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DORALI ABARCA
La hormiga y la cigarra en un lunes al sol, así es como se refleja esta película sobre el despojo del trabajo fijo y la especulación de las vidas perfectas, en esta fábula que muestra que si trabajas duro tendrás lo que sueñas y vivirás feliz, dejando de lado lo que nos da paz y pasión por vivir. La historia subvierte la moral tradicional del cuento, al evidenciar que en la realidad del capitalismo tardío, ni siquiera la hormiga trabajadora está a salvo del desempleo estructural. El sistema ya no recompensa el esfuerzo, sino que castiga la falta de capital y adaptabilidad a una lógica de mercado que excluye a quien no produce lo suficiente o no encaja en las nuevas formas del trabajo precarizado.
Será acaso que como ese ruso ex astronauta de la URSS discutía con los desempleados españoles que arremetieron contra el sistema que los dejó en la calle, sin trabajo y con deudas estatales por daños al espacio público: “no temer porque el comunismo fuera mentira, sino temer porque el capitalismo era verdad”. Esta afirmación expone una verdad cruda: el miedo ya no reside en las promesas incumplidas del pasado, sino en el cumplimiento brutal del presente. En una economía que reduce a las personas a cifras, la clase trabajadora se vuelve desechable, y la desigualdad de clases se profundiza no solo por la distribución del ingreso, sino por la privatización del futuro y la ilusión de que aún se puede “ascender” si se desea lo suficiente.
¿Será que seguimos creyendo que siendo cigarras, cantando y descansando, no lograremos tener riqueza? ¿O verdaderamente unos nacen hormigas y otros cigarras, marcados desde su origen por un destino de fatiga o disfrute? La pregunta interpela no solo al individuo, sino a la estructura: ¿quién decide el valor de una vida? En Los lunes al sol, la respuesta no es alentadora. El sistema económico excluye, pero también divide, clasifica y domestica; impone una narrativa donde el pobre es culpable de su pobreza, mientras invisibiliza las condiciones históricas y políticas que sostienen esa misma desigualdad. Porque en esta lucha de clases no declarada, hasta la dignidad parece tener precio, y los lunes sin sol son el reflejo de una existencia sin horizonte para quienes el trabajo dejó de ser derecho y pasó a ser condena.
