ALFONSO VALENZUELA
El alfabeto latino, base del español, inglés, francés, entre otros idiomas que lo hacen el más utilizado globalmente, se integra por 27 caracteres. Enumerar su a, b, c, d, e, f y sucesivos me tomó, con reloj en mano, apenas 17 segundos no obstante que traté de puntear cada una de las letras.
Sin embargo, si quisiera leer cerca de los aproximados 130 millones de títulos de libros que se han escrito en la historia del hombre, a 250 palabras por minuto y dedicando las 24 horas del día, por 7 días a la semana, tardaría cerca 49,000 años en su lectura; o bien, si tomara una jornada diaria de 8 horas, me llevaría un total de 148,000 años.
¿Cómo es posible que esos 27 caracteres nos lleven a una combinación infinita de posibilidades? ¿Cuántos libros más se encuentran en el tintero de ávidos escritores que vengan a expresar lo ya antes dicho, pero con diferentes palabras o que con esos mismos y gastados signos se formulen ideas inauditas que ubiquen a la humanidad entera en un nuevo ciclo benefactor, o bien, que su connotación destructiva lleve a la muerte del hombre por el hombre?
Joseph Campbell, en El héroe de las mil caras proclama que: “Todo el sabor del océano está contenido en una gota y todo el misterio de la vida en el huevo de una pulga”. Así, todos los versos y prosas que musicalizan y comunican tienen implícita una naturaleza que subyace incluso a lo dicho: la índole humana.
El escritor puede imprimir en sus grafías la tragicalidad de la vida, una profunda crítica social, su visión de la justicia y la libertad, la filosofía religiosa o espiritual de preferencia o, incluso, entrañar sentimientos de amor, odio, esperanza, desesperanza, bondad, maldad y todas aquellas virtudes y perversiones que le imperan en la profundidad del ser.
Los símbolos llevan entonces una mezcla de los resquicios de la condición del individuo con la inexorable necesidad de perpetuar lo imaginado y razonado en un trozo de materia, ya sea piedra, papel o madera, del que, espera, los otros logren captar el mensaje.
La escritura-lectura se vuelve una compleja simbiosis en la que no es suficiente que haya un operario de la estructura y semántica de un texto que esté dispuesto a abrir su intelectualidad al prójimo, sino que también debe existir un lector que con vehemencia o sosiego se interese en decodificar y comprender lo leído. Uno escribe para decir y el otro lee para saber.
Hoy agradecemos que la voz de Sócrates transcienda a través de la de Platón; que hace apenas algunos lustros aún encontremos fragmentos y notas perdidas venidas de la mano de Da Vinci; que Charles Darwin haya optado por converger de lo contemplativo de la naturaleza a lo accionado de lo escrito; que la melancolía de Kafka lo haya expulsado del anonimato mortuorio; que hoy nosotros podemos estar reunidos y enaltecer su lectura.
Dios bendiga la mano del que escribe. También la voz de los que pronuncian.