, ponemos agua, fruta y comida porque todavía recordamos lo que les gustaba. Cada objeto es una pequeña declaración de afecto. Frente a la imposibilidad de devolverles la vida, les ofrecemos lo que todavía tenemos: nuestros recuerdos, nuestras palabras y un lugar en la casa.
Desde esta perspectiva, la muerte no es solamente aquello que pone fin a la vida, es también aquello que nos permite comprender su carácter irrepetible. Vivimos en el tiempo, y vivir significa cambiar, envejecer y dejar atrás momentos que jamás volverán. Si nuestra existencia fuera interminable, siempre habría tiempo para otra conversación, para otro abrazo o para una visita pendiente. Pero no lo hay, somos finitos y eso vuelve bello y único cada momento.
Sin embargo, esto no significa que debamos agradecer la muerte ni encontrar belleza en el sufrimiento. La muerte es, ante todo, una ruptura que no admite reparación y no existe consuelo capaz de devolvernos intacta a la persona perdida. Incluso así, hay algo que la muerte no puede deshacer y es el hecho de que alguien haya vivido, pues quien estuvo aquí no puede convertirse en quien nunca estuvo. Su existencia ocurrió y permanece como una parte irrevocable del mundo, de nuestra historia y de aquello en lo que nos hemos convertido.
Los altares no cancelan la ausencia, las fotografías no abren las puertas de la eternidad y las flores no detienen el paso del tiempo. Pero nos permiten transformar el dolor de la pérdida, por un momento, en encuentro, en conversación. Recordar a nuestros muertos es reconocer que sus vidas importaron, que su paso por el mundo dejó huellas.
Pongamos flores, sirvamos la comida que tanto les gustaba y pronunciemos sus nombres. Dejemos que la memoria haga su trabajo y que la alegría conviva con la tristeza. Porque pensar la muerte no consiste únicamente en preguntarnos qué nos espera al final, sino en aprender a mirar de otra manera aquello que todavía tenemos. Al fin y al cabo, recordar a los muertos es también una forma de celebrar la vida.