CAROLINA DÍAZ FLORES
Existe evidencia sobre cómo el uso frecuente de IA generativa puede modificar procesos cognitivos como el pensamiento crítico, la memoria de trabajo, la autorregulación, la resolución de problemas y el fenómeno conocido como cognitive offloading (delegación de procesos mentales a herramientas externas).
Durante siglos, cada nueva tecnología ha despertado el mismo temor: que la siguiente generación piense menos. Ocurrió con la escritura, con la calculadora, con Internet y con los teléfonos inteligentes. Hoy, el protagonista es la inteligencia artificial generativa.
La pregunta parece inevitable: ¿qué ocurrirá con los niños que nunca conocieron un mundo sin ChatGPT, Gemini o Copilot?
La respuesta, desde la ciencia, es más compleja de lo que sugieren algunos actores de la sociedad, pues en realidad no existe (hasta ahora) evidencia de que el uso de IA vuelva “menos inteligentes” a los niños.
Hasta el momento, ningún estudio longitudinal demuestra que el uso cotidiano de inteligencia artificial reduzca el coeficiente intelectual o la inteligencia general de los menores, sin embargo, podría tratarse de que la IA es una herramienta muy reciente y que el seguimiento de manera ideal debe ser no solo a lo largo de meses o años, sino de décadas.
Lo que sí comienza a documentarse es otra posibilidad: que ciertas habilidades cognitivas se desarrollen de forma diferente cuando una parte importante del esfuerzo intelectual es sustituida por sistemas de IA.
En psicología cognitiva existe un fenómeno denominado cognitive offloading, que consiste en transferir parte del procesamiento mental a una herramienta externa. Un ejemplo cotidiano es guardar un número telefónico en el celular en lugar de memorizarlo.
La IA representa una forma mucho más sofisticada de este fenómeno: ya no solo recuerda información, sino que resume textos, escribe ensayos, resuelve problemas matemáticos y genera argumentos completos. El problema no es utilizar ayudas externas; el problema aparece cuando la herramienta sustituye el esfuerzo necesario para consolidar el aprendizaje.
Las revisiones sistemáticas más recientes muestran un panorama mixto: cuando la IA se utiliza como tutor, proporcionando retroalimentación, explicaciones y preguntas que obligan al estudiante a razonar, puede mejorar el aprendizaje, especialmente en escritura, resolución de problemas y pensamiento de orden superior.
Sin embargo, cuando sustituye el proceso intelectual (por ejemplo, redactando tareas completas o resolviendo ejercicios sin participación activa del estudiante) aparecen riesgos consistentes:
* Menor compromiso cognitivo
* Reducción del pensamiento crítico
* Menor persistencia frente a problemas difíciles
* Aprendizaje superficial
* Dependencia tecnológica
Uno de los estudios longitudinales más grandes disponibles analizó más de 26 000 estudiantes chinos durante treinta meses.
Los investigadores encontraron un fenómeno paradójico:
* Las tareas escolares se resolvían más rápido
* Las calificaciones de las tareas aumentaban
* Pero el rendimiento en exámenes cerrados disminuía progresivamente.
Los autores interpretan estos resultados como una consecuencia de la externalización del aprendizaje: los estudiantes terminaban la tarea, pero aprendían menos.
Aunque estos resultados aún requieren replicación en otros países, representan una de las primeras evidencias longitudinales de un posible “costo cognitivo” asociado al uso indiscriminado de IA.
Sin embargo, ¿el problema es la IA? Probablemente no.
Las revisiones más recientes coinciden en que el efecto depende mucho más del modo de utilización que de la tecnología en sí.
La IA puede actuar como:
* Sustituto del pensamiento
* Amplificador del pensamiento
Cuando obliga al estudiante a justificar respuestas, identificar errores, comparar argumentos y revisar evidencia, puede incluso fortalecer procesos cognitivos superiores.
Cuando simplemente produce la respuesta final, ocurre exactamente lo contrario.
Algo relevante es que no es lo mismo utilizar la IA desde la universidad, pues la infancia y la adolescencia constituyen períodos críticos para el desarrollo de funciones ejecutivas como:
* Memoria de trabajo
* Control inhibitorio
* Flexibilidad cognitiva
* Planeación
* Razonamiento abstracto
Estas funciones se fortalecen mediante práctica repetida y resolución activa de problemas. En este sentido, diversos autores advierten que delegar sistemáticamente estas tareas a sistemas de IA podría reducir las oportunidades necesarias para consolidar dichas habilidades durante etapas sensibles del neurodesarrollo. Sin embargo, esta hipótesis aún necesita estudios longitudinales que sigan a los niños durante varios años.
Quizá la cuestión no sea si la IA hará menos inteligentes a las nuevas generaciones.
La verdadera pregunta es: ¿qué habilidades dejarán de practicar los niños porque la IA las realiza por ellos?
La historia de la tecnología muestra que cada herramienta cambia aquello que vale la pena memorizar, calcular o escribir. La IA podría representar el cambio cognitivo más profundo desde la invención de Internet. Todavía es demasiado pronto para afirmar que disminuirá la inteligencia humana, pero la evidencia disponible sí justifica una vigilancia científica estrecha sobre su impacto en el pensamiento crítico, la autonomía intelectual y el aprendizaje profundo.
Por último, como padres o tutores, es responsabilidad propia vigilar el uso de la IA sobre todo en etapas críticas como aprender a hacer operaciones matemáticas básicas, lectoescritura, resumen de información e incluso funciones de socialización.