SAID ANTONIO CRUZ
El cuarto es un abismo negro, apenas interrumpido por los ventanales sin cortinas que se abren hacia la ciudad inmensa, hacia una constelación de rascacielos, en la cual ya murió el último astrónomo. Theodore se hunde… en su cama.
Mientras destellos sepia lo envuelven en un velo que oxida todo dentro de él, como un horizonte que se deshace antes de existir, se confiesa a Samantha —El cuarto está dando vueltas porque tomé demasiado, porque quería emborracharme y hacer el amor. Son los remordimientos borrachos de una cita fallida y la agonía de una ilusión en la cual merece una mujer hermosa y que, solo talvez, ella lo hubiera deseado también. Samantha no está programada para sentir celos.
Beber no es solo un acto físico: es un conjuro. La copa se convierte en espejo y cada trago abre una grieta en el tiempo. El alcohol arrastra hacia la superficie los recuerdos de las victorias pasadas y escenas más brillante. Destellos distorsionados, reflejos en un ventanal empañado, que se sienten posibles pero imposibles de tocar. —Sabes, a veces… pienso que ya he sentido todo lo que voy a sentir, susurra. El alcohol funciona como un lubricante para la honestidad brutal: le permite admitir que teme haber agotado su capacidad de asombro y que el resto de su vida será solo una copia descolorida de lo que ya vivió.
La escena retrata la soledad en una metrópolis hiperconectada en donde la tecnología no logra llenar el vacío emocional, Theodore habita en el pasado. La ciudad se siente infinita de imposibilidades, está hablando con la inteligencia más avanzada del mundo y nunca se ha sentido tan solo. El intimar con Samantha es una patética lucha empedernida por no quedar varado entre dos tierras: la del deseo y la del miedo a traicionarse (o sentirse más patético); cuando la intimidad se disuelve el dolor se intensifica. Al no haber un «otro» con un cuerpo que vibre, rebota contra un muro invisible.
¿Qué me dices, a través de este texto pude vibrar contigo?
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