JUAN GERARDO AGUILAR
Desde que recuerdo, he convivido con la llegada del fin de los tiempos. La idea del Apocalipsis fue recurrente desde que fui consciente de estar en el mundo. Mi jefita, como buena devota católica de Pedro el Ermitaño, se encargó de plantarme la idea de que el juicio final era inminente y que era muy posible que ni siquiera llegáramos al año 2000.
Durante mi infancia y adolescencia, el Apocalipsis fue como una especie de trámite pendiente. Algo que iba a suceder en cualquier momento, como esos tormentones eléctricos que se anuncian en el campo y que los viejos adivinan con sólo mirar el horizonte.
Por eso crecí con la sensación de que el mundo estaba viviendo sus últimos capítulos y que en cualquier momento sonarían las trompetas, aparecerían los jinetes, se abrirían los sellos y todo ese repertorio bíblico que parece el guion escrito por un profeta bien puesto con LSD.
Luego llegó el año 2000, y luego veintiséis años más, y aquí seguimos, pagando deudas, haciendo filas y viendo cómo el planeta insiste en no acabarse, por lo menos no cuando uno lo espera o quisiera. Pero también hay que admitir que el mundo ha hecho su parte para mantener viva la sospecha o la esperanza, como diría la gente good vibes.
Sin embargo, ahora con todo lo que está sucediendo en el mundo, con eso de que no puedes irte a dormir una noche, porque amanece todo patas para arriba, misiles cruzando los cielos diurnos de la región del Oriente Medio, caos, destrucción… con todo eso me ha dado por pensar si (ahora sí) estamos en la antesala del Apocalipsis.
Uno cierra los ojos pensando en que ya falta menos para que llegue la quincena y amanece con videos de drones, explosiones, mapas tácticos y un chingo de analistas geopolíticos de redes sociales explicando por qué el mundo está al borde de irse al carajo.
Lo curioso es que, a pesar de todo esto, seguimos desayunando, seguimos con nuestras vidas. Y es que hay algo profundamente humano en esa terquedad de continuar con lo cotidiano mientras el horizonte se llena de humo y de misiles.
Quizá por eso recordé Los pichiciegos, de Rodolfo Fogwill, y la manera en que narra cómo un grupo de desertores argentinos terminan viviendo enterrados bajo la nieve, durante la guerra de las Malvinas, escondidos, comerciando con el enemigo y tratando de sobrevivir más allá de cualquier épica patriótica. Fogwill entendió algo fundamental: que en la guerra real los héroes escasean y lo que abunda son personas tratando de no morir de frío, de hambre o de miedo.
Porque las guerras, ya cuando se ven de cerca, pierden glamour rápidamente. Tal vez a eso se deba que preferimos verlas desde lejos, como chorcha informativa o debate de sobremesa. Desde el sillón y con un clic todos somos estrategas; desde el campo de batalla, en cambio, lo único importante es sobrevivir.
Nos hemos fogueado viviendo nuestras guerras personales. Guerras ínfimas, domésticas, pero no por eso menos intensas: la batalla por pagar la renta, el conflicto silencioso de una relación que se desgasta y se termina, la lucha cotidiana contra la ansiedad, contra la rutina, contra esa sensación de que el tiempo avanza más rápido de lo que uno quisiera, en especial luego de la pandemia.
Cada quien carga su pequeño campo de batalla. A lo mejor por eso el Apocalipsis nos intriga tanto, porque encarna la promesa del final definitivo, un cierre digno para esta novela llamada humanidad. El Apocalipsis visto como una película donde todo se resuelve de una vez por todas: el bien, el mal, los culpables, los inocentes…
Sin embargo, la realidad es menos elegante. Será que el Apocalipsis, lejos de ser una amenaza, se parece más a un Pueblo Mágico donde podemos pasear muy orondos, con la certeza de que el final ha llegado.
Imaginemos: calles empedradas, puestos de recuerdos, turistas tomándose selfies frente al último gran espectáculo del planeta. El fin del mundo convertido en atracción, porque si algo tenemos los seres humanos es ese extraño talento para convertir las catástrofes en paisaje. Algo en lo que, por cierto, todavía le llevamos bastante ventaja a la Inteligencia Artificial.
Lo cierto es que estamos bastante lejos de averiguarlo. Incluso los propios apóstoles se quedaron esperando el regreso de Yisuscraist y, a como vamos, pareciera más probable que primero nos revelen la existencia de la vida alienígena.
Lo verdaderamente extraño no es que el mundo pueda acabarse, sino que sigamos actuando como si fuera eterno. Por eso, me gusta pensar en el fin de los tiempos. Me gusta pensar que nada es para siempre: ni lo que nos gusta ni lo que no nos gusta, ni el amor, ni las relaciones ni todo lo bueno ni todo lo malo.
La idea del final, lejos de deprimirme, tiene algo liberador. Me recuerda que la historia, afortunadamente, no es infinita, que todo lo humano tiene fecha de caducidad, incluso nuestras preocupaciones más cabronas.
Tal vez por eso el Apocalipsis sigue siendo una metáfora así de poderosa. No porque sepamos cuándo ocurrirá, sino porque nos obliga a pensar en lo que estamos haciendo mientras llega. Porque si el mundo acabara mañana —cosa que, por cierto, llevan diciendo desde hace siglos— uno esperaría que al menos hubiésemos aprendido algo.
Pero aquí seguimos: repitiendo errores, perfeccionando chingaderas, inventando nuevas maneras de darnos en la madre. Y aun así, en medio de todo ese desbarajuste, también seguimos enamorándonos, riendo, bebiendo con los amigos, leyendo novelas, caminando por calles que algún día serán ruinas.
Puede que ésa sea la verdadera resistencia humana: vivir como si el Apocalipsis fuera posible, pero no inevitable, seguir adelante incluso cuando el cielo está lleno de misiles. Seguir creyendo en algo —o en alguien— cuando la historia parece estar empeñada en demostrarnos que la esperanza es accesoria.
Porque al final, si el mundo va a acabarse, lo mínimo que podemos hacer es llegar con un poco de estilo. Como quien pasea tranquilamente por un Pueblo Mágico mientras el universo decide cerrar el changarro para siempre.
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El triunfo de la muerte, Pieter Bruegel.