ENRIQUE GARRIDO
Uno siempre debe sospechar de los medios, el Estado, la élite, o cualquier grupo reptiliano, pero ¿hasta cuándo eso puede resultar peligroso para nosotros? ¿Cuándo es prudente sacar el aluminio y confeccionarse un gorrito que desvíe las señales que buscan robarnos nuestros pensamientos? En las redes existen muchos posts relacionados con conspiraciones donde vemos que existe un plan de reemplazo, montajes de alunizajes filmados por Kubrick, chips en vacunas. Parece algo ajeno, alejado de nuestra racionalidad, de nuestra inteligencia. ¿Quién podría caer en estos relatos?
Por allá del 86, el famoso presentador de la CBS Dan Rather daba un paseo por el Park Avenue de Nueva York. Todo lucía tranquilo hasta que la fatalidad lo encontró en el nombre de William Tager. Este sujeto lo atacó en medio de la calle mientras le repetía una pregunta: “¿Cuál es la frecuencia, Kenneth?” Su agresor no sería detenido hasta 1994, cuando disparó a un tramoyista de la NBC. Un psiquiatra determinó que Tager tenía una gran desconfianza y sospecha hacia los medios de comunicación, pensaba que conspiraban contra él.
Este curioso acontecimiento fue descrito por Michael Stipe, vocalista de REM, como “uno de los actos más extraños y surrealistas del siglo XX” y sirvió de inspiración para la famosa canción “What’s the Frequency, Kenneth?», incluida en el disco Monster del 94. En una parte de la letra se menciona “I never understood the frequency, uh-huh / You wore our expectations like an armored suit, uh-huh/ I’d studied your cartoons, radio, music, TV, movies, magazines” (“Nunca entendí la frecuencia, uh-huh/ Usaste nuestras expectativas como un traje blindado, uh-huh / Había estudiado tus caricaturas, radio, música, televisión, películas, revistas”) señalando la influencia de los medios de comunicación, que hoy podrían ser YouTube, Facebook, TikTok e Instagram.
Algunos estudios plantean que la exposición a teorías de la conspiración es casi universal, y su aceptación depende de múltiples variables interconectadas. A un nivel individual, las personas tienden a buscar patrones causales y sentido en eventos complejos o ambiguos, lo que puede favorecer la creencia en conspiraciones, sumado a que la falta de confianza en autoridades, la presión de grupos y la amplificación por redes sociales facilitan su difusión. Y es que el pensamiento conspirativo emerge como un fenómeno complejo y multifactorial, donde la interacción de la percepción de amenaza, intuición dominante, sesgos cognitivos y recompensas emocionales genera una forma particular de procesar la información.
Y es que no olvidemos que los conspiranoicos no son irracionales en toda su cognición, más bien presentan un procesamiento selectivo dirigido a la detección de patrones intencionales y la validación de narrativas conspirativas, reforzado por emociones y contextos sociales, de modo que todos en cierta medida podemos caer en su trampa.
Por ello me gusta el Canto XII de La Odisea y recordar las advertencias de Circe sobre las ninfas, pues en internet, las teorías de conspiración son como su canto: irresistibles, prometedoras de conocimiento y placer, pero mortales para quienes sucumben. Por eso, al navegar por las redes, debemos ser como Ulises, atarnos al mástil de la lógica para escuchar el canto seductor de las sirenas sin ser atrapados por el encanto de la frecuencia de Kenneth.
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