JOSÉ MÉNDEZ
I
A la distancia se deforman las rocas, viene la primera serenidad. Hablo reconociendo esa tormenta, hoy la he sujetado por la corona, mañana otra vez más sus huesos, sus frutos. Ya no hay voces ni presencias extrañas, ya no lenguas ajenas, ya no más fantasmas como ventosas sobre la espalda, ya no más hinchar la proa, ya no más el faro inverso.
II
Ya no te reconoces. Tus costillas se marcan ligeramente como ramas encendidas. Tientas tu cabellera y encuentras excesos de luz, desconoces el negro. Tu pecho se esconde, alterna su andar entre el desierto y el silencio, también sabe de presagios, de nostalgias emplumadas. No eres hueso no carne, sí un aliento y un deseo. Te ves al espejo, olvidas un nombre, tu ser canino. Tus mandíbulas ya no cortan el viento, lo suspenden, se hinchan tus sienes, se mueren de vértigo. Tu columna ya no se irgue, es un fragmento caleidoscópico, un zafiro en la saliva. Buscas su cuello, su garganta, su aliento. Mueres de miedo, de amor, de amor de rabia, de corazón mutuo. La presa, está más cerca que tu propia vida.
III
Hoy es tu último entierro. La lanza de la espalda al pulso el pecho la mano enemiga, movimiento retrogrado. Hoy es la última vez el gusano la carroña el tuétano. Hoy la última vez tu corazón al látigo, la miseria, la oración lágrima de los testigos. Hoy la última estación, hojas saliva en la tierra raíz que germina, nace una cruz. Hoy el último maleficio, tu alfiler en la nuca de otro, mala sentencia. Hoy es, escúchate bien.
IV
¡Oh, canten, mártires cual égloga desierta, canten, Olvidados la pérdida y la gloria! ¡Suenen gaitas y tambores el ruido de los mares agostados, la tormenta del príncipe, el secreto ínfimo que decoran las mandíbulas del mesías! ¡Oh, dioses ausentes, inquietos, océanos impasibles que guardan en su arena, bestias meditabundas, canten! ¡Oh, musas insomnes, agitadas, cuervos como oráculos, vengan a esta tierra, entreguen la luz, la última saliva al labio! ¡Canten, Olvidados, la égloga mártir de los caídos bajo el sol naciente, ¡ojo eterno irreparable! ¡Canten, sirenas, sobre estas olas nocturnas y dejen huella, nueva semilla, una espiga, una oración agitada! ¡Gaitas y tambores, canten a los mártires de este asfalto!
V
Hay adentro tierras solitarias, corazones abatidos. Hay en tus silencios torrentes asidos a los bolsillos, quimeras al azar. Heme aquí solo, clavando a la orilla la última barca.
IV
Las voces de mi memoria no son héroes caídos ni fuegos artificiales que desaparecen sonrientes. Allá afuera hay un sinfín de ciudades desiertas, la mía, se puebla tras la ventana.