SARA ANDRADE
Me duele la espalda, me arden los ojos, me atacan temblores espontáneos, sufro de misteriosos dolores de estómago y, a veces, cuando voy a cruzar la avenida de mi trabajo a la parada del camión me entran unas ganas enormes de pararme en el tráfico, como para ver qué pasa.
Luego de un día entero de sufrir los mismos tormentos que sufría un condenado a muerte en el coliseo romano, pero con la única diferencia que yo lo sufro sentada frente a la computadora de mi oficina, no me queda de otra más que preguntarme cómo es que voy a sobrevivir toda una vida experimentado este asalto a mis sentido, diagnosticado como “estrés”.
No se siente como estrés, quiero decir. O quizá yo lo he resignificado en otra cosa, pero cuando pienso en estrés, pienso en esa tirantez que te sostiene la espalda mientras estás intentando apurar el ensayo final del semestre antes de la hora de entrega. Era esperar por noticias cuando un familiar tuyo estaba en cirugía y de repente no sentías ni hambre ni sed ni sueño, solamente la pesada expectativa sobre los hombros. Pero era un estrés que desaparecía cuando dabas clic a “enviar correo”, que desaparecía cuando el doctor aparecía en la sala de espera y te decía, “todo está bien, en un momento pueden pasar a ver al paciente”. El estrés, quiero decir, es momentáneo. No puede durar para siempre.
Sin embargo, de un tiempo para acá, el estrés se ha convertido en algo más parecido a ser cazado por deporte. A veces me parece que el diagnóstico está equivocado, que no puede ser posible que este terror trepidante sea algo tan tonto como “estrés” o “ansiedad”. Simplemente son palabras que no abarcan el dolor de abrir los ojos y pensar, tengo qué sobrevivir otro día y mañana y el día después de mañana y así, día tras días, hasta que mi cuerpo me otorgue la misericordia de dejar de existir.
¡Qué terrible pensamiento! Pero en mi esfuerzo por ser sincera, por buscar belleza en las pequeñas cosas y por detenerme a describir las cosas que componen mi vida y el mundo que me tocó experimentar supongo que también tengo que hablar de lo cansado que es vivir en esta era.
Y a veces pienso que quizá es porque tenemos más palabras para describir lo que sentimos. Siglos atrás, lo que nosotros tratamos como “trastorno de ansiedad” era quizá solamente la voz de Dios repitiéndote todos los pecados que habías cometido en tu vida y, pues, de eso se trata el catolicismo, entonces igual y había cierta red comunitaria a tu alrededor que hacía de tu vivencia algo un poco menos espantoso. Ahora, cuando yo siento que Dios me habla a través de ideaciones suicidas, resulta que “estoy deprimida” o “tengo el cortisol en el cielo” o “luego de ejercer labor emocional en mi tóxico lugar de trabajo se me detonó un proceso psicosomático”.
Lo que me perturba es que hay palabras para enumerar mis dolencias y mis miedos, pero no hay soluciones. Por supuesto, quizá estoy experimentando burnout debido a los malos mecanismos de defensa de mi niña interna, pero mañana tengo que despertarme y tengo que revivir, a pelo, la locura de existir en el siglo XXI. Chatgpt puede indicarme exactamente qué trastorno psiquiátrico padezco, pero ¿no podría él ir al súper, lavar los trastes, escuchar las noticias, preocuparse por el futuro, esperar la guerra, pagar los impuestos? ¿No puedo yo dormir un día entero, sin tener que sacrificar mi flora intestinal por el funcionamiento de este mundo cruel?