ENRIQUE GARRIDO
Hoy todo está en internet. Antes, para hacer un resumen o ensayo con imágenes en la educación básica teníamos que ir a las papelerías y comprar lo que se conocía como “láminas” o “monografías”, materiales educativos de diversos temas con ilustraciones (como siempre, existían los adinerados que tenían los libros de Super Tareas, pero esa es otra historia). Eran baratas y accesibles (de 2 a 5 pesitos mexicanos). Todavía recuerdo las del sistema digestivo, circulatorio y reproductor, también las de hechos históricos como la Independencia o la Revolución Mexicana. Eran nuestra Wikipedia de aquel entonces, e igual que este sitio, sumamente manipulable.
Recuerdo muy bien aquella que hablaba de la drogadicción, cuyas ilustraciones eran “chavos banda” inhalando, fumando o inyectándose con expresiones vacías. Así se creó el estereotipo de la gente que cae en las garras de la drogadicción y, junto con la florecita de “Vive sin drogas”, nos advertía del peligro de ceder ante su tentación.
Quiero pensar que hoy es diferente, pues se sabe que drogas hay muchas y adicciones también. Lo mismo puede ser al café, al ejercicio, a los reels, videos de gatitos, las redes sociales, a el azúcar, entre muchas otras; así como que los adictos y las adictas (que también las hay) pueden vestirse formalmente, ir a una oficina, ser funcionales, ser tú mismo/a. Y no es para menos, pues el abanico de cosas con las que nos podemos enganchar es enorme, y crece, pues, además de sustancias, ahora también podemos ser adictos a la venganza.
El exabogado y maestro en psiquiatría en Yale, James Kimmel Jr., descubrió que la venganza opera como una “droga emocional”, cuando alguien se siente agraviado, su cerebro activa los circuitos del dolor, pero al imaginar o consumar la revancha libera dopamina y produce un subidón adictivo. En su libro The Science of Revenge señala que el lenguaje mismo fusiona mediante castigo y compensación, pues creemos que sólo sanamos cuando el otro sufre. Así, cuando alguien se metió en la fila imaginamos que arde en el infierno y nuestro cerebro adictivo lo disfruta como una buena dosis de heroína.
Evidentemente saldría muy caro sostener una adicción así, por lo que Kimmel propone el Nonjustice System, un juicio mental que permite cerrar simbólicamente la herida sin dañar a nadie, o aplicar la religiosa de “el Señor se encargará de los pecadores”.
En el fondo, quizá nunca dejemos de ser esa criatura primaria que imagina microvenganzas para no explotar en el tráfico, la oficina o el chat familiar. Pero si Kimmel tiene razón, la revancha no se desactiva reprimiéndola, sino dándole un pequeño ritual mental donde se pueda matar o torturar en paz sin llevarse a nadie.
El que esté libre de venganza que arroje la primera piedra, y si me da en la cabeza, mejor… para ustedes. Pues, la tortura, la desgracia ajena y los dolores propios de la inquisición son algo que todos hemos pensado, unos más realistas, otros más creativos. Es que la venganza es una adicción barata, y que no sale en láminas escolares, pues todos y todos somos víctimas de agravios seguidos, así que nuestro dealer siempre está activo. No sé si alguien de los que está leyendo estas líneas ha pasado por el cadalso de mi imaginación, pero, si es así, ojalá puedan perdonarme, porque tengo una mente muy creativa y, de seguro, sufrieron tanto como yo en sus mentes al leer esto.
Ciertamente todos en algún momento pensamos en el sufrimiento ajeno, que no lo decimos es cosa de no verse mal ante la «sociedad», pero a veces pensar que no siempre pensamos en el sufrimiento como producto de la mente, contradictoria mente a veces hasta en el teatro se dice rompete una pierna. Complejo pero satisfactorio el mecanismo. Qué sin hacer daño seguiremos usando para satisfacer un placer maquiavélico.
Te leo con atención y todo lo relaciono con circunstancias específicas de psicoterapia, tal vez ahí este la clave. No crees????