ARLETT CANCINO
Leer poesía es un reto. Yo me dejo guiar por las sensaciones que las imágenes y el ritmo en comunión le producen a mi piel; cuando ésta se eriza, sé que hay algo en la metáfora que me descubre el mundo, que me descubre a mí. Es hallar la certeza perdida de ser parte, de estar a salvo; la experiencia estética de enlazar nuestras fibras más sensibles con la palabra y la emoción del poeta. ¿Por qué es un reto? Porque poco a poco abandonamos esa capacidad de asombro, esa disposición a dejarse sentir, nos desconectamos del origen y vagamos con una identidad ceñida, ahogada.
Al escribir poesía, el poeta se conecta también, pero su conexión parte de una primigenia capacidad de percepción. Es el hombre de las cavernas que ve por primera vez el mundo, se asusta, se esconde, aúlla; ese aullido es el lenguaje, la palabra el arma que le permite describir su soledad de hombre ignorante que crea las metáforas más genuinas sobre nuestra impermanencia.
Dispersonal, el título de esta antología de poemas, es una palabra que no existe según los que saben, los que catalogan y clasifican; pero existe para el poeta y existe para las sensaciones que me provocó la lectura de los versos de Sergio Pérez Torres. Al final del libro él mismo explica el origen diverso de sus poemas, son retazos que la abuela vida unió con el hilo conductor de la voz del poeta y que ahora están juntos en el libro. Todos me confesaron algo, pero muy particularmente “Edén” y “Géminis”.
Dispersonal: algo que estaba unido y que se separa, se dispersa, se vuelve muchas cosas; la persona que se vuelve muchas más, que no sabe qué es porque está integrada por otras. Siguiendo esta idea, los poemas de Sergio nos hablan de nacimiento, identidad; de aquello que dejamos de ser al nacer:
Yo nadaba dentro de la luna embarazada,
el flujo mensual de la vida se detuvo.
Fui como las ánimas sin sexo,
no había letras X ni Y, tampoco rayos
ni tuve palabras para Eterno e Infinito:
los lunares apenas formaban un octágono.
Yo surgí antes de mi ciclo en una herida:
la serpiente alimentaba mis entrañas,
me asfixiaba suavemente por el cuello:
el dolor del brote por salirse de la tierra.
No pude volver a ser yo mismo,
un ángel gigante en bata blanca
me arrastró hacia afuera tomando de mi pierna.
Esto fue expulsión del Paraíso,
éste me apartó de mi otro cuerpo
(ya no soy dos rostros, cuatro manos,
ahora tengo un solo corazón).
Seguía boca abajo cuando el corte,
la desconexión de los cordones,
entonces fue el golpazo.
Esta es mi primera verdad fuera del mar:
Olas traen de vuelta alas a los ojos,
marea perderse lágrimas.
Ése es el sonido del azul,
agua contenida en la sangre por la sal,
el aire me oxida,
algo está quemado dentro de mi pecho.
Extraños me envuelven,
mi segunda piel debe estar muerta.
Todo alrededor son los barrotes,
¿esto es el Mundo?
Arriba de mí ruedan astros de plástico,
su sonido eléctrico altera mi armonía.
La luz es mentira.
“Edén” para mí es nacimiento, identidad. Sergio lo describe como dejar de ser lo infinito, lo completo, para ser alguien particular, pero fragmentado y escindido. Aquí una intuición compartida, nadie sabe lo que dejamos al nacer, ni lo que recuperamos al morir. El nacimiento como la muerte, la pérdida de la totalidad y la luz del nacer como la mentira del ser. La nada que fuimos.
Me hace pensar en la paradoja primigenia: “La nada es el todo” ser algo o alguien implica individualizarse, ponerse límites, definir una personalidad, una identidad, un yo, y eso marca nuestra separación del todo, de la infinitud, de lo eterno. Como seres humanos, a lo largo de nuestra anodina existencia buscamos ser “alguien”, pero nuestra pulsión de vida también nos impulsa a recuperar nuestra unión con el paraíso como el todo, lo eterno, lo infinito: el Edén; porque sabemos que ahí hay descanso, remanso, silencio, ¿oscuridad? ¿Qué pasaría si reconsideramos ser nada? Ser nada implica no tener márgenes, fronteras, implica ser todo o estar conectados con el infinito nuevamente en esa vida verdadera. Y si me pongo sartreana, Dispersonal habla del abandono de una esencia fija, de un significado inherente a nuestra existencia; la nada que constituye la totalidad de la experiencia humana, porque es una libertad absoluta.
Luego viene “Géminis” y entonces el amor es reencuentro con lo perdido al nacer, con el Edén, con la completitud: la muerte.
Tu nombre idéntico a mi nombre,
tu suerte rimando con mi muerte.
Entonces me quemaba con las llamas:
Tú me llamabas como tú,
parecías duplicarte si me pronunciaba,
primera base donde ya no fui uno.
Sergio habla del encuentro con lo otro, con el otro, que nos complementa. El amor surge aquí con carga filosófica potente, como una recuperación de lo que somos allá antes del nacimiento y después de la muerte; que al amar la dispersión que padecemos implosiona en momentos de completitud extrema en la que el ser amado es uno con nosotros.
En las madrugadas de verano cuando miro la dioscuridad,
distingo tu figura incorpórea incorporándose al cielo conmigo,
y creo que las almas viven luego de la muerte,
que nunca existirá un descanso eterno para nosotros,
pero entonces te disuelves del sueño en el espacio,
despiertas sediento en tu casa queriendo un vaso,
y pienso que un día el universo se comprimirá entero,
entonces todos volveremos a ser el mismo todo,
y las estrellas, nuestros nombres, ciudades y sueños serán uno.
“Edén” y “Géminis” son dos polos de la experiencia humana que en Dispersonal dialogan entre sí para dibujar la cúpula de nuestra existencia: el nacimiento como ruptura con la totalidad y el amor como un intento de regreso a ella. Sergio nos sumerge en el trauma primigenio del nacer, un acto violento de separación, que luego se transfigura en la obligación de definirse como persona y el costo de esa individualización es la pérdida del paraíso. La nada que fuimos en el Edén es el todo, y al nacer nos convertimos en un fragmento que anhela, casi siempre sin saberlo, volver a esa completitud.
Pero Sergio también nos lleva al amor como un reencuentro con lo perdido, canto a la fusión con el otro donde los nombres se confunden, las identidades se disuelven y el yo deja de ser uno para ser múltiple. Así el amor trasciende lo físico y se convierte en un acto de unión con el universo, presagio de su disolución final cuando éste se comprime entero para que todos volvamos a ser lo mismo.
¿Si el nacimiento nos expulsó del paraíso, el amor, y tal vez la muerte, nos promete un regreso?
Estos dos poemas encapsulan una danza entre la unidad y la fragmentación. Nos descubren que somos más que un yo definido, somos retazos, ecos, reflejos de otros, del universo, de lo eterno. Para mí, leer Dispersonal es un acto de reconexión, nos recuerda que no estamos solos en nuestra impermanencia. Sus poemas son gritos primigenios, intentos de nombrar lo inefable, de tender un puente entre la nada que fuimos y el todo que anhelamos ser. Al cerrar el libro, queda la sensación de haber sido tocados por algo más grande, de haber rozado, aunque sea por un instante, el Edén perdido y la promesa de un universo donde todo, al final, es nada.