SARA ANDRADE
En el siglo I, antes de que ellos mismo supieran que estaban viviendo en el siglo I, ya había sabihondos que consideraban que el fin de los tiempos estaba sobre nosotros. Quizá porque tenían a un palestino revoltoso hablando sobre amar a tu prójimo y proteger a los pobres. Resulta que, en el 2026, hay varios que, en un ciclo perenne de falsa calma e histérica autodestrucción, repiten lo que decían los romanos en sus togas. Que se abrirá el cielo, que explotarán todos los volcanes, que las olas del mar cubrirán la tierra. Desde hace dos mil años los humanos hemos sentido que necesitamos un reset; cancelar la suscripción, bajarnos del tren, y volver a iniciar. La Gran Añoranza: ya que esta es mi primera vez viviendo, querido Dyēus ph2ter, permíteme volver a empezar. La Gran Ansiedad: no puede ser que esto sea todo lo que hay, oh Gran Madre Cósmica, ¿por qué me diste esta vida tan ridícula?
¿Dónde torcimos camino? Pasamos millones de años como felices homínidos, medio encorvados, comiendo frutas en los árboles, infinitamente lejos del concepto de “Google Teams” y luego, un día, arrogantes por la duración de la primavera, decidimos quedarnos en el delta del Éufrates a ver si crecían las semillas que echamos al lodo. O quizá fue después. Quizá por eso tantas series de eurofantasía erótica (Game of Thrones et al) regresan al alivio pastoral de la edad media, antes de que el Leviatán llegara a encadenarnos el cuello con promesas sobre el contrario social y la legitimidad del Estado. De las alucinaciones morales de Job, a los postulados materialistas de Hobbes y a las manzanas inmordibles de Steve Jobs, parece que, en búsqueda de la respuesta, nos estamos hundiendo más en el hoyo. Ni Eva en el Jardín la pasó tan mal como yo desplazándome por Twitter a primera hora de la mañana para mi dosis diaria de podredumbre mental.
Hoy dicen que la inminente guerra civil de la era trumpiana es señal de que el Apocalipsis se aproxima. Mañana dirán que son las maquinaciones comunistas de la CuatroTe, cuyo Tren Maya y casas del bienestar representan una señal inequívoca del regreso fantasmal de Lenin o Mao o Huitzilopochtli. Alguien en el camión dice, ¿si te fijas que el sol se ve diferente ahora? Con un terror que me hace sudar, me asomo por la ventana. El sol, el gran Dios que ha calentado nuestras cabezas por milenios, se asoma con pereza entre las nubes. Es invierno y todo se ve monocromático, desvaído. Pero sí, maldita sea, quizá sí, quizá el sol se vea diferente, quizá el rapto está a punto de suceder aquí y ahora, a las 4 con 20, un miércoles de enero, dentro de la ruta 17.
Entre que sí y entre que no, cierro los ojos. Me duelen porque paso 8 horas frente a la computadora y luego, cuando llego a casa, paso 8 horas frente a la computadora. Henry Ford no se imaginaba que, en el futuro, una mujer decidiera pasar sus 24 horas haciendo la misma cosa, porque todo es la misma cosa; trabajo, descanso, sueño; todo me lleva aquí, al dolor de cabeza del fin del mundo, a la resignación, a la procrastinación de mi propia mortandad. No me importa, quiero decir. Si la tierra es devorada por un ser intergaláctico no me importa. Sería un alivio, de hecho, pues a pesar de que todas las señales de que la hecatombe está aquí, a mí me hacen ir a trabajar, ir al banco y pagar el súper. Sus símbolos del fin se han reducido a un precioso cero arábigo. Urge que se inventen otros si me quieren atormentar.
Cuando abro los ojos, suspiro. La Gran Añoranza, la Gran Ansiedad. Las dos se confunden en mi estómago que ruge, impertérrito a todo, de hambre.