JORGE L. CASTAÑEDA
Desde hace más de una década he estado vinculado al ámbito de la formación docente, y en cada generación de estudiantes existen casos que, aunque incómodo, es imposible ignorar: muchos futuros maestros llegan a las aulas con poco entusiasmo, compromiso y, en algunos casos, sin un interés genuino por aprender. Esta apatía no sólo es evidente, sino profundamente preocupante, porque compromete el sentido mismo de la tarea educativa.
No me refiero a la falta ocasional de motivación (que todos experimentamos en algún momento), sino a una problemática más profunda; la pienso como una especie de desconexión emocional y cognitiva que se manifiesta en la indiferencia hacia el conocimiento, la falta de iniciativa y una actitud pasiva ante el propio proceso formativo. Aunque entiendo que es algo “común” en todos los niveles educativos (por los diálogos que he establecido con colegas). En este caso, lo que considero más preocupante es que esto también ocurre precisamente entre quienes, en pocos años, estarán frente a grupos de niños y adolescentes intentando despertar su curiosidad por el mundo.
Al respecto, les comparto algunas reflexiones que, por supuesto, pongo a su consideración. Desde mi perspectiva, asumo que no hay una sola causa, es una situación compleja que responde a diversos factores. En primer lugar, muchos estudiantes no logran ver el sentido de lo que están aprendiendo. Los currículos, en muchos casos, siguen anclados en contenidos descontextualizados, fragmentados y alejados de la realidad que enfrentarán en el aula. No es raro escuchar a estudiantes preguntar: “¿Y esto cuándo lo voy a usar?”. La respuesta, muchas veces, ni siquiera nosotros como docentes formadores la tenemos clara.
Además, el modelo pedagógico con el que aún se forman muchos futuros maestros reproduce una lógica tradicional que prioriza la memorización sobre la reflexión, el cumplimiento sobre la creatividad. ¿Cómo despertar el deseo de aprender en un entorno donde se sigue enseñando como hace 30 o más años? ¿Cómo formar docentes críticos, si la crítica se penaliza o se margina dentro y fuera del aula?
A todo esto, por supuesto se le puede sumar el contexto social en el que viven muchos de nuestros estudiantes. Las condiciones económicas adversas, la incertidumbre laboral, el estrés cotidiano y la sobreexposición a estímulos digitales inmediatos han generado una cultura donde lo lento, lo profundo y lo complejo (como comúnmente suele ser el proceso de aprendizaje) pierde terreno frente a la información gráfica e instantánea. Esperamos resultados rápidos, pero la formación docente requiere tiempo, constancia y vocación. Sin embargo, lejos de culpar a los estudiantes, creo que este panorama debe demandarnos con mayor énfasis como formadores y como sistema. ¿Qué estamos haciendo para revertir esta apatía? ¿Cómo podemos volver a encender la chispa del aprendizaje en quienes, irónicamente, se están preparando para enseñar?
Una posible respuesta está en renovar profundamente nuestros enfoques de enseñanza. Necesitamos planes de estudio con mayor exigencia en los alcances, que dialoguen con las inquietudes reales de los estudiantes y los contextos donde ejercerán su labor. Es indispensable incorporar metodologías activas que los hagan protagonistas de su proceso, proyectos que los vinculen con la práctica escolar desde etapas tempranas, y espacios donde se valore el saber, saber hacer, saber ser y sentir.
Necesitamos enfatizar la formación de docentes con capacidad de emocionarse por el conocimiento, de asombrarse frente al acto de aprender, y de comprometerse éticamente con su comunidad. Porque sólo así podrán, a su vez, contagiar esa pasión por aprender a las nuevas generaciones.
La apatía estudiantil no es un destino irreversible, pero sí es una señal de alarma. Si no la atendemos con seriedad, estaremos formando profesionales que ven la educación como una carga, y no como la oportunidad transformadora que realmente es. ¡Hasta la próxima!