Sobre la íntima y rara experiencia de escribir una columna que habla de uno mismo como columnista
ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
El ejercicio de escribir se parece más a un acto de espejo que a uno de tinta. Uno se sienta frente a la pantalla —o frente al universo— y, sin darse cuenta, termina narrando su propio reflejo. Quise escribir sobre mi experiencia como columnista. No una columna más, como las habidas no solo en Dum spiro spero, sino una que hablara de ese lugar, mi lugar, que habito cada semana (aunque me he ausentado en algunas ocasiones, mil disculpas): la esquina silenciosa, no tan oscura y húmeda como creía, desde la cual miro el universo e intento volverlo palabras. Quise hacerlo, aceptar escribir sobre eso, no tanto por el tema, sino porque sentí que algo se rompía: como si un fogón decidiera hablar del fuego en vez de calentar la sopa.
Y heme aquí, redactando, aunque ahora mis lectores leen el producto, la redacción.
Redactar, una palabra que me resulta extraordinaria. Re-dactar: reunir, juntar palabras y establecer valores y sentidos. Escoger de aquí y de allá para escribir una carta. Una carta a cada uno de mis lectores, que lleva en su mente una versión de mi nombre, o un acercamiento a ese nombre, el cual seguramente se desvanece conforme se avanza la lectura. No es un gesto de soberbia o engrandecimiento propio, sino más bien es un establecimiento, un supuesto, de que sé que me leen, pero no cómo los lectores, ustedes, imaginan mi voz, aunque seguro que han visto mi fotografía (aquella en la que aparezco con Huesos). Redactar: reunir para intentar entender esas imágenes, aunque no sé a ciencia cierta cuáles son.
¿Cómo describirme sin mentirme? ¿Cómo hablar del estilo propio sin caer en la trampa de la pose? La escritura, cuando es honesta, se sostiene en una cuerda floja: entre lo que uno es y lo que uno quiere parecer.
Pero hubo algo liberador en el gesto. Descubrí, al revisar mis textos anteriores, que he ido dejando pistas de mí como quien va arrojando migas de pan en un bosque espeso. A veces las migas eran recuerdos de infancia, a veces eran libros, mujeres sabias, cuerpos frágiles, fuegos antiguos. A veces eran heridas, sí, pero también puertas.
Y entendí —por fin lo entendí— que escribir columnas no es solamente emitir una opinión o proponer una idea. Es un trabajo de escucha. Una conversación con el lector que empieza mucho antes de que él lea y termina mucho después de que uno publique.
Yo no escribo para convencer, ni para exhibirme. Escribo para arder.
Cada columna que he escrito ha sido un intento por no quedarme frío. Por volver al centro del pecho y atizar la llama. Hay días en que esa llama se siente como una brasa pequeña, casi extinguida, y otros en que quema tanto que obliga a quedarse despierto a medianoche, dándole forma a un pensamiento, a un dolor, a una imagen.
La escritura es mi manera de quedarme en el universo. De no desaparecer.
En Dum Spiro, Spero, he explorado muchas formas del fuego. He hablado del amor como un incendio que deja brasas, de la memoria como un fósforo húmedo que insiste en arder, de las mujeres de mi familia que supieron encender fogones y palabras con la misma dignidad. También he hablado del silencio: ese combustible invisible que a veces nos obliga a escribir más de lo que podemos.
Y ahora, al observarme como columnista, me doy cuenta de algo más: que el fuego no solo sirve para alumbrar a los otros. También sirve para verse a uno mismo. Para saber de qué estamos hechos cuando todo alrededor se enfría.
Escribir sobre la escritura es un acto delicado.
Uno corre el riesgo de volverse solemne, autorreferencial, incluso ridículo. Pero también es un ejercicio de gratitud. Agradezco, por ejemplo, haber encontrado un espacio donde escribir no significa gritar en la oscuridad, sino prender una lámpara, por modesta que sea. Agradezco a los lectores que se acercan a esa lámpara no para admirarla, sino para compartir el calor. Agradezco a quienes me han dicho “me pasó lo mismo” o “no lo había visto así”. Agradezco a quienes leen en silencio, sin comentar nada, pero vuelven.
Uno no escribe para ser leído muchas veces. Uno escribe para ser leído alguna vez. Por alguien que, sin saberlo, también necesita esa chispa.
Podría terminar esta columna con una conclusión brillante o con una frase redonda, pero prefiero dejar un pequeño resplandor:
Mientras haya fuego, hay palabras.
Mientras haya palabras, hay memoria.
Y mientras haya memoria —aunque sea escrita en columnas humildes, en márgenes virtuales, en renglones quebrados— habrá siempre una manera de seguir respirando.
Dum spiro, spero.
Mientras respiro, espero.
Mientras escribo, resisto.
Mientras ardo, soy.