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J. MIHAIL KOYOC KÚ
Cuando fue a acostarse esa tarde, no imaginó que una hamaca le iba a costar la vida. Había ido de visita a Cancún. Era domingo, el único de un viaje de cuatro días. Dejó caer su cuerpo como piedra en las aguas tranquilas de los hilos que alternaban, en líneas verticales, cuatro tonos diferentes de azul. Co menzó a mecerse y el balanceo le hizo recordar el viaje. El jueves durmió en casa de su hija, la mayor. Aunque estaba medio sorda, sentía que podía escuchar los ronquidos de su nieto, que dormía en una habitación a varios metros de donde ella estaba. En la oscuridad, la falta de puertas le parecía una cosa muy ruidosa. No durmió casi nada y recuerda que la despertó definitivamente un taxi que no vio el tope que estaba frente a la casa de su hija y los amortiguadores lucharon para resistir el peso del coche y los pasajeros y fue como el ruido de una ola estrellándose contra el rompeolas de Punta Cancún. A la distancia, escuchó la risa de su hermana, que la había recibido el sábado en su casa, donde pudo dormir un poco más. Compartió habitación con su sobrina, que durmió en una cama en el otro lado del cuarto –las separaba el piso blanco de arena del Caribe. Como la habitación estaba al fondo de la casa, el único ruido que llegaba era el del refrigerador en la cocina, cruzando la puerta del cuarto, y poco después de que se acostó, la pleamar la llevó muy lejos de la costa. Sintió que el pecho quería reventarle y se llevó la mano a la cabeza para cubrirse un poco más la cara con el rebozo. Hacía frío. Era muy tarde. Eran las once o las doce de la noche. Raspaban sus chanclas cuando reñían contra la tierra del camino. Cercaban su sombra más sombras y las manchas accidentales de las luces de algunas casas. No debía dejar que la vieran. Giró la cabeza sobre su hombro una vez y luego otra, y cuando miró de nuevo al frente se llevó la mano a la cabeza para volver a acomodarse el rebozo. En su puño izquierdo, apretado dentro de su palma, llevaba un paquete. Bajó la mirada y vio la cara de su hijo menor que también la miraba con los ojos del azul más oscuro del mar, de ese de donde salen voces con hongos. La cabeza abrió la boca y comenzó a ladrar. Una vez. Otra. Escupía chorros de saliva cuando echaba la mandíbula al frente, queriendo arrancarle los ojos a su madre. El ladrido se extendió después de que abrió los ojos, con el cuello tenso como las amarras cuando sube la marea. Quiso gritar, pero se acordó del perro de su hermana. Un huskie que su sobrina decía era una crueldad tenerlo ahí, en Cancún, con ese clima, mamá, esos perros están hechos para el frío. Miró los hilos de la hamaca a su alrededor, con ojos borrosos. Respiró profundo y en lugar de risas, alcanzó a escuchar a su hija que decía voy a ver cómo está mi mamá, y luego escuchó que arrastraba la silla en donde estaba sentada y los pasos que la trajeron de nuevo a la costa. ¿Cómo estás mami? Bieeen, dijo, extendiendo la palabra como las olas que trepan sobre la arena incluso cuando parece que ya lo han dado todo. ¿No te quedaste con hambre? Noooo, Bueno, descansa, te hablo en un rato. Sííííí, dijo, y volvió a mecerse entre los diferentes tonos de azul otra vez. El sábado fueron a conocer el mar. Sí, ya lo vi, dijo ella que odiaba la arena y sus granos que se metían por todas partes, entre las rendijas de la piel y los pequeños espacios entre los dedos de los pies, los pliegues de las piernas y las nalgas, e incluso los más atrevidos, debajo de las uñas. Es otra parte, le dijo su hermana, quien también les acompañó. Vamos, está bonito, y no supo si era un orden o una invitación o una simple afirmación. Así que ahí fueron, y se comieron unos kibis y después de eso se tomaron unas fotos y pronto ya el cielo comenzaba a desvanecerse y el turquesa del caribe cancunense no lo era más. Escuchó un ruido seco y creyó que era un volador, como cuando la fiesta patronal del pueblo. Luego escuchó otro y abrió los ojos porque sintió que los ojos azules de la hamaca se habían derramado, convertidos en el dorado de la laguna Bojórquez cuando baja el sol. Luego sintió calor, ¡¡¡MAMI!!, intentó ponerse en pie cuando vio que su hija intentaba acercarse corriendo a la cochera que, aunque tenía rejas, no tenía paredes, por lo que esas barras metálicas eran la única división entre la hamaca y la calle, ¡¡NO SALGAS!!, escuchó que gritaba su hermana y pudo imaginar cómo le agarraba el brazo a la hija. Intentó ponerse de pie, pero las olas de sangre que salían de su hipil la fueron debilitando como cuando el mar oscurece en invierno. La marea de la hamaca la llevó sobre corrientes que le parecieron desconocidas, y los hilos se movían a su alrededor como un remolino que la succionaba hacia el centro, haciéndola girar sin poder encontrar el final de la ola de diferentes tonos de azul. Fuera, un coche negro y uno naranja pasaron escupiendo balas. Se venían persiguiendo desde varias cuadras atrás, disparándose de un vehículo al otro. Cuando entendió que la marea había vencido, solo le pidió una cosa a su dios: que, por favor, por lo que más quisiera, no tuviera que encontrarse nunca más con la cabeza de su hijo queriendo arrancarle los ojos.