FROYLÁN ALFARO
Hay una frase, querido lector, que resume el espíritu de La raza cósmica de José Vasconcelos: “El espíritu, y no la fuerza, es lo que crea las civilizaciones”. En un México que apenas se reponía de la Revolución, Vasconcelos soñó con una nueva humanidad, fruto del mestizaje, que superara los nacionalismos, las guerras raciales y la fragmentación espiritual. Su visión, poética y polémica, buscaba reconciliar al mundo moderno con su raíz espiritual perdida. Pero lo interesante de su propuesta no fue sólo el ideal político o cultural, sino la dimensión filosófica que insinuaba. Es decir, la idea de que la humanidad está llamada a una síntesis superior, no biológica, sino espiritual. Y para comprender esa aspiración, es necesario ponerla en diálogo con otra tradición más antigua: la filosofía náhuatl.
Cuando Vasconcelos publica La raza cósmica en 1925, lo hace en medio de una tensión histórica. Por un lado, el México moderno intentaba construir una identidad nacional que integrara a los pueblos indígenas; por otro, Europa vivía las consecuencias de su propio orgullo racial y tecnológico tras la Primera Guerra Mundial. Vasconcelos veía en América Latina, y especialmente en México, la posibilidad de una nueva etapa de la historia universal, el nacimiento de una “quinta raza”, donde todas las razas del mundo se fundirían en una síntesis armónica. No se trataba, decía, de una mezcla vulgar de sangres, sino de una “fusión estética del espíritu”.
En esta idea, por supuesto, hay ecos del idealismo alemán y del pensamiento cristiano. Vasconcelos concebía la historia como una pedagogía del espíritu, donde la humanidad avanza a través de etapas, biológica, intelectual, estética, espiritual, hasta alcanzar una conciencia cósmica. Pero también hay algo más en su intuición y es la noción de que el mestizaje no es un accidente, sino una misión histórica. América sería, entonces, el laboratorio donde el hombre se reconcilia consigo mismo.
Sin embargo, este ideal vasconceliano se nutre de una mirada que, aunque romántica, tiende a ver las culturas indígenas como materia prima de una síntesis universal, más que como filosofías con voz propia. Aquí es donde la filosofía náhuatl puede ofrecer una contraparte interesante. Los sabios nahuas, los tlamatinime, también pensaron la unidad del mundo, pero desde una experiencia muy distinta, la de un cosmos vivo, en el que todo ser participa del teotl, la energía sagrada que es, a la vez, movimiento y ser.
El teotl no es un dios en el sentido cristiano, sino el principio dinámico de toda realidad. Todo nace, muere y se transforma dentro de él. Por eso, la filosofía náhuatl no concibe el universo como una creación separada de su creador, sino como una danza incesante de contrarios: luz y oscuridad, vida y muerte, orden y caos. El ser humano no está llamado a dominar esa danza, sino a encontrar su lugar en ella, a equilibrarse con el movimiento del cosmos. En este sentido, su pensamiento es profundamente relacional y ético, aquí el sabio no es quien acumula conocimiento, sino quien “florece” en armonía con el teotl.
Comparada con la filosofía náhuatl, la de Vasconcelos es más moderna, en el sentido de que hereda la idea de progreso espiritual, del ascenso hacia una conciencia superior. Los nahuas, en cambio, no hablan de ascenso, sino de equilibrio. Pero ambos comparten la convicción de que el sentido de la humanidad no se agota en la razón instrumental ni en la conquista material del mundo. Tanto Vasconcelos como los tlamatinime creen que el destino del humano es estético y espiritual. Para el primero, el arte y el amor son los medios por los cuales la humanidad se eleva hacia la raza cósmica; para los segundos, la poesía, el in xóchitl, in cuícatl, “la flor y el canto”, es el modo en que el hombre participa del misterio del cosmos.
Podríamos decir que el mestizaje que soñó Vasconcelos ya había ocurrido mucho antes, pero en el plano del pensamiento. Los antiguos nahuas, como luego haría él, intentaron pensar una totalidad en la que los contrarios no se anulan, sino que se fecundan. Su visión del mundo, más que una metafísica de la identidad, era una ontología del movimiento. Y es precisamente ese movimiento el que Vasconcelos quiso retomar, aunque sin saberlo del todo, al imaginar una humanidad que se unifica en la diversidad.
Sin embargo, también hay que leer La raza cósmica críticamente. Su lenguaje, cargado de misticismo, puede parecer ingenuo o incluso problemático. La idea de una “raza superior”, aunque espiritual, puede sonar peligrosa después de un siglo marcado por los totalitarismos. Pero si se extrae de ella el núcleo filosófico, lo que queda es la idea de que la humanidad no está condenada a la división, sino llamada a la comunión. Y esa comunión no será impuesta por la fuerza ni por la economía, sino por una revolución del espíritu.
Tal vez, si Vasconcelos hubiese escuchado con más atención la voz de los tlamatinime, habría encontrado en su pensamiento una forma más orgánica de esa unidad cósmica que tanto anhelaba. La sabiduría náhuatl enseña que el universo no necesita ser unificado desde fuera, porque ya es uno, para ellos, todo es teotl en transformación. En cambio, la propuesta vasconceliana sigue siendo la promesa de que la humanidad llegará a ser una sola. Desde la sabiduría náhuatl se ve el cosmos como una totalidad viviente, desde Vasconcelos se ve como una tarea histórica.
Sin embargo, comparten el mismo sueño de la reconciliación. Vasconcelos lo expresó en términos de amor y arte; los nahuas, en términos de flor y canto. En ambos, querido lector, late la intuición de que sólo la belleza puede salvar al mundo, porque sólo ella nos muestra que, pese a nuestras diferencias, seguimos siendo parte de un mismo movimiento cósmico, que todos los pueblos, todas las razas y todas las formas de pensamiento son modos distintos de una misma búsqueda, la de florecer con el universo.