JULIÁN HUGO GUAJARDO ESPARZA
¿Le ha sucedido?
Deja por un instante el celular a un lado mientras fortuitamente se reproduce un video de mapaches albinos voladores, y de pronto una gran cantidad de reels de blanquísimos y encantadores mapaches aparecen volando en las sugerencias de videos para ver.
Recién cumplió 50 años, y repentinamente los anuncios de Facebook son de casas de retiro, medicinas y pañales para adultos, quiroprácticos y cruceros por el Caribe cuya diversión más extrema es el club de tango.
Mientras viajaba en el transporte público, alguien a su lado mencionó lo mucho que le gustaría tener un auto, y repentinamente un sinnúmero de ofertas de automóviles aparecen de la nada en el feed de sus redes sociales.
“¡Claro!” me dirá usted muy confiado en sus conocimientos en la materia, “Se trata del algoritmo, que siempre sabe qué deseamos y qué nos preocupa” pero, ¿Qué es exactamente el algoritmo, ese ente etéreo y abstracto que guía el camino de nuestra navegación por el mundo virtual de las redes sociales, compañero omnipresente y no solicitado de nuestras búsquedas?
Según una definición estándar, un algoritmo es, en matemáticas, lógica, ciencias de la computación y disciplinas relacionadas, “un conjunto finito y ordenado de instrucciones o reglas precisas y no ambiguas que, aplicadas de manera lógica, permiten resolver un problema, realizar un cálculo, procesar datos o ejecutar diversas tareas”, en nuestro caso, se trata de las instrucciones que los dueños y programadores de las redes sociales les han dado para ofrecernos y vendernos la mayor cantidad de productos —e ideas— posible.
Generalmente no tenemos ni idea de lo valiosos que son los datos personales que tan alegremente ofrecemos al registrarnos en ellas, tales como edad, género, nacionalidad, religión y nuestras preferencias de todo tipo, además de nuestra historia de navegación. Creemos que algo tan banal como decir la clase de libros o música que consumimos, o nuestro estado civil, es poca cosa a comparación de los beneficios comunicacionales que nos ofrecen, y del estatus que podemos lograr hacer creer a los demás que tenemos.
Pero no es poca cosa en absoluto. De hecho, el conjunto de informaciones como esa (conocida como meta data) es lo más valioso para las empresas dentro del mundo digital. El objetivo es vender, cualquier cosa, en grandes cantidades y a cualquier costo económico, social, personal o familiar explotando los traumas infantiles, sueños incumplidos, frustraciones y carencias emocionales de los navegantes desprevenidos.
Creemos tener el control de seguir a quienes consideramos más atinados en su forma de pensar o de actuar, pero no nos damos cuenta de que los hemos conocido porque el algoritmo nos ha emparejado. Desde luego es más probable que veamos la publicidad —y compremos lo que nos ofrece— relacionada con un modo de pensar determinado si siempre visitamos sitios o perfiles afines
Por el contrario, con frecuencia pensamos que tirar odio o hate en ciertos comentarios contrarios a nuestra manera de pensar hará que más gente piense como uno o que menos personas sigan a nuestros odiados. Sin embargo, esas reacciones lo que provocan es aún más circulación de comentarios en pro y en contra, y entonces podríamos pensar si nuestra opinión no es determinante para nada, ¿A quién en realidad beneficia todo ese tráfico de opiniones? La respuesta es a los dueños de las redes sociales. Hagamos lo que hagamos, pensemos como pensemos y opinemos como queramos, las redes sociales monetizan no con opiniones particulares, sino con el volumen total de información que se genera.
Al utilizar las redes sociales somos unos esclavos que no sólo trabajamos gratis para un patrón que nada nos debe, sino que además pagamos por trabajar para ellos. ¿Por qué lo hacemos tan de buena gana? ¿Por qué estar en línea se ha convertido en una necesidad imperiosa y adictiva? La respuesta está en el aire desde hace 58 años, y de ello hablaremos en nuestra próxima participación.