DANIELA ALBARRÁN
Creo que para conocer la identidad mexicana, y lo que se conoce como mexicanidad, basta asomarse a un funeral. Creo que los mexicanos tenemos una relación interesante con la muerte. En vida le tememos, pero también si creciste en una familia católica panista, como es mi caso, por ejemplo, la muerte es una especie de esperanza de la vida eterna, de que algún día estaremos en la tierra prometida, que dios nos estará esperando con las manos abiertas al otro lado de la luz y que nos volveremos a reunir con las personas que alguna vez compartimos plano terrenal.
Una de las festividades más importantes en el país, es el Día de Muertos con muchos elementos que representan el folclor de la mexicanidad, como el papel picado, las calaveritas de chocolate, casi siempre rancio, las figuras de azúcar o alfeñiques, que probablemente nunca nadie se haya comido una, pero seguramente se guardarán en la alacena de alguien, junto a la vajilla que se usará en algún día especial. O el cempasúchil que definitivamente es uno de mis olores favoritos en el mundo; pero el punto, es que esta festividad se realiza pensando en celebrar la vida de aquellos que ya no están.
La semana pasada asistí a un funeral con toda la ritualidad que eso representa y descubrí algunas cuestiones que me parecieron por demás cómicas, pensando que un funeral es el evento canónico más trágico de un ser humano. Y aquí me gustaría comentar esos elementos.
La logística:
Inmediatamente después de que la persona fallece qué se hace, vaya, uno está con su dolor e inmediatamente se tiene que preparar un sinfín de cuestiones logísticas para llevar a cabo el funeral. Llamar y avisar a todos. ¿Cómo se da la noticia de que alguien que conoces, que quieres, acaba de ya no existir? Y ¿después? Pensar que el cuerpo del recién fallecido está en tu casa ¿a quién llamas? ¿Quién llama a esa persona, y como sabemos quién es la persona a la cuál debes llamar? ¿Al 911? ¿A un médico? ¿A un sacerdote? Y eso sin tomar en cuenta que los mexicanos tenemos cero por ciento la cultura de la previsión, entonces te mueres y casi nunca tienes un plan funerario.
Inmediatamente tienes que contratar uno que prepare el cuerpo, que te lleve el féretro, carroza, cruces, porta-cirios, misa, donde se va a enterrar, si se tiene que comprar un pedazo de panteón o si se tiene que escarbar en una tumba familiar, etc. Ponerse de acuerdo con toda la familia de cómo se va a pagar eso y todo antes de que el cuerpo del difunto comience a enfriarse, o sea toda esa logística se tiene que ver en las siguientes dos horas después del hoy occiso.
El rito:
Cuándo ya se tienen solucionados todos los elementos logísticos para llevar a cabo el funeral, alguien, inesperadamente, y sin importar que sea de madrugada, llega con una bolsa de café Legal (el café de funeral por antonomasia), un kilo de azúcar y vasos desechables. Los dolientes, antes de siquiera tomarse un segundo para comenzar a llorar, ya tienen listo y preparado el café y de algún lugar remoto llega una caja de pan para compartir. Y no importa cuánto dolor tengas en el cuerpo y en el alma, no puedes dejar de comer pan y tomar el café hirviendo que sale de una olla, en el mejor de los casos, de barro.
Luego llegan otros rituales que, entre tanto llanto, de pronto parecen ridículos. Por ejemplo, en este funeral que cito, alguien llevó un gran chayote y lo partió a la mitad; se colocó debajo del féretro una cruz de cal y, sobre ella, una cruz de hojas de ruda. O se cuelga una sábana blanca con tres cruces negras de papel. O se coloca la clásica cruz negra de tela afuera del domicilio del difunto —negra si es adulto, blanca si es infante.
La risa:
Me parece increíble, entre desconcertante y entrañable, que en medio del dolor y del llanto quepa la risa. Que la muerte de alguien sea motivo para reunir a la familia y compartir anécdotas del difunto y de los vivos, historias de hace años, y que, de pronto, ahí, mientras un cuerpo yace en medio de una sala familiar, la gente comience a reírse. Supongo que, entre tanto dolor, lo que queda es la risa de los que estamos vivos. Porque un funeral es un espacio donde se mezclan la eclecticidad de lo trágico y lo cómico, las creencias de las personas, y se genera un espacio compartido que evita o amortigua el dolor de la pérdida. Un espacio que retrasa ese quedarse sólo frente a un evento tan absoluto e inefable como es la muerte de un ser querido.