FROYLÁN ALFARO
En los debates sobre el aborto suele aparece la pregunta sobre si el feto es o no es una persona y muchas discusiones se quedan ahí. Sin embargo, la filósofa Judith Jarvis Thomson propone conceder que el feto es una persona desde el momento de su concepción y que, como toda persona, tiene derecho a la vida. El punto de partida, entonces, es diferente, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿el aborto es moralmente incorrecto?
Para Thomson la respuesta es no, pero no porque la vida del feto carezca de valor, sino porque el derecho a la vida no es un derecho ilimitado. Tener derecho a la vida no significa tener derecho a todo lo necesario para sostenerla, especialmente si eso implica usar el cuerpo de otra persona sin su consentimiento.
Imagine, querido lector, que despierta usted en un hospital, conectado contra su voluntad a una persona que padece una enfermedad mortal. Sus riñones están siendo utilizados para limpiar la sangre de esa persona. Si se desconecta, esa persona muere; si permanece conectado durante nueve meses, esa persona se salva. Recuerde que nadie le pidió permiso a usted, simplemente despertó así.
Aceptemos que esa persona como tal tiene derecho a la vida. Entonces, ¿está usted moralmente obligado a permanecer conectado? Muchos pensaríamos que no. Sería un acto generoso, incluso admirable, pero no parece algo exigible. Aquí cabe distinguir entre matar y dejar de sostener. Desconectarse no es atacar a la persona, sino retirar un apoyo corporal al que usted nunca estuvo obligado. Esa persona desconocida muere, sí, pero no porque usted la haya matado, sino porque no puede sobrevivir sin usar el cuerpo de otro.
Thomson sostiene que esto es moralmente comparable a un embarazo producto de una violación. La mujer no decidió participar en el acto. Entonces, si no aceptamos que alguien esté moralmente obligado a sostener la vida de un extraño con su propio cuerpo durante nueve meses, ¿por qué exigirlo en este caso? El punto aquí no es negar el valor de la vida del feto, sino cuestionar que ese valor genere automáticamente un derecho sobre el cuerpo de la mujer.
El argumento se vuelve todavía más claro cuando el embarazo pone en riesgo la vida de la mujer. Aquí tenemos un conflicto entre dos personas inocentes, ambas con derecho a la vida. Exigir que la mujer sacrifique su propia vida para salvar la del feto parece moralmente inaceptable, pues nadie está obligado a morir para que otro viva. Sin embargo, curiosamente, esta exigencia extrema suele recaer solo sobre las mujeres. No pedimos a otros ciudadanos sacrificios corporales equivalentes en nombre del derecho a la vida ajena.
Hasta aquí, muchas personas aceptan que el aborto sea permisible en casos extremos. Pero Thomson también cuestiona la idea de que una relación sexual voluntaria genere automáticamente una obligación absoluta de continuar el embarazo. Para ello usa el experimento mental de las “semillas de personas”. Imagine que existen semillas que flotan en el aire y, si entran por la ventana, echan raíces en su casa. Usted instala mallas para evitarlo, pero una de esas mallas falla, no por su culpa, sino porque a veces las mallas fallan y usted tuvo la mala suerte de que una de las suyas fallara, por lo que una semilla entra a su casa. ¿Tiene esa “persona-planta” derecho a quedarse en su casa sólo porque usted abrió la ventana sabiendo que existía el riesgo?
Parece que haber asumido un riesgo no equivale a haber otorgado un derecho. De hecho, haber usado protección muestra justamente lo contrario, que no se consintió ese resultado. Algo similar ocurre cuando una mujer usa anticonceptivos o algún otro método, pero aun así queda embarazada.
Ahora bien, algo importante que señala Thomson y que debemos tener en cuenta es que no todo lo que es moralmente permisible es moralmente admirable. Aquí aparece la figura del “samaritano mínimamente decente”. Es decir, no estamos obligados a ser héroes morales, pero sí a mostrar un mínimo de consideración.
Volvamos a la persona conectada a su cuerpo. Si esa persona sólo necesitara estar conectada durante una hora, sin causarle ningún daño serio, desconectarse por simple comodidad sería una acción egoísta de parte de usted, aunque quizá no injusta. Es decir, no hay que confundir lo que la justicia exige con lo que la decencia moral recomienda.
Este punto es importante cuando se discute el aborto en etapas avanzadas del embarazo. Un feto de más de siete meses es, en principio, viable fuera del útero con apoyo médico, ya no es completamente dependiente del cuerpo de la mujer para existir. En esos casos, el argumento cambia. No se trata de retirar un soporte del que depende absolutamente su vida, sino de decidir entre distintas formas de preservarla. Aquí la exigencia de “decencia mínima” puede tener un peso mayor, sin que eso implique negar el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo.
Ya para terminar, me gustaría señalar una asimetría que rara vez se cuestiona: a la mujer se le exige ser, como mínimo, una samaritana decente, incluso heroica, durante meses (o años), poniendo su cuerpo, su salud y su proyecto de vida al servicio de otro. Pero, no hacemos exigencias comparables al resto de las personas en nombre del derecho a la vida. No obligamos a donar órganos, ni a asumir riesgos corporales prolongados, ni a sacrificar la propia autonomía, ni los proyectos de vida de forma semejante.
Tal vez, entonces, querido lector, el debate sobre el aborto no dependa tanto de decidir quién es persona, sino de qué estamos dispuestos a exigirle a alguien, y por qué casi siempre a las mujeres, en nombre del derecho a la vida. Y, sobre todo, hasta dónde llega ese derecho antes de convertirse en una carga moral injusta.