Ilustración: Brenda Pérez Ibarra
SONIA IBARRA VALDEZ
Al abrir el libro de Dispersonal, en una edición bilingüe donde se une la voz del autor Sergio Pérez Torres con la traducción de Colin Carberry, se nos convoca a la poesía, ese territorio donde el lenguaje se vuelve experiencia, donde cada palabra se abre como una grieta luminosa en medio de la vida cotidiana, de la rutina.
Dispersonal explora los límites de la identidad, que busca y desborda, que se atreve a cuestionar aquello que damos por sentado. Como bien se señala en el prólogo, retomando un verso del poema “Pleamar”, “una sed antigua que no acaba de saciarse entre nosotros”; esa sed, ese vacío que nos acompaña y atraviesa como especie desde los inicios de la humanidad, se convierte en impulso creador, en la necesidad de nombrar lo innombrable, de decir lo que nos causa dolor y lo que nos sostiene, lo que nos salva.
Una de las principales características que se tienen que resaltar de Dispersonal es su carácter bilingüe, cada poema respira en dos lenguas, y no se presentan sólo como un espejo, más bien se leen como un juego de resonancias. Los versos en inglés adquieren otro ritmo y otro pulso, pero sin perder la intensidad de la voz original. La traducción no aparece como una concesión, se convierte en una apertura, en un diálogo intercultural que multiplica los sentidos y permite que el libro circule más allá de fronteras geográficas y lingüísticas. Tener Dispersonal en dos lenguas es también un recordatorio de que la poesía es esa traducción que va del silencio a la palabra, de la experiencia íntima a la colectiva.
Además, aunque los poemas fueron escritos y publicados en distintos momentos y contextos, al reunirse aquí tejen un hilo conductor que podría resumirse como un viaje existencial y amoroso, atravesado por la conciencia de la fragilidad. Los poemas nos hablan del nacimiento y de la muerte, del cuerpo y de la ciudad, de la herida y del deseo.
También, el yo lírico se despersonaliza para reconocerse en la alteridad. Con el poema “The City”, por ejemplo, el libro se abre a una dimensión universal: la ciudad como metáfora del cuerpo, del tiempo, de la historia; y el amor como patria última, como territorio compartido en el que todos habitamos.
Y ¿Por qué adquirir y leer este libro? entre otras razones, porque en una época saturada de discursos inmediatos, Dispersonal nos devuelve la densidad del lenguaje, cada verso es una experiencia que exige detenernos, escuchar y sentir; porque la poesía de Sergio Pérez Torres dialoga con una tradición muy vasta (a saber, de Jiménez a Paz y de la épica clásica a la lírica moderna) y al mismo tiempo construye un lenguaje propio, contemporáneo, cercano. También porque la edición bilingüe lo convierte en un puente cultural, capaz de conectar a lectoras y lectores de dos distintas lenguas y tradiciones. Y porque un libro así no simplemente se lee, se habita; nos invita a reconocernos en nuestra vulnerabilidad, a aceptar que la identidad es un tejido de voces y para afirmar que la poesía sigue siendo una herramienta para nombrar el mundo y transformarlo.
En suma, adquirir y leer Dispersonal es adentrarse en la literatura que se atreve a interrogarse y a interrogarnos; es darle vida a una obra que más allá de la belleza estética, se arriesga a decir algo necesario sobre el ser humano y su tiempo.
En estos versos, en lo personal, y continuando con la idea inicial, se condensa el espíritu de la obra: “En la oscuridad diminuta de este universo cerrado en sí, / algo emerge de la superficie para devorarnos las pupilas, / una sed antigua que no acaba de saciarse entre nosotros.” Esa sed, esa inquietud, es la que quien lea encontrará en cada página de Dispersonal. Una sed que, lejos de apagarse, se convierte en la chispa de la poesía, de la vida.
Finalmente, cabe decir que Dispersonal es, ante todo, una experiencia de lectura y de escucha, un espacio donde lo íntimo se mezcla con lo colectivo, donde la ciudad se vuelve selva y donde incluso en medio del ruido cotidiano surge la confesión más simple y radical: Te amo. Esa confesión, junto con la sed antigua que atraviesa la obra, es la chispa vital que mantiene encendida a la poesía y a la vida misma.