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DORALI ABARCA
Existe una película alemana llamada Los Edukadores que plantea una pregunta incómoda: ¿Puede un opresor dejar de serlo sólo porque “entiende” tu dolor? La respuesta se resume en una frase que cierra la obra como una lápida: “No todos cambian”.
La Violencia de los Números
La historia nos pone frente a una realidad brutal: la violencia económica. Una joven trabajadora carga con una deuda de 100,000 euros por un simple error cotidiano (un choque vehicular). Para el dueño del coche lujoso, esa cifra es un dato irrelevante en su cuenta bancaria; para ella es una condena a la esclavitud moderna, a vivir para pagar una existencia que ya no le pertenece.
Ante esto, un grupo de jóvenes decide actuar. No roban, no matan. Entran en las mansiones de los ultra-ricos y simplemente reacomodan sus muebles. Es un acto de “terrorismo poético” que lanza un mensaje directo: “Tu abundancia es un insulto y tu seguridad es una ilusión”. Es el grito de una generación que no tiene acceso a la propiedad privada y decide, al menos, desordenar la del dueño.
El punto más alto de esta reflexión ocurre cuando los jóvenes terminan conviviendo con uno de estos millonarios en una cabaña aislada. Allí se produce una “conversación que parece cambiarlo todo”. El millonario confiesa que él también fue joven, que fue rebelde, que militó en la izquierda y que quería derrocar al sistema.
Ésta es la gran trampa del capitalismo tardío: la humanización del verdugo. El sistema es experto en cooptar la rebeldía. Nos vende la idea de que los de arriba “también sufren” o que “fueron como nosotros”, para que bajemos la guardia. Es un sedante dialéctico que intenta sustituir la justicia estructural por una falsa empatía individual.
Sin embargo, la realidad es más fría que cualquier charla frente a una fogata. La frase “No todos cambian” nos recuerda que, en este sistema, la posición de clase siempre pesa más que la conciencia individual.
Podemos hablar, podemos debatir y hasta podemos creer que el poderoso ha “comprendido” nuestra rabia. Pero en cuanto el rico recupera su entorno, su seguridad y su cuenta bancaria, vuelve a ser el engranaje del sistema que nos aplasta. La traición no es un error de su parte, es su función biológica dentro del capital.
Esta crítica no es sólo sobre una película, es sobre la ilusión de que el capitalismo puede tener “rostro humano”. La lección es clara para cualquier visión de izquierda: la resistencia no puede basarse en la buena voluntad del enemigo. El diálogo con el capital es un espejismo si no hay una fuerza real que lo confronte. Mientras ellos sigan acumulando bajo el disfraz de la “moderación”, nosotros debemos recordar que la lucha no es una charla de café, sino un estado de alerta permanente.
Sus días de abundancia están contados, pero sólo si dejamos de creer en sus promesas de cambio.
