FROYLÁN ALFARO
En una de las mesas de La Taberna de Platón, hay dos copas que pocos beben y quienes lo hacen, lo hacen con prudencia. Una está llena de fuego líquido, que cambia de color con cada sorbo. La otra, parece contener una sustancia inmóvil, densa, sin sabor ni aroma, pero que al probarla deja en el alma un rastro de eternidad. Heráclito y Parménides bebieron de esas dos copas. Nunca mezclaron sus bebidas, quizá, por eso sus nombres quedaron, para siempre, como dos polos opuestos del pensar.
Heráclito, al que llamaban El Oscuro, miraba el mundo y no veía forma ni permanencia, solo flujo, cambio y transformación constante. Su forma de beber era brindar en voz baja, recitando “Panta rhei”, “(todo cambia”), nada permanece. Ni tú, ni yo, ni el vino en la copa. Nadie se baña dos veces en el mismo río, decía, porque ni el agua ni quien se baña permanecen los mismos.
Para Heráclito, querer atrapar el mundo en conceptos era como querer congelar un río para entenderlo. Pero un río congelado ya no es río, es otra cosa. El conocimiento entonces, se vuelve una trampa, una borrachera seca, una embriaguez sin cuerpo. La razón, esa manía de los filósofos, es como el don maldito del Rey Midas, pues convierte en oro todo lo que toca, incluso lo que debía mantenerse vivo. Así, en su afán de comprensión el hombre mata lo que quería abrazar. Algunos cuentan que Heráclito lloraba, porque había visto demasiado claro el espectáculo de lo inalcanzable.
Su símbolo fue el fuego. No por lo destructivo, sino porque nada permanece tanto en su ser como aquello que arde y cambia. El fuego para él, era la imagen del mundo, todo se transforma, todo se consume para renacer.
Frente a él, sentado como una estatua, Parménides, no bebía de la misma copa que Heráclito. Su vino no burbujeaba. Era más bien un licor espeso que sólo los sabios beben sin asco, era el vino del Ser, inmóvil, absoluto, eterno.
Parménides no confiaba en los sentidos, esos sirvientes ebrios que nos hacen ver movimiento donde no hay más que ilusiones. Para él, solo la razón era digna de crédito. Y la razón le decía algo simple: el Ser es y el No-Ser no es. Y como lo que no es no puede ni pensarse ni hablarse, todo lo que existe ha de ser, sin mezcla, sin cambio, sin multiplicidad.
¿Y entonces? Entonces el movimiento no existe, el cambio no existe, tú y yo, como individuos distintos no existimos más que como fantasmas. Lo único que realmente es, es el Ser, uno, continuo, eterno, sin fisuras. Todo lo demás, el río de Heráclito, los cuerpos, los días, el vino que se derrama, es ilusión de los sentidos, espejismo del vulgo, espejismo de nosotros, los que todavía no hemos despertado del sueño de lo múltiple.
Sentados en esa mesa, uno ve fuego; el otro ve piedra. Uno ve el mundo bailar, el otro lo ve quieto. Y, cada uno con su copa, representa una embriaguez distinta. Heráclito es el borracho trágico que se ríe y llora ante el devenir. Parménides es el asceta que se embriaga con el silencio de lo eterno. Uno abraza el caos, el otro lo niega. Ambos nos arrastran a extremos donde la filosofía toca sus límites y se vuelve poema.
Zenón, discípulo de Parménides, jugaba con paradojas como quien lanza fuegos artificiales en una noche sin luna: Aquiles no puede alcanzar a la tortuga porque siempre habrá una distancia que recorrer; Y si el espacio se divide infinitamente, ningún movimiento es posible. Así, con fría lógica, intentaba mostrar que moverse es una ilusión. A lo que Diógenes, cínico y sobrio, respondía simplemente caminando, porque el cuerpo también quiere tener la razón.
Entonces, querido lector, ¿qué es más real, el cambio o lo permanente? Heráclito y Parménides, padres de la metafísica, no nos dejaron respuestas fáciles. Sólo dos copas. Y en esta Taberna, cada quien decide la que prefiere beber.