GONZALO LIZARDO
El pasado 5 de marzo me congeló una noticia: había fallecido Pedro Friedeberg, un sobreviviente de la Generación de la ruptura y uno de los artistas visuales que más admiro. Pasa con él algo curioso: su estilo se identifica a primera, pero es casi imposible describirlo. Por su cromatismo remite al op art, por sus imágenes al surrealismo, por humor al arte pop y por su irreverencia al dadaísmo, pero ninguna de esas vanguardias lo contiene ni lo explica. Su obra —tanto como su autor— es un desmesurado compendio de virtudes neobarrocas, un sincretismo lúdico entre lo antiguo y lo moderno, lo sagrado y lo profano, lo hermético y lo psicodélico, con títulos son eruditos, pero también sarcásticos: Platón burlándose de los peces del Mar Egeo, o bien, Maximiliano no había pagado la luz ni el teléfono cuando la Chincheratriz Carlota llegó a Chapultepec.
Como suelen hacer los mexicanos, Pedro Friedeberg nació donde le dio su churrigueresca gana: en Florencia, Italia, el 11 de enero de 1936. Huyendo de la Segunda Guerra sus padres lo trajeron a México y aquí conoció a Trotsky, Rivera, Goeritz, Leonora Carrington, Edward james y otros intelectuales. A partir de 1961, luego de abandonar la carrera de arquitectura, se consagró de por vida a la plástica, las artes gráficas y la escultura. “Mis fuentes de inspiración son siete; cuatro están en la colonia Tecamachalco y las restantes son secretas”,3 asegura en una de sus entrevistas: “Yo pinto al amor, a la decadencia, al egoísmo, a la vanidad, a la filosofía y a la alta y baja cocina”. Enemigo de la improvisación y la rapidez, Friedeberg no padece el horror vacui de los barrocos, porque su vacío está repleto de filigrana, de signos, de imágenes e incluso de sentido teológico-político. Así lo explica él mismo:
«Se supone que el minimalismo refleja el vacío de la vida moderna o, para los inclinados al misticismo, la profundidad de Dios y del infinito, reducido a una mínima expresión. Pero en un país de gustos esencialmente churriguerescos y cursilones, esto resulta un oxímoron, pues la corrupción y la hipocresía innatas no pueden ser simplemente borradas o ignoradas por unos altos muros.»2
Aun así, como reflejo del gusto “churrigueresco y cursilón” de lo mexicano, su obra está lejos de ser caótica. La crítica ha advertido cinco áreas generales en su obra: a) las perspectivas interiores: escenarios cúbicos, vistos con perspectiva frontal, cuyas paredes están decoradas con diseños modulares que jamás se repiten; b) las perspectivas exteriores: construcciones monumentales y utópicas, con dos puntos de fuga, donde funde los símbolos mitológicos y las formas arquitectónicas más diversas; c) retablos bidimensionales o volúmenes planos, casi abstractos, a la manera de emblemas o escudos heráldicos; d) esculturas, objetos, juguetes, relojes, muebles y otros objetos ensamblados con una finalidad lúdica pero también práctica, y e) sus “objetos de virtud”: pequeños aparadores, cajas o estantes donde ordena todo tipo de objetos, desde trompos y cartas del tarot hasta alfabetos y sistemas numéricos.
Para acercarnos a su poética lúdica, bastaría analizar una de sus obras, como la que ilustra este texto.3 Blanco y negro (también conocida como Futbolistas o Laberinto), es una serigrafía sin fecha, impresa a 10 tintas con una dimensión de 55 x 55 cm. Es ejemplar su uso de la falsa simetría y la falsa repetición: los cuarenta y cinco módulos del marco exterior parecen iguales, pero no lo son, y la composición parece simétrica, pero tampoco. Los dos hombres desollados (negro el de la siniestra, blanco el de la diestra) citan intertextualmente un dibujo publicado por Andrés Vasalio en su tratado De humanis corpore fabrica (1543). Producto de estas barrocas bipolaridades entre lo exterior/lo interior, arriba/abajo, lo blanco/lo negro, puede pensarse que este laberíntico cuadro de Friedeberg como una alegoría hermética sobre la dualidad del alma, simbolizada por los dos desollados —lo inconsciente y lo consciente— incapaces de salir del cuerpo abierto que lo contiene, dos fuerzas que se reflejan y se repelen, incapaces de trascender los muros que los contiene: el laberinto de sus propias percepciones, de sus opiniones, de sus propios sentidos.
Aun así, queda claro que la écfrasis no hace justicia a la obra. Hombre de palabras y de imágenes, de conceptos y analogías, Pedro Friedeberg nos legó un microcosmos irrepetible y laberíntido que amplifica nuestra curiosidad mientras satisface nuestra sed de armonía. Si es verdad que “la vida es un misterio cuyo secreto da la fe”, como lo dijo uno de sus personajes (la sardina Anaís), cabe esperar que el misterio de su propia vida nos revele el secreto de su fe.
Gonzalo Lizardo, marzo 9 de 2026
Referencias
1 Citado por James Oles, “Una lectura de Pedro Friedeberg, en Pedro Friedeberg, ed. Deborah Holtz & Juan Carlos Mena, Fondo de Cultura Económica/Trilce/Conalculta, p. 114.
2 Ibid., p. 131.
3 Para un análisis más detallado, ver: Carmen F. Galán y Gonzalo Lizardo, Tres laberintos barrocos (reescrituras del barroco), Bulletin of Spanish Studies, 92:7, 1093-1111.


