ENRIQUE GARRIDO
La infancia es un paraíso perdido para unos, un infierno para otros y para algunos como yo, un lugar extraño y fascinante, una combinación entre la imaginación y soledad, voces y silencios. Charles Baudelaire decía que “el genio no es más que la infancia recuperada a voluntad”, y sin duda es allí donde se sientan muchas de las bases de la creatividad, personalidad, las manías, obsesiones.
No sé si mi infancia fue particular, pues me faltaría el referente de otros, pero sí sé que la viví como muchos de ustedes, con carencias. Sobra decir que provengo de una familia que no tuvo muchos lujos, con algunos periodos de precariedad extrema, pero con lo básico como normalidad. En ese entonces los juguetes eran símbolo de estatus, por ello, los niños que los podían adquirir eran populares y tenían muchos amigos.
En mi caso, ni lo uno ni lo otro. De modo que me vi obligado a echar mano de mi imaginación. Así, con el gran patio de casa de mi mamá como escenario, con palos y piedras, árboles y pájaros y la compañía de mi perro Max, el cual nos lo regaló una tía cuando nací, creé mundos habitados por seres imaginarios.
A través de la literatura he mantenido la grata práctica de construir espacios para sobrellevar la realidad, pero ha cambiado un poco la relación de mis amigos imaginarios. Los que me conocen saben que tengo varias costumbres extrañas como ahogarme con mi saliva en cualquier momento, tener buena memoria al grado de recordar diálogos pasados, y la que más perturba: suelo hablar solo. No pequeños recordatorios, ni reafirmaciones breves, sino verdaderos soliloquios. Ahora ya no lo practico tanto, pero antes acostumbraba salir al patio trasero y caminar en círculos durante las noches. No miento, he asustado a varias personas entre ellas a mi madre.
Años después descubriría que no era el único en conversar con presencias nacidas de la imaginación. En internet, como suele suceder, ya había una comunidad para ello. Por allá del 2003 surgió una curiosa práctica en foros como Reddit y 4chan, la tulpamancia, es decir, crear tu propia tulpa.
Vamos por partes, tulpa es un concepto procedente del misticismo budista “sprul-pa,”, que se puede traducir como “emisión” o “manifestación”, en esencia es una idea, concepto, persona, animal o incluso un objeto, que, mediante la repetición constante, la visualización intensa y la interacción verbal, se convierte en una entidad mental con la cual una persona puede interactuar.
Aunque el término proviene del budismo tibetano, la cultura digital lo reinterpretó y transformó. En el discurso paranormal contemporáneo una tulpa es un ser que comienza en la imaginación, pero adquiere una realidad tangible y consciencia…y luego nos ataca.
Si bien mi escepticismo me impide pensar que mi acompañante de las madrugadas se revelará contra mí, me resulta especial la figura de la tulpa como símbolo de la palabra que se independiza del escritor, o un personaje que sale de las páginas como el Quijote de Cervantes o Pedro Páramo de Juan Rulfo. Estos personajes sobreviven incluso a la memoria de muchos de sus autores; también se relaciona con la posibilidad de materializar imágenes, emociones y presencias que dialogan con el lector como si fueran autónomas.
Las tulpas me fascinan, son una muestra de que la imaginación humana posee la fuerza de crear presencias lo suficientemente intensas como para acompañarnos durante años. Los escritores practicamos una forma moderada de tulpamancia. Nos sentamos frente a una hoja en blanco, repetimos nombres, describimos gestos, inventamos voces y, poco a poco, aquello que no existía comienza a reclamar un espacio propio. Un personaje deja de obedecer, una historia toma caminos inesperados y la imaginación adquiere la extraña costumbre de contestarnos.
Por eso sigo hablando solo de vez en cuando, no porque esté loco, más bien algunas conversaciones duran más que una vida. Hay diálogos que empiezan en la infancia y nunca encuentran una despedida adecuada. Y si alguna vez me encuentran caminando en círculos bajo la noche, moviendo los labios sin compañía aparente, no se preocupen, sólo estoy discutiendo con un personaje que todavía no sabe que lo estoy escribiendo.
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