SAID ANTONIO CRUZ
Tal como ocurrió con Eric Draven, el cuervo busca nueva retórica posado en la tumba de su creador: Edgar Allan Poe. Cuentan que, desde el 30 de enero, el cuervo comienza a volar, ya que ese fue el fatídico día en que murió Virginia, su esposa. Y así, desde la tierra panteonera de Maryland, la mano poética de Poe emerge temblorosa cada 7 de octubre.
Se pinta el rostro no con tinta, sino con lodo negro, y cada frase que esboza, que apenas llega a ser murmullo, se convierte en maldición. Es por el olvido de la mujer, llámese Virginia o Leonore. Poe camina como sombra, recitando versos que nadie pidió, pero necesarios para todos. No entiende el brillo, ni el ritmo, ni el ruido de la calle; le incomoda que todos vayan tan rápido.
Así como Sarah estuvo para Eric Draven, yo acompaño a Poe, escucho y recojo sus versos como si fueran pétalos podridos en tumbas que nadie limpia ni visita. Los escribo en amarillentos cuadernos y los pego como epitafios.
Poe convierte el día en un teatro sin telón, con actores que olvidaron su papel; y la piel de quien acaso encuentra, se tiñe de sombra. Al caminar, su corazón late como si quisiera gritar en público, frente a un público que llega tarde, sólo hay un cuervo que grazna. Es la obra reclamando ser sentida: no busca tecnicismos. Sólo que alguien la habite y se postre en el centro del escenario vacío y escuche el eco de un público sin aplausos.
Poe vivió en plena Revolución Industrial, con ciudades que crecían entre humo, pobreza y fábricas con jornadas de trabajo que devoraban cuerpos. Donde la medicina era precaria e inaccesible; la palabra escrita era refugio y resistencia, cuando se escribía desde la penumbra con velas y, cada verso, era un intento de sostenerse en medio del derrumbe habitual y goteras.
Alza los ojos titubeantes y entiende que, ahora, la Revolución es digital. El humo no se respira, se desliza por las pantallas; la pobreza se palpa en la ansiedad y urgencia de reproducir contenido. Sí, la medicina ha avanzado, ya no morimos de tuberculosis, pero sí de insomnio, de fatiga, de soledad con Wi-Fi. El duelo se vive en línea, se comenta mientras la tristeza se romantiza.
Poe sería viral por un día, por este día.
Cada año, repite su acto, y yo, soy la luz tenue que lo alumbra: el cuervo es la sombra. Aún tiene algo que decir, un último parlamento, donde la bala esta vez sí se quede en el guion y salvar a Eric Draven o la sombra del cuervo se disipe mientras susurra: “Nunca más”.
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