ENRIQUE GARRIDO
Por allá de 1925 se definía nuestra realidad como latinoamericanos. Franz Roh, un historiador, fotógrafo y crítico de arte alemán, publicaba su ensayo Nach-Expressionismus: Magischer Realismus para referirse a una corriente pictórica que mostraba lo real con un aura de misterio; unos años después, en el “Prólogo” a El reino de este mundo de 1949, el cubano Alejo Carpentier lo adaptó a la literatura latinoamericana con su concepto de “lo real maravilloso” subrayando que en América Latina lo insólito no es inventado, forma parte de la vida diaria debido a la mezcla de mitos indígenas, tradiciones africanas, religión católica y una historia plagada de hechos increíbles (para los europeos).
Si bien el realismo mágico abrió la puerta a varios escritores latinoamericanos, su recepción en Europa iba acompañada de cierto matiz colonialista, pues lo “mágico” cumplía como rasgo exótico de una Latinoamérica misteriosa y salvaje, primitiva y chamánica. Como mencionó el crítico Gerald Martin en Journeys through the Labyrinth, en 1989, el boom latinoamericano fue aplaudido tanto por su calidad literaria como por la construcción de un “otro” cultural, una alteridad pintoresca que encajaba con el deseo europeo de un continente mítico y salvaje.
La verdad uno no quisiera darle la razón a esta mirada eurocentrista que ha dominado gran parte del discurso, no sólo el literario; sin embargo, el realismo mágico no es una fantasía importada de la realidad, sino una forma coherente de narrar con la percepción latinoamericana. Vamos, aquí confluyen culturas indígenas, tradiciones orales, religiosidad popular y estructuras sociales marcadas por violencia y desigualdad.
Lo insólito se vuelve verosímil, pues convivimos con las abuelitas que hablan con santos, los ríos que guardan secretos y donde la muerte no es un final, sino una especie de prolongación. En Latinoamérica, los fantasmas son más participativos en la vida pública que los vivos, se mueven en un código mucho más burocrático, pues el espanto se manifiesta de varias maneras: empresas fantasmas, trabajos fantasmas, plazas fantasmas, hasta escritores fantasmas (oficio espectral que me ha tocado realizar), incluso acá votaban por Carlos Salinas en 1988, o en 2016 se afiliaban al PRI.
Todos somos hijos de Pedro Páramo, y deudores del SAT (ánico). Cómo si se tratara de un cuento, la abogada y periodista Fernanda Caso cuenta cómo quisieron mandar a Juan Rulfo al buró de crédito. Tal como se oye, en México, morirse no significa que te llevas tus deudas, sino que se mantienen e incluso se incrementan. Resulta que su tía vivía en un departamento que pertenecía al autor del Llano en llamas, mantuvo los servicios a nombre del escritor y al morir, sus sobrinos, entre ellos la periodista, hicieron los cambios, excepto en el Comala de la telefonía. Telmex, en una operación esotérica, buscó convertir a Rulfo en un alma en pena y morosa. Afortunadamente, de acuerdo con Caso, gracias a 2,600 pesos (el costo del descanso eterno) se pudo salvar al escritor del limbo burocrático.
Una de las metáforas de Pedro Páramo es que los muertos no descansan, son memoria viva de las injusticias, voces que necesitan ser escuchadas, testimonio del infortunio, ánimas en permanente queja. La muerte en la literatura es una forma de expresar la historia latinoamericana, dado que los muertos siguen hablando porque las heridas sociales no han cerrado decía Ángel Rama en La transculturación narrativa en América Latina. Son cicatrices abiertas. Acá la muerte es tan agónica como un trámite en el Seguro Social, como la fila en el registro civil.