Imagen: Amarga presencia, Francisco Goya y Lucientes.
CARLOS MACÍAS
De pie sin un espejo acomodó su sombrero frente a la pared casi desnuda, esta sólo mostraba el perchero donde colocaba la tejana después de cada jornada en el camino de la sierra, su mano izquierda tomo la punta del ala para bajar la copa en la frente casi hasta cubrir la ceja, con parsimonia metódica e inconsciente, como toque final inclinó el ala izquierda levemente hacia su hombro, dando una asimetría premeditada. El pantalón de mezclilla era nuevo, calzado a la perfección las piernas que con discreción mostraban eventualmente la corriente de sus músculos, en el tobillo la bastilla cobijaba las botas apenas rozando el suelo.
Miguel se observó en el espejo del cielo al cerrar la puerta de la vivienda que parecía austera, sin evidenciar las cómodas disposiciones de los pocos elementos, protegidos con los materiales locales, aislando a la perfección las inclemencias con la comodidad del interior, el frío, el calor, la nieve, la lluvia eran placeres esperados siempre, acostumbrado a todo clima en la cercana sombra de los pinos que ocultaban el paraje como camuflaje en armonía a las rocas y las hojas siempre crujientes en el suelo que pisaba día con día.
Girando para cerrar la puerta del hogar le invadió el recuerdo de los días de primaria; el poco gusto que tenía por la escuela y el placer con que contemplaba a esa niña que corría entre las bancas con aire de gacela, frágil y bulliciosa, una razón para encontrar la emoción entre las bancas de madera en el aula con chimenea, en el crujir de la madera del piso, la silueta de Juanita llena de inocencia con un lápiz en la mano jugando a ser maestra revisando las tareas, poniendo orden a los niños que buscaban libertad en medio de la clase.
Sin límites ni linderos las casas eran distantes, solo la sierra obstruía el horizonte, Miguel llegó a la puerta donde lo aguardaban, el motor de la camioneta como música llevo a Juanita a salir apresurada, con la soltura de los años de escuela, el vestido pegado al contorno de un cuerpo desarrollado revelaba el ritmo apresurado, los pechos ufanos en simetría perfecta atraían la mirada, las caderas ágiles, corrieron a subir ala vehículo. En el transcurso recordaron las aventuras de la infancia, la torpe dinámica en que jugaban a quererse, la ruta intensa en que aprendieron a sentirse en práctica vertiginosa de la vida, de cómo se fueron eligiendo entre las risas, entre los años hasta pensar en casarse cuando el crecimiento llegó a su límite. Sin decirlo lo sabían, eran admirados, su caminar juntos ahora generaba un dejo de envidia entre las gentes, la una llena de atributos, su físico de pantera, llena de curvas, fuerte de espíritu, en la madurez perfecta para comenzar la aventura de ser esposa, la experiencia de echar tortillas, de encender el fuego agazapado entre las cenizas de fogón en días de lluvia; él con la fortaleza que se logra en los trabajos del aserradero, sus bíceps se adivinaban en la sombra de la camisa que se levantaba al flexionar el brazo, unas duras piernas llenas de vitalidad formadas en la constante tarea de cargar los troncos, de manejar el cargador, de acomodar las tablas.
Aprendieron a leer, a calcular algunos costos y contar el dinero, sin saberlo, el mayor aprendizaje fe metódico, se entregaron en el experimento frágil de un deseo plagado de inocencia, entre las risas de los compañeros, el morbo de quererse, lo vivieron con el ansia de tomar la mano del otro en un roce furtivo que a media de los días se convertía en una cadena sólida, con eslabones engarzados a fuerza de la compañía, de apoco la mirada se hizo una sola visión, los ojos grandes llenos de luz de ella se volvieron estrellas, incendiándose cada vez que se podían reflejar en los de él, así fueron llenando de emociones cada espacio de la sierra, cada pino marcado con la espalda de ellos al recargarse recibiendo un beso, mezclaron sus palabras con los sonidos de los campos, las casas de los vecinos se alegraban en su llegada, en sus encuentros.
Arribaron al baile cuando ya la banda tocaba, la música de viento lanzaba sus notas que se precipitaban en cascada por la sierra, “Arriba Pichataro” callaba a las aves silvestres extrañadas por la competencia, el canoro murmuro se interrumpida por la estridencia vertiginosa de los músicos que se afanaban por ambientar con furor aquella fiesta. Desde que descendió de la camioneta, Juanita se vio invadida por una sensación poco común, a toda prisa se dirigió al origen de la música, dejó a Miguel a la distancia, olvidando la mano que sujetaba dentro del vehículo, sobre el asiento.
-¡Juanita, espera¡
Siguió apresurada con una expresión eufórica en el rostro, solo detuvo su carrera en el límite de la pista de tierra improvisada para el baile, entre la sombra de un espacio como terraza natural formada por la sombra de los pinos duranguenses, dio vuelta a su cabeza para mirar de reojo la distancia a que se encontraba el novio, sin prestar demasiada atención, centrando su vista en la fiesta.
En un primer paso Miguel sintió las piernas flaquear, aquella anudación de músculos resultó insignificante ya que se tambalearon al unísono de un espasmo que nación en su vientre para propagarse como humo por el cuerpo, de golpe sintió el cuerpo cansado en el intento de alcanzar a su amada.
Ser hombre de rancho en un ambiente donde se aprende a ser fuerte desde temprana edad, las emociones se disciernen fortaleciendo el sentido de supervivencia, las decisiones con demasiada frecuencia se condicionan la fuerza, al instinto, hombres y mujeres se apropian de la naturaleza, aprenden a cazar, ellas a cocinar con el mínimo de utensilios, solo el entorno provee, en ello está la vida, cada familia y cada sujeto se convierten en individuos que se valen en mínima medida de la comunidad, eso es lo que hace atractivo a las parejas, la fuerza de dominar el medio, de solventar las vicisitudes de una vida recia.
“Sutil en el espacio te dibujo, como una sombra proyectada en la tenue luz del alba” Imaginaba Miguel cuando comenzó a conocer el amor, siempre la tenía en sus pensamientos, aparecía sin aviso, sin permiso en cada paso, en cada espacio; algunas veces como una ilusión mezclada con elementos reales, otras muchas de una forma tan clara que podía tocar su silueta, desnudarle de manera meticulosa cada poro que desnudaba para exponer su piel a contacto de sus manos callosas, ocasionando casi un chirrido con sus yemas ásperas y la suavidad de ónix, esculpiendo a cincel un cuerpo que cuidaba, que deseaba, que formaba, “Juanita”, le nombraba como el cristo de la cabecera para ser bendecido en el cobijo de su rostro.
Cada ocasión que el maestro preguntaba sobre la clase era Juanita la primera en responder, con certeza a cada situación, si Miguel sabía la respuesta, omitía su participación, dejaba que ella figurara porque era su prioridad, disfrutaba verla disfrutar. Creció su cabello, sus brazos se alargaron, sus ojos se agrandaron pasando de un ciclo a otro en la misma aula, los niños que eran se fueron transformando, con ello los pensamientos y las necesidades, seguía siendo el centro de atención, el impulso de la clase, la que proponía, la que guiaba, desplazando en buena medida la decisión del maestro, conservando solo la cercanía con Miguel, su centro, los ojos que deseaba sentir que la vieran, la voz que le inquietaba, los pasos que le alumbraban.
Sin entender siquiera los principios básicos de electricidad, Juanita sintió las notas musicales en el cuerpo, le penetraron como una inyección de adrenalina en las venas, vivó cada acorde de la banda en un universo de emociones, su piel se erizó, sin entender pudo sentir las miradas, observar los rostros que sorprendidos en su abrupta llegada voltearon a mirarla, siendo flechas penetraron en sus senos, agrandando sus ojos en la conexión de la descarga que aceleró su corazón. Solo fue distraída por los pasos de Miguel que se colocaba tras ella. Cubriéndola con sus brazos desde la cintura, por primera vez y de manera inesperada aquellos fueron como una cadena pesada amarrada a sus caderas generando un peso que desconocía. La misma descarga que encendió a Juanita fue un apagón para Miguel, que negativamente sintió el rechazo de su amada, incrédulo buscó la confirmación de esa energía que se escapaba, sus ojos ya estaban lejos de la luz de ella que se había llenado de la mirada de los otros asistentes en la fiesta, que con envidia miraban a Miguel, todos los ojos de los hombres eran ascuas de lujuria que proyectaban su fuego en aquel cuerpo que buscaba liberarse de las manos del que antes era su amado.
Más de una vez él mostró su fuerza cuando cualquiera pretendía trasgredir su amor por juanita, se había convertido en un líder que dejaba su beneficio por el bien de los demás, se quitaba la camisa por un buen amigo, dejaba sus deberes pro la ayuda en los deberes d los demás. Eta también ello la fuente de admiración de su querida, la manera en que criticaba, en que se limitaba para lastimar, siendo la humanidad su prioridad, el coraje para vivir, la sutileza para amarla, la fuerza para sentirla, todo ello solo servía para cimentar cada risa a su lado, cada beso consensado, cada caricia de entrega, su amor se proyectaba en acciones a los demás, siendo el reflejo de lo que lo jóvenes anhelaban, el ejemplo para sentir en un universo de competencia y calumnia, solo ellos modificaban con certeza las ilusiones.
Girando como llevada por el viento en remolino, la falda del vestido liberó a juanita de las energías de Miguel, apresuró sus pies hacia el centro del espacio de baile con una gran sonrisa en su rostro, dejó a Miguel de pie sin entender, sin saber cómo reaccionar ante las expectativas propias y de los demás. La música incrementó de pronto su volumen aturdiendo a Miguel estupefacto, que en su angustia solo acató a tomar la botella de licor mojando su boca en un trago largo, quemando de manera voluntaria su vientre como un castigo a lo que dejó de comprender.
Como zopilotes a la carroña, igual que gavilanes en picada, idéntico a los pretendientes de Penélope en la odisea, los hombres que contemplaban a la distancia a Juanita se abalanzaron al baile, a diferencia de La Odisea, ella aceptó gustosa la pretensión del primero que tomó su mano, bailando con soltura y pegando su cuerpo al ritmo de la tambora del desconocido, siguiendo uno y otros más, el viento perdió su rumbo llenado el ambiente de risas, de morbo, de felicidad, de angustia.
Desesperado e inconsciente El agredido solo reaccionó ante la contemplación de un vestido lleno de sangre, los ojos antes llenos de brillo se apagaron en pocos instantes, abiertos e inertes parecían proyectar la comprensión de su destino finalizado, solo el recuerdo vigente del goce de unos instantes de baile en la libertad de ser de todos al sonido del clarinete. Los bailadores todos, de pronto se vieron amenazados, disipándose como cobardes ante el enojo de Miguel aun con la espada desenfundada, al contemplar la huida se sintió liberado y en una última carrera por estar de la mano de su amada, en un estruendo que apagó el sonido, Miguel siguió el camino de Juanita.