FROYLÁN ALFARO
Afuera, la ciudad apenas comienza a despertarse. Hay puestos de tamales en las esquinas, estudiantes con mochilas colgando del hombro, el semáforo que parpadea, inseguro, como si dudara de su propia utilidad. Miro por la ventana empañada y me asalta una idea: la filosofía no nació en los jardines ni en las bibliotecas, sino en calles como ésta, en medio del ruido, el comercio y las prisas.
A mi lado, dos muchachos conversan. Uno, exaltado, defiende con argumentos tambaleantes que el reguetón es poesía. El otro, con gesto socrático, lo acorrala con preguntas: ¿qué entiendes por poesía?, le lanza. En ese intercambio, entre risas y bromas, escucho un eco lejano de los diálogos de Platón. Sócrates estaría orgulloso, pues la filosofía también vive en la risa que sacude un camión atestado.
Al bajar para tomar el tren ligero, la multitud me engulle. Hay empujones, disculpas que nadie pronuncia, un murmullo constante que se mezcla con el chirrido metálico de los vagones. En medio del caos, imagino a Nietzsche sentado al fondo. Tiene el bigote torcido y la mirada encendida. Observa a la masa que se aprieta en el vagón y sonríe con ironía. “He aquí el rebaño”, parece decir. Nadie lo nota, pero yo lo veo escribir con furia en su libreta. Transforma el tedio del transporte en aforismos que mañana escandalizarán al mundo.
Frente a mí, una señora cuenta las monedas para pagar su pasaje. Su gesto meticuloso me recuerda a los atomistas, que imaginaban el universo compuesto de pequeñas piezas indivisibles. Cada moneda es un átomo que ordena su trayecto, cada decisión diminuta sostiene la arquitectura de su día. Un claro ejemplo de filosofía en el bolsillo.
En la siguiente estación suben tres adolescentes con uniforme de secundaria. Hablan de videojuegos, de exámenes, de lo insoportable que es el maestro de matemáticas. Los escucho discutir sobre la dificultad de un nivel imposible y me sorprende encontrar en su charla algo de Aristóteles. La virtud como punto medio entre el fracaso y la maestría. Aprender a jugar, como aprender a vivir, por supuesto que exige equilibrio.
El tren se detiene y la gente se amontona en la puerta. En ese instante, recuerdo a Heráclito. Nadie se sube dos veces al mismo vagón. La multitud cambia en cada estación, el flujo nunca es el mismo, aunque las vías permanezcan idénticas.
Ya cerca de la universidad, un joven abre un libro y se sumerge en él. No alcanzo a ver el título, pero sospecho que es Kant. Su gesto es demasiado serio para tratarse de otra cosa. El muchacho parece luchar con cada frase, como si se enfrentara a una montaña que no sabe si podrá escalar. Yo lo observo con simpatía. Kant también viaja en tren ligero, puntual, rígido, dispuesto a demostrar que la razón tiene leyes que ni siquiera el caos urbano puede infringir.
Llego a mi parada. El vagón se vacía un poco y me doy cuenta de que todos estos pensadores se quedan ahí. Viajan con quienes todavía no saben que viajan con ellos. Sócrates seguirá interrogando entre risas, Nietzsche continuará escribiendo con furia, Aristóteles observará la virtud en los pequeños gestos, Heráclito se disolverá en el flujo de pasajeros y Kant intentará poner orden en el tumulto.
Salgo a la calle y camino hacia la facultad. El ruido de los autos reemplaza al traqueteo del tren. Entonces, confirmo lo que ya sospechaba desde el camión: la filosofía no está confinada a las aulas ni a los libros polvorientos. Está en el transporte público, en la charla de unos estudiantes, en la paciencia de quien espera, en el hartazgo de la multitud y en la ironía de un Nietzsche invisible. Basta mirar con otros ojos para descubrir que viajamos acompañados por los fantasmas de la filosofía.