FROYLÁN ALFARO
Los romanos entendieron algo que muchos gobiernos modernos ejemplifican demasiado bien: un pueblo entretenido deja de mirar el fondo de las cosas. Por eso Juvenal escribió aquella frase que aún duele por vigente: panem et circenses, al pueblo, pan y circo. El problema en México es que ya casi ni pan queda, sólo el circo.
Mientras las cifras de violencia aumentan, las desapariciones continúan y regiones enteras viven bajo el miedo, la política parece haberse reducido a administrar percepciones. Todo debe convertirse en espectáculo: la conferencia, la consigna, la narrativa, el enemigo de la semana. Lo importante es controlar el relato.
Zacatecas se ha vuelto un ejemplo claro, pues recientemente vimos algo que debería alarmar a cualquier democracia: campesinos, estudiantes y adultos mayores denunciando represión policiaca tras manifestarse públicamente. No es un hecho aislado, es la lógica de la política actual donde la protesta deja de verse como expresión legítima del pueblo y empieza a tratarse como un problema de orden público.
Habría que preguntarse: ¿qué significa que un gobierno tema a sus propios ciudadanos organizados? La filosofía política nació precisamente alrededor de esa pregunta. Desde Platón hasta Hannah Arendt, el problema central fue siempre cómo convivir sin convertir el poder en dominación pura. Porque gobernar no es sólo imponer orden; es administrar el espacio común donde una sociedad puede hablar, disentir y exigir justicia.
Cuando los campesinos salen a protestar porque el campo se hunde entre abandono, precios injustos y promesas incumplidas, no están “alterando el orden”: están recordándole al país que seguimos comiendo gracias a quienes viven en condiciones cada vez más precarias. Cuando los estudiantes se manifiestan, o apoyan, tampoco estorban, sólo están ejerciendo una de las pocas herramientas políticas que aún le quedan a la ciudadanía: hacerse visibles.
Pero el poder contemporáneo tiene una obsesión extraña con la apariencia de estabilidad. Todo debe lucir tranquilo, aunque debajo exista una crisis permanente.
Guy Debord llamó a esto “la sociedad del espectáculo”. Según él, la política moderna ya no necesita ocultar la realidad, pues basta con saturarla de imágenes, discursos y entretenimiento hasta que las personas pierdan sensibilidad frente a lo importante. La tragedia dura lo mismo que un ciclo de noticias. La indignación se consume rápido porque inmediatamente llega otro escándalo, otra distracción.
Mientras tanto, Zacatecas sigue cargando problemas importantes: violencia, desapariciones, miedo en carreteras, comunidades desplazadas y una sensación constante de incertidumbre. Sin embargo, muchas veces pareciera que lo urgente es cuidar la imagen pública del gobierno y no atender el deterioro de la vida cotidiana.
Lo peligroso es que eso nos lleva a la normalización. Nos acostumbramos a escuchar sobre desaparecidos. Nos acostumbramos a ver retenes, miedo y extorsión. Nos acostumbramos incluso a que protestar implique el riesgo de ser reprimido o detenido.
Hannah Arendt advertía que el miedo destruye el espacio público. Una ciudadanía asustada deja de actuar colectivamente y se concentra en sobrevivir. Entonces ya no existen ciudadanos, existen individuos aislados intentando llegar vivos al día siguiente.
Por eso el problema de la inseguridad también modifica nuestra relación con el futuro. Un joven que crece viendo violencia constante aprende que la esperanza de mejorar es ingenua. La sociedad aprende que el Estado aparece más rápido para reprimir que para ayudar. Aquí la pregunta no es si México tiene problemas, eso es evidente, sino cuánto tiempo puede sobrevivir una democracia cuando escuchar al pueblo parece molestar más que el sufrimiento mismo del pueblo.
La historia mexicana tiene una larga memoria en este tema. Desde el 68, y a propósito del Mundial que también está en puerta, hasta muchas protestas actuales, se mantiene el mismo patrón: cuando el poder resiente la crítica, suele responder con la fuerza.
Sin embargo, la verdadera derrota de un pueblo no ocurre cuando tiene malos gobernantes. Ocurre cuando pierde la capacidad de indignarse frente a ellos y prefiere disfrutar del espectáculo. Por eso, el día en que los campesinos abandonados, los estudiantes reprimidos y los desaparecidos dejen de dolernos, el circo habrá triunfado definitivamente.