SARA ANDRADE
En TikTok ha dado vueltas un trend sobre escoger la canción perfecta para morir mientras te desangras en la nieve, replicando la escena final de la película “Blade Runner 2049”. Como creo que todos queremos ser tan hermosos como Ryan Gosling ensangrentado, yo también he caído en el juego de escuchar una canción e imaginarme que la herida en el estómago es tan gloriosa como el remix de “On the nature of daylight” de Max Richter. En el trend, hay canciones para todo gusto. Baladas, instrumentales, música clásica, soundtracks de películas, pero lo importante se mantiene: que para morir bien, no hace falta haber vivido una larga vida llena de satisfacciones, sino que todo el terror de la existencia puede ser perdonado en un momento de iluminada simetría, que la muerte puede ser feliz si está hecha con ojo de cinematógrafo, en un encuadre de premio, al ritmo de una canción que lo resuma todo.
Me doy cuenta de que éste es también un deseo tamizado por el capitalismo. Uno ya no puede morir si no es una imagen de comercial, vistiendo la ropa correcta, en un paisaje de Instagram, vendiendo al espectador la ilusión de la perfección, en la trampa de que nuestra vida puede ser entendida como una narrativa, con principio y fin, con nudos y vueltas de tuerca, con metáforas y simbolismos, y que además pueda ser empaquetada en un objeto que pueda ser vendido y admirado por los demás.
Pero resulta que nuestra muerte no puede hacerse con orquesta e iluminación porque ahora lo que se nos pide es que muramos por los crímenes de un pedófilo o de un violador o de un genocida, quienes son los gobernantes del mundo, quienes son los más ricos del mundo, quienes necesitan que el resto del mundo pugne sus guerras para ellos tener más peso en la bolsa de valores que ayer. Nos matan de hambre, nos impiden el acceso a la salud, cierran las escuelas, nos disparan con armas de alto calibre, nos arrojan bombas y nos piden que muramos por ellos, queriéndonos hacer creer que es por algo superior e intangible, como la patria o la religión, cuando en realidad es para rellenarse los bolsillos, para evitar la justicia o para divertirse, quién sabe, en ese ímpetu fascista del suicidio que suelen tener los tiranos.
Así que la muerte buena también es una fantasía. Fantasear que mueres desangrándote en la nieve (que, por donde lo quieras ver, no suena particularmente agradable) es mucho mejor que imaginarte que mueres por un misil isrealí o una bala del cártel o por la falta de medicamento en el hospital porque esas muertes son tan asimétricas y feas e irracionales que, acostumbrados al orden de la narración lineal, nos resultan incomprensibles. ¿Por qué he de morir en una guerra que no me pertenece? ¿Por qué he de morir por la gula y ambición de gordo bastardo del otro lado del mundo? ¿Por qué no hay música? ¿Por qué solamente hay ruido y gritos?