FROYLÁN ALFARO
Todos hemos dicho alguna vez que “las cosas pasan por algo”. No siempre en un sentido místico, sino en el sentido de que, si suelto una piedra, cae; si acerco fuego al papel, arde; si dejo pasar el tiempo, el cuerpo envejece. El mundo parece tener hábitos. No se comporta como una feria caótica donde cualquier cosa puede ocurrir en cualquier momento. A esa impresión de orden le hemos dado un nombre: leyes de la naturaleza.
Pero ¿qué son exactamente esas leyes? ¿Son mandatos escritos en la estructura del universo? ¿Son simples descripciones que hacemos nosotros? ¿Existen aunque nadie las piense? ¿O son una forma elegante de decir que ciertas cosas suelen ocurrir de la misma manera?
Una primera respuesta, bastante intuitiva, es la regularista. Según esta perspectiva, las leyes de la naturaleza no son entidades misteriosas ni decretos cósmicos: son regularidades. Decir que “los cuerpos caen” significa que hemos observado que los cuerpos caen una y otra vez. Es decir, el mundo muestra patrones, y nosotros los resumimos mediante leyes.
Pensemos en una ciudad donde todos los días, a las siete de la mañana, pasa un camión por la misma calle. Después de verlo durante meses, alguien podría decir: “el camión pasa a las siete”. Eso no significa que exista una fuerza invisible obligando al camión a pasar. Significa que hemos identificado una regularidad. Algo parecido diría el regularista sobre las leyes naturales: no hay una necesidad profunda detrás de ellas; hay hechos que se repiten.
Esta postura tiene una gran virtud, pues evita poblar el mundo con entidades extrañas. No necesitamos imaginar leyes flotando en algún lugar metafísico. Basta con mirar cómo se comportan las cosas. Sin embargo, también tiene un problema, ya que parece quedarse corta. Porque cuando decimos que una ley natural afirma algo, normalmente no queremos decir solo que algo ha ocurrido muchas veces, sino que debe ocurrir así, o que no podría ocurrir de cualquier otra manera bajo las mismas condiciones.
Aquí aparece una segunda postura: la necesidad natural. Según esta visión, las leyes no son simples regularidades, sino relaciones necesarias entre propiedades. El fuego no solo ha quemado muchas veces; quema porque hay una conexión entre ciertas condiciones físicas y ciertos efectos. La ley no describe solamente lo que sucede, sino lo que tiene que suceder dada la estructura del mundo.
Esta idea resulta interesante porque explica por qué confiamos en las leyes para hacer predicciones. Cuando un físico calcula la trayectoria de un objeto, no está diciendo simplemente: “hasta ahora los objetos se han movido así, esperemos que mañana sigan igual”. Está suponiendo que hay una estructura estable en la realidad. Las leyes, entonces, serían algo así como las costuras invisibles del mundo, no las vemos, pero sostienen la forma de lo que ocurre.
Luego está la postura que podríamos llamar platonista. Para el platonismo, las leyes de la naturaleza no dependen de los hechos concretos ni de nuestras observaciones. Existen de manera abstracta, necesaria y atemporal. Así como, para Platón, las verdades matemáticas no nacen cuando alguien las descubre, las leyes tampoco serían inventadas por la mente humana. Estarían ahí, en un dominio ideal, como estructuras racionales que el mundo físico realiza o expresa.
Desde esta perspectiva, la ley de la gravitación, la constancia de la velocidad de la luz o las relaciones matemáticas de la física no son meras etiquetas útiles, son Verdades. El universo sería como un edificio construido según planos racionales. Nosotros, al hacer ciencia, no inventamos esos planos, simplemente los vamos descifrando poco a poco.
Esta postura nos permite pensar que el mundo no es sólo una acumulación de cosas, sino una realidad inteligible. La ciencia sería posible porque el universo tiene una estructura racional previa a nosotros. Sin embargo, también tiene un costo filosófico, pues nos obliga a aceptar la existencia de entidades abstractas difíciles de explicar. ¿Dónde están esas leyes? ¿Cómo actúan sobre el mundo físico? ¿Cómo puede algo atemporal gobernar lo temporal?
El debate, entonces, no es menor. Si las leyes son simples regularidades, el mundo puede parecer menos misterioso, pero también menos necesario. Si son conexiones reales, ganamos profundidad, pero debemos explicar qué tipo de necesidad opera en la naturaleza. Si son entidades platónicas, obtenemos una imagen majestuosa del cosmos, pero quizá demasiado cargada metafísicamente.
¿Usted qué piensa, querido lector? Porque la filosofía empieza justo ahí, en preguntarnos si esa repetición es sólo costumbre del mundo, necesidad o sombra de una verdad eterna.