FROYLÁN ALFARO
Imagina, querido lector, que tienes una máquina para detener el tiempo. No una cosa complicada con engranajes cuánticos y superconductores, sino algo más sencillo como un botón rojo en tu mesa. Lo presionas y, de pronto, la cafetera deja de gotear, la gente se congela en la calle, las nubes se quedan inmóviles en el cielo. Genial, ¿no? El problema es que si realmente detienes el tiempo, te detienes tú también, ya que tu sangre no circula, tu cerebro no procesa, tus ojos no parpadean. Detener el tiempo, en cierto sentido, es dejar de existir. Pero, entonces, si no podemos vivir fuera del tiempo, ¿cómo se supone que lo entendamos?
La intuición nos dice que sabemos qué es. Miramos un reloj y vemos números moverse. Vemos el sol salir y ocultarse. Medimos fechas. Planificamos entregas. Celebramos cumpleaños. Aun así “el tiempo” parece escaparse de las definiciones de los físicos y filósofos.
San Agustín lo dijo hace más de 1500 años en su libro Las confesiones, “si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé; si quiero explicarlo, no lo sé”. Y no sólo es un chiste teológico: nos pasa a todos. Principalmente a los que lo elegimos como tema de tesis, pues la señorita Secihti, antes la tía Cony, no acepta un simple “no lo sé” como tesis.
Aristóteles, mucho antes, pensaba que el tiempo era sólo “la medida del cambio”, pues contamos los movimientos del sol, el latido de nuestro corazón, etc. Es decir, si todo permaneciera inmóvil, el tiempo no existiría. Parece lógico, sin embargo, después Newton llegará a decir que el tiempo existe de manera independiente a nosotros y al movimiento. Bonito, pero después Einstein llegará a arruinarlo todo.
En 1905, con la relatividad especial, Einstein afirma que no existe un “ahora” universal. El tiempo no avanza igual para todos, sino que depende de la velocidad a la que te mueves. Si dos gemelos se separan y uno viaja fuera de la Tierra cerca de la velocidad de la luz, al regresar encontrará que ha envejecido menos que su hermano que se quedó en la Tierra. Por lo que aquí, el tiempo deja de ser un fondo absoluto y se convierte en una especie de goma elástica que se estira o se encoge.
Diez años después, con la relatividad general, Einstein da un paso más y dice que la gravedad también deforma el tiempo. Desde esta perspectiva, un reloj colocado en la cima del monte Everest marca una hora distinta al que está al nivel del mar. Por lo que ni siquiera podemos confiar en que un segundo sea siempre un segundo.
Pero aún hay más. La física cuántica, que describe el universo microscópico, ni siquiera necesita un tiempo lineal, como el que usamos normalmente. En las ecuaciones de la gravedad cuántica de bucles, de la que habla el físico Carlo Rovelli, el tiempo no aparece como un ingrediente fundamental.
Carlo Rovelli propone que el tiempo, tal como lo imaginamos no existe. Al menos, no como un flujo universal que atraviesa todo. En su libro El orden del tiempo, dice que el “ahora” no es un instante que exista para todo el universo, sino una especie de ilusión local, casi como el arcoíris. Desde nuestra escala humana, la realidad nos parece ordenada en secuencias: primero desayuno, luego me pongo a leer, después hago mi tesis. Pero es sólo porque nuestro cerebro necesita un marco para organizar la información. A escalas cósmicas o cuánticas ese orden desaparece.
Pero la filosofía llegó antes. Mucho antes de Rovelli, Immanuel Kant ya había propuesto que el tiempo no es algo que exista “fuera” de nosotros, sino que era una estructura mental, un escenario interno que usamos para ordenar lo que nos pasa. No percibimos el mundo en el tiempo, sino que percibimos el tiempo porque nuestra mente lo fabrica.
Aquí podríamos decir “que chido, pero…” y tenemos toda la razón de hacerlo, pues si el tiempo no fluye realmente, ¿por qué sentimos que lo hace? ¿Por qué recordamos el pasado, pero no el futuro? Pues si el tiempo no es lineal o no existe, la distinción no existiría tampoco. Algunos científicos dicen que la culpa de todo esto es de la termodinámica, ya que el universo tiende a aumentar su entropía y eso nos da una sensación de dirección. Por ejemplo, un huevo se rompe, pero no se recompone; la leche se derrama, pero no salta mágicamente al vaso.
El problema es que esto sólo explica una parte del asunto. La experiencia subjetiva de vivir “dentro” del tiempo sigue siendo un misterio. Pero, como ya no me alcanza el tiempo y tengo que ir a leer, voy a cerrar con tres ideas rápidas. Primera: los relojes mienten. No porque marquen mal, sino porque no miden “el tiempo”, sólo nos dan una referencia local. Segunda: puede que el tiempo no sea algo que esté allá afuera, sino una historia que nuestro cerebro construye para no perdernos en el caos. Y tercera: quizás, aunque la física y la filosofía terminen demostrando que el tiempo no existe, nosotros estamos obligados a vivir como si existiera. Porque al final podemos debatir mil teorías, pero el café de la mañana se enfría de igual manera.