Fotografías: Karen Salazar
ANA GUERRA
En el cruce entre la intimidad de lo cotidiano y la potencia simbólica del arte, la presentación del cuento La ciudad de las brujas, del artista Miguel Tovar, se convirtió en un ejercicio de convergencia estética que desbordó el formato tradicional de la lectura literaria. El 11 de marzo, en el espacio de Dali Café, no sólo se dio cita un público atento a la narrativa fantástica, sino que se configuró un pequeño laboratorio de significados donde los objetos, las imágenes y las palabras dialogaron entre sí.
Resulta significativo observar cómo este tipo de encuentros culturales resignifican los espacios de sociabilidad contemporánea. El café —tradicionalmente asociado con la conversación, la pausa y la reflexión— se transforma aquí en un dispositivo cultural híbrido: un escenario donde la literatura no se limita a ser escuchada, sino que se experimenta a través de múltiples capas sensoriales. En este contexto, la obra de Tovar, centrada en imaginarios oscuros y simbólicos en torno a la figura de las brujas, encuentra una expansión material en las tazas intervenidas que acompañaron la presentación.
Estas tazas, lejos de ser un elemento decorativo, operan como artefactos de mediación estética. Intervenidas con ilustraciones que evocan paisajes misteriosos, figuras espectrales y atmósferas enrarecidas, las piezas proponen una lectura paralela del cuento. En términos de historia del arte, podrían situarse dentro de una tradición contemporánea que busca desplazar el soporte artístico hacia lo cotidiano, rompiendo con la jerarquía clásica que separa el arte “elevado” de los objetos de uso diario. Así, la taza, ese objeto doméstico por excelencia, se convierte en lienzo, pero también en símbolo: un recipiente que no sólo contiene café, sino también narrativas visuales.
Este gesto no es menor. La intervención de objetos utilitarios ha sido una estrategia recurrente en las prácticas artísticas desde el siglo XX, particularmente a partir de las vanguardias y sus cuestionamientos al estatuto del arte. Sin embargo, en el caso de esta presentación, lo relevante es cómo dicha estrategia se articula con una narrativa específica: la de las brujas. Históricamente, la figura de la bruja ha sido objeto de persecución, estigmatización y, al mismo tiempo, fascinación. En el arte, su representación ha oscilado entre lo grotesco y lo sublime, entre el miedo y la reivindicación.
En La ciudad de las brujas, Tovar retoma este imaginario para construir un universo donde lo oscuro no es únicamente amenaza, sino también posibilidad de sentido. Las tazas intervenidas refuerzan esta ambivalencia: en sus superficies conviven lo ominoso y lo bello, lo inquietante y lo sugerente. De este modo, el espectador-lector se ve invitado a una experiencia que no es lineal, sino fragmentaria y abierta, donde cada objeto funciona como un nodo de interpretación.
También es pertinente considerar cómo estas prácticas culturales inciden en la construcción de comunidad. En un contexto donde la cultura suele ser consumida de manera individual y mediada por pantallas, eventos como este recuperan la dimensión colectiva del arte. La reunión en torno a una lectura, el intercambio de impresiones, la observación compartida de las piezas intervenidas, configuran un espacio de interacción que fortalece los lazos entre los asistentes.
Asimismo, la elección de un formato íntimo no es casual. Frente a las grandes instituciones culturales, que a menudo imponen dinámicas verticales de producción y recepción, estos encuentros apuestan por una lógica horizontal, donde el autor y el público se encuentran en un mismo plano. Esta horizontalidad se refleja también en el carácter accesible de los soportes utilizados: las tazas, lejos de ser objetos inaccesibles, remiten a la vida cotidiana de los asistentes, generando un efecto de cercanía que facilita la apropiación simbólica de la obra.
En este sentido, la presentación de La ciudad de las brujas puede leerse como un microcosmos de las transformaciones actuales en el campo cultural. La hibridación de lenguajes literario, visual y objetual responde a una sensibilidad contemporánea que desconfía de las fronteras rígidas entre disciplinas. Al mismo tiempo, la intervención de objetos cotidianos apunta hacia una democratización del arte, en la medida en que sugiere que cualquier superficie puede ser soporte de creación.
No obstante, esta democratización no está exenta de tensiones. Cabe preguntarse hasta qué punto estas prácticas logran subvertir las estructuras de poder en el campo cultural, o si, por el contrario, terminan siendo absorbidas por lógicas de consumo que neutralizan su potencial crítico. En el caso de esta presentación, la escala reducida y el énfasis en la experiencia compartida parecen inclinar la balanza hacia una forma de resistencia, aunque siempre parcial y situada.
Al final, lo que queda es la imagen de un grupo de personas reunidas en torno a un relato, sosteniendo entre sus manos tazas que son, al mismo tiempo, objetos de uso y piezas artísticas. En ese gesto aparentemente simple: beber café mientras se escucha una historia, se condensa una serie de operaciones simbólicas que hablan de nuestra relación con el arte, con los objetos y con los otros.
La ciudad de las brujas no sólo se despliega en las palabras de Miguel Tovar, sino también en las superficies intervenidas de las tazas, en la atmósfera del café, en las miradas de los asistentes. Es una ciudad efímera, construida en el encuentro, que desaparece al finalizar la tarde, pero que deja una huella en quienes la habitaron, aunque sea por un instante.












