VÍCTOR RO CA
Me gusta pelear, a todos nos gusta pelear. Cuando siento la sangre caliente y la cabeza me da tumbos, escupo tonterías destructivas. Hirientes. Emito sonidos guturales que quisiera cubrir de fuego, como una agrura que se vomita y quema todo lo que toca.
Como no puedo, te lanzo ofensas, palabras malsonantes —improperios, dicen los que saben—, cosas que nunca le diría a mi madre; me da pena que sepa que las conozco todas, que invento otras para que te lleguen derecho, que te quemen, aunque el idioma no esté claro.
Es cierto que en el mismo momento en que las aviento me arrepiento de haberlas dicho. En primera, porque sé que se escuchan feo y parezco una criatura rabiosa; en segunda, porque la saliva que me brota hace que tartamudee y me da más coraje tener que suprimir la risa, cuando estoy odiando en serio.
Sé que no pasa nada, nunca pasa nada; pelear es más inofensivo que besarte en la iglesia. Sé que tengo un alto historial de derrotas, que perdono fácil, que se me olvida todo, que en pleno combate me quedo callado porque mi cerebro no reacciona, y cuando lo hace ya es tarde como para decirte en media cena: «pero a ti te huele la boca».
Esta vez no tengo piedad. Tengo el guion perfecto, lo desmenucé durante días para que ahora salga de mí como quien vomita conejos. Tengo las groserías precisas, las más horrendas, las más asquerosas, las más lacerantes. Sigue contestando; en esta ocasión no me dejarás callado, trabado, mudo.
Querías liberar a la bestia, ¿verdad, beibi? Ven por ella. La tengo lista, blindada, cargada, mortal.
Voy bien, este asalto termina en violencia o separación directa, no hay vuelta de hoja. Que sea lo que tenga que ser, ya vivimos fuera de los juzgados muchos años, estoy listo esta vez. La oleada de ojivas apenas empieza, todavía tengo algunas bellezas dentro de la chistera; te las escupo casi como si cantara, los ángeles del rencor me hacen segunda voz.
Escucho pasos, alguien se acerca. Probablemente es el diablo. Se pone frente a nosotros, detiene el bailable con su despreocupado tonito:
—¿Ya acabaron de pelear?
Pregunta la niña. Me ofende, nos ofende. Aunque sabe bien que estamos en un duelo a muerte, para ella y sus ocho años hay cosas que no pueden esperar. Lo dice sin pena, con gusto, como quien se sabe tentada a hacer una maldad.
—¡Es que se me antojó un frappé! ¿Me llevas? —Sí. Dile a tu hermano que baje y a tu mamá que se suba a la camioneta.
Eres tan desgraciada que, si te lo digo yo, me ignorarás, pero tenemos hambre suficiente como para negarnos a tan convincente propuesta: la prisión nos tendrá que esperar.