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Fotografías: Cortesía
VIVIANA FEMAT
Al comienzo, siendo honesta, para mí, escribir se sentía más como una tarea que como algo que pudiera ser con otro fin, como un pasatiempo o algo diferente, esta idea se transformó en algo distinto con el taller, todo esto fue gracias al apoyo de las compañeras, de los profesores, ellos permitieron que escribir se convirtiera en una manera de aprender a escuchar a los demás y hacerse escuchar, de eso trata mi cuento, de la necesidad que tienen todas las personas de ser escuchadas.
Al trabajar este cuento me enfrenté a lo más complicado, entender qué era lo que quería decir, explicar, narrar, dar a conocer; luego, encontré la manera de decirlo, palabras precisas que expresaran mis ideas, el mensaje que quería dar. Esto se volvió muchísimo más sencillo gracias al taller, ahí el proceso de escritura se volvió bastante interesante y colaborativo, no sólo hablábamos, nos dábamos consejos, recomendaciones, también más cosas técnicas y emocionales para la escritura de los relatos. Cuando leía los cuentos de mis compañeras, era como si viera una ventana hacia sus perspectivas, esto me permitió expandir mi forma de pensar porque, al final, me di cuenta de cómo las demás personas interactúan con su alrededor; esto se nota en la antología porque la mayoría de los cuentos tocan temas similares, a pesar de que no fuera intencional, relatan cómo nosotras estábamos pasando en esos momentos que los escribimos.
El taller se volvió un espacio de confianza donde podíamos demostrar y dar nuestras ideas a conocer sin sentirnos criticadas o juzgadas, aprendimos también mucho, sobre todo a que no siempre necesitamos saber qué escribir desde el principio. A veces hay que escuchar a los demás para darse una idea de qué es lo que queremos decir, el taller no sólo me enseñó a escribir mejor, también me recordó que es importante crear este tipo de espacios que permitieran a las voces, como las de mis compañeras, los profesores y la mía, que se escuchen, den mensajes y, sobre todo, compartir sentimientos e ideas.
ASHLEY GURROLA
Todo esto fue algo muy especial, desde el momento en que empezamos con el taller de escritura sentí que formaba parte de algo grandioso, cuando llegué y empecé a leer todo lo que el resto de mis compañeras escribían me sentí muy especial y muy honrada de que mis profesores confiaran en mi talento, estaba con personas muy talentosas y con muchísima más experiencia que yo, entonces pasé de sentirme muy pequeña a sentirme merecedora de estar con ellas. Cuando empezábamos yo era muy inexperta y me sentía muy insegura con lo que escribía, sobre todo, porque leyendo lo que ellas hacían, sentía que no podía llegar a su nivel pero cuando ellas leyeron mi cuento y me dieron sus comentarios, en ese momento empezó mi evolución, obtuve la confianza suficiente para mostrar lo que escribía a más personas y recibir sus comentarios.
Esto me ayudó tanto en la parte técnica como en la parte personal, ya tenía más seguridad, ya no sentía tanto ese miedo de qué es lo que van a decir de lo que escribí o pensar que lo que escribía era mediocre, era buena como para estar con ellas, recibir sus críticas fue algo maravilloso y todo el proceso de llevarlo a un libro físico también fue muy emocionante, a pesar de que fue tardado, me emocionaba mucho ver cómo todo iba avanzando hasta que llegó el libro en físico, eso me hizo pensar que realmente hicimos algo y no sólo se quedó en una idea o en un sueño.
Nunca llegué a imaginarme qué tan lejos podíamos llegar, tener un libro en papel me hace sentir que todo el proceso valió la pena, me faltan palabras para expresar lo feliz y lo honrada que me siento de haber hecho algo y, sobre todo, con mis compañeras, que son escritoras increíbles y a las cuales admiro muchísimo, pero sí, me siento muy feliz y siento que no hay nada igual, no puedo expresarlo, me siento muy feliz.
MARIANA TORRES
Cuando esto empezó yo estaba en segundo semestre de medicina, entonces lo vi como un escape, como una forma de recordar viejos tiempos, porque mi época más prolífica de escritura fue en secundaria y parte de la preparatoria. Entonces, regresar a eso fue como de “sí, por favor, alguien sáqueme de este lío”, por eso cuando Gibrán me invitó al proyecto dije “pues va, yo sí quiero”.
En la primera sesión supe más o menos quién estaba y dije: “ah, sí”, estuvimos en la misma escuela, compartimos pasillos, salones, ideas; además, sabía que las personas que estaban ahí no estaban por casualidad porque, si bien de algunas no había leído textos, era consciente del talento que tenían y dije: “esto va a estar chido, va a estar muy padre”. En esa primera sesión, cuando cada quien estaba dando sus ideas de qué planeaba hacer yo decía: “es sorprendente lo que tenemos en la mente como generación y siento que el libro es un gran reflejo de nosotros como generación y especialmente de niñas de esta generación, son temas un poquito no comunes, un poquito controversiales, me atrevía a decir que están en nuestra psique y entonces pensé, muy bien, padrísimo”.
Respecto a mi escrito, no se llamaba “La rutina”, se llamaba de otra forma, tuvimos que cambiar el nombre porque regalaba la historia. Ese cuento lo empecé a escribir la primera semana en medicina y ya lo dejé ahí, entonces en el taller aproveché para retomarlo. Ese cuento en particular viene de mi mindset, por así decirlo, de la prepa, en esa época me gustaba mucho leer de crimen y anatomía; aparte, en ese año estaba cursando clases de Anatomía, cuestiones básicas, de ahí me agarré y no me solté.
Otra cosa es que la portada es de mi autoría, Gibrán fue quien me dijo “¿te avientas?” y le dije que sí. Igual que con la escritura, esa portada me enseñó muchísimas cosas que en ese momento no dominaba, pero te las tienes que arreglar. Tienes que buscar la forma, los recursos, tutoriales de ver cómo se hace esto y cómo se hace aquello y me recordó, de cierta forma, cuando apenas estaba empezando a escribir en segundo de secundaria, con un diario que nos dejaron hacer, es buscar, acomodarle y batallarle, al final estoy orgullosa de lo que salió, tanto el cuento como la portada porque son una muestra de lo que aprendí durante este proceso.
Respecto a la escritura en sí, ya había pasado como esa etapa prolífica de secundaria, escribía muchísimo pero estaba entrando como a otra etapa, fue como mi forma de reclamarme, sin querer olvidar de dónde vine, revisé varias cosas que me habían enseñado años atrás y también me acerqué con las niñas que no tenían tanta experiencia, fue como decirles: “ah, mira, es esto, es aquello”, para mí fue un momento de transición. En cuanto a la publicación, creo que es uno de mis mayores logros, hasta ahora, en la vida, siento que una cosa es, por ejemplo, publicar en el periódico, enseñárselo a tus amigos o dejarlo en un lugar más chiquito, siento que una vez que publicas, aunque sea una pequeña parte, en un libro es dejar tu huella en el mundo, por más chiquita que sea, pero ahí está y nadie te lo puede quitar, se siente muy bien. Yo no pude estar en la presentación del libro pero qué cosa tan genial convivir con personas que a lo mejor no conoces y que estén interesados en algo que tú hiciste. Siento que ese es el mayor de los halagos.
Siguiendo con esa vena de publicación, actualmente estoy en octavo semestre de la licenciatura, estoy de salida y veo este proyecto como una forma de no olvidar esa parte tan fundamental mía que es la escritura, una forma de expresar lo que siento y no dejarlo como que algo olvidado, ahí reprimido, en un futuro cercano espero publicar una colección de cuentos que he acumulado a lo largo de los últimos ocho, nueve años, espero que pronto vean la luz, igual que el publicado en este libro que hicimos las siete chicas, junto con Gibrán y Alejandra.
