Para Mel.
SAID ANTONIO CRUZ
Ella está a punto de cumplir 20 años, estudia, trabaja y no vive conmigo. Creo que nunca lo hizo. Yo no he sido el mejor padre, pero ella siempre se hace un espacio para venir a ver al “viejo gacho”, donde uno de nuestros rituales es ver películas. Ella se fascina con la diversidad de historias, posturas ideológicas, historias de horror y manuales de buenas intenciones, no sabe que normalmente la realidad supera a la ficción. Está bien, hoy más que nunca necesitamos esperanza y soñadores. A mí, me encanta el momento posterior al término de la película, después de un minuto cabecea y exclama “¡Wow, qué loco!”, pero está vez, está perpleja.
Partiendo de la premisa de que una imagen dice más que mil palabras, siempre busco y elijo películas que sustituyan las desavenencias de un padre. Así que le llego el turno a Whiplash de Damien Chazzelle, un director con el que comparto la edad y el gusto por el Jazz. Formado como baterista en la secundaria, Chazzelle vivió en carne propia la presión de un maestro implacable, experiencia que se convirtió en el núcleo emocional de la película. Pero antes de que Whiplash fuera un largometraje, fue un cortometraje de 18 minutos que tenía la firme convicción de interesar a algún estudio; y, cuando el corto ganó el premio del jurado en Sundance 2013, logro obtener la financiación completa. No obstante, tuvo sus limitantes: rodada en apenas 19 días y con un ínfimo presupuesto de 4 mill. de dlls A la postre, recaudo más de 50 y logro ser uno de los directores más jóvenes nominados al Óscar.
La ida de que los genios solo emergen bajo presión y que los resquicios de luz brillan más intensamente cuando se cuelan en la oscuridad, encuentra un poderoso eco en el mito de la caverna de Platón. En esa alegoría, los prisioneros viven encadenados desde su nacimiento, viendo solo sombras proyectadas e la pared y creyendo que esa es la realidad.
En la película, el padre de Andrew Neiman (interpretado magistralmente por Milles Teller), aparece como un refugio emocional, pero a la vez como cadena limitante. Su Padre es un hombre afectuoso, pero un escritor que no logró destacar. En una escena clave, durante una cena familiar, Andrew intenta compartir su pasión por la batería y es minimizado por sus parientes que celebran logros más convencionales. En contraste, tenemos a Fletcher (interpretado por un soberbio J.K. Simmons) su profesor de música. El lo descubre, lo empuja y lo obliga a romperse. Es un espacio de maestro oscuro que, como en el mito de Platón, lo arrastra fuera de las sombras hacia una luz que duele, pero revela.
En Whiplash cada nota, cada grito, cada gota de sudor y sangre, están para transmitir presión, obsesión y transformación. La fotografía constituye un universo cerrado, casi claustrofóbico, en donde los colores amarillos, ocres y rojos predominan.
Casi al final de la película, Chazelle nos regala un fotograma brutal: el padre de Andrew que observa absorto desde fuera del escenario, apenas visible detrás de una puerta con una pequeña ventana. No interviene, no aplaude, no irrumpe. Quiero pensar que es una mirada de orgullo, al saber que el hijo ha cruzado un umbral que el padre no podrá seguir.
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