JORGE L. CASTAÑEDA
Uno de los aspectos más originales y, desde mi perspectiva, trascendentales en esta búsqueda permanente de transformar el papel de la educación, es el valor de la comunidad en los procesos formativos del estudiantado. Dentro de los planteamientos vigentes se relaciona que el aprendizaje, la ciudadanía y la construcción de la identidad requieren de una vinculación permanente entre el estudiantado, los directivos, las familias y quienes encabezan las dinámicas de la comunidad. Una visión horizontal en la que el sector educativo y el sector social son colaboradores en la formación y educación de las nuevas generaciones.
En ese sentido, la comunidad no es sólo el telón de fondo para la formación del estudiante, sino un agente activo, proporcionando experiencias, conocimientos, valores, prácticas culturales que ayudan a dar forma al proceso de formación. La NEM entiende que la escuela debe entrar en conversación con la realidad inmediata: el idioma, la historia, las tradiciones, los desafíos sociales e incluso los problemas ambientales o económicos de cada región. La comunidad ya no es «marginal», se convierte, de hecho, en el núcleo de la misión pedagógica.
Sin embargo, el hecho de simplemente decir que la comunidad es importante no es suficiente, se necesita la creación de mecanismos operables para que puedan aportar. La historia educativa mexicana ha demostrado que los Consejos de Participación Social, así como las asociaciones de padres o los comités escolares, a menudo han sido representantes limitados o simbólicos.
El sector educativo requiere que estos sean revitalizados, así como que se diseñen y operen formas de cooperación que contrarresten la visión burocrática. La comunidad debe sentir que su aporte está siendo escuchado y que tiene una influencia tangible sobre cómo opera la escuela, desde el diseño de los proyectos hasta la organización de las actividades culturales y sociales.
La apertura de su escuela a la comunidad también tiene implicaciones para la identidad nacional. El modelo educativo vigente aspira a producir ciudadanos críticos y activos junto con su país, sin embargo, consciente de que lo nacional está compuesto en primer lugar por lo local. Al aprender a apreciar la sabiduría de los miembros de su comunidad, los estudiantes llegan a un sentido de pertenencia en un contexto histórico y cultural más amplio. Así, la comunidad es la primera escuela de ciudadanía, el laboratorio en el que se verifica críticamente los valores de solidaridad, justicia, inclusión y respeto por la diversidad.
Es importante concebir a la comunidad como un referente vivo y permanente activo. Dentro de ella hay tensiones, disparidades y contradicciones que se llevan al aula. Sería ingenuo asumir que la comunidad siempre va a estar de acuerdo en un consenso o una visión singular. Esto pone una demanda adicional en la tarea docente que debe mediar entre voces, equilibrar ideas y no simplemente expresar en la retórica de la educación que todo está bien. La escuela como espacio público debería estar en posición de asumir esa pluralidad sin perder de vista el horizonte ético y democrático delineado por la NEM.
Ahora, la cuestión fundamental es: ¿cómo asegurarse de que esta aspiración comunitaria no se quede en el papel? La respuesta implica varios caminos. La formación docente debe incorporar el trabajo comunitario: habilidades para el diálogo, la mediación cultural, el diseño de proyectos participativos y la gestión social. En segundo lugar, los planes de estudio deben ser lo suficientemente flexibles para adaptarse al contenido local, lo que significa confiar en que los maestros y docentes en formación sabrán retomar como elementos centrales de los procesos de enseñanza y aprendizaje. Finalmente, se requiere el fortalecimiento de políticas públicas integradas para asegurar que las escuelas puedan obtener infraestructura, financiamiento y autonomía para satisfacer sus entornos.
En resumen, la comunidad no es un complemento que se debe quedar el discurso, sino la base estructural. La aspiración es hacer de la escuela un punto de partida para el cambio social, en el que se enuncien sueños, deseos y conocimientos colectivos, al recuperar lo que los alumnos saben de su comunidad y cómo es que la ven. Si eso se logra, la NEM no sólo formará mejores estudiantes, sino mejores ciudadanos que puedan ayudar a construir una nación más justa y democrática. La dificultad es cómo hacer la transición del discurso a la práctica real, de la buena voluntad a las prácticas reales de participación comunitaria. Sólo entonces podremos afirmar que la escuela y la comunidad caminan al mismo ritmo. ¡Hasta la próxima!