ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Le temo a los perros, ellos olfatean el miedo que exudo y disfrutan con mi sufrimiento, es como si fuera el chivo expiatorio de su desgracia contra-evolutiva, algunos se me han lanzado con la dentadura dispuesta, como aquella perrita que, asustada por mi intromisión al callejón en donde moraba con sus cachorros, se abalanzó furiosa contra mi chamorro, dejándome el pantalón al estilo de Hulk en la post transformación (en hilachos, pues) y la pierna sancochada en mi propia sangre. El miedo no es “porque sí”, sino que responde a la traumática experiencia de haber sido casi devorado por un rottweiler azuzado por dos risueños y malintencionados cholos, aquella tarde poco faltó para orinarme en el pantalón a causa del feroz asedio de la bestia parda, me dejó marcado de por vida y con un temor insuperable, a pesar de convivir con perritos de ternura extrema o incluso de hilarante potencia de ataque: si veo que un chihuahua ocupa una banqueta me cambio de acera o regreso mis pasos. Pero el temor no es superior a la admiración, incluso a la compasión, pues de entre todas las vilezas del ser humano una de las peores es jugar con las existencias de esos seres a los que despojamos de su “animalidad” y convertimos en objetos.
Una pintura rupestre en Argelia, en el desierto del Sahara entre el 6,000-1,500 antes de nuestra era, es considerada la primera representación del perro doméstico: un cazador es apoyado en la captura por sus perros, vemos que desde entonces “el perro” será tema recurrente en el arte: mosaicos bizantinos, anuncios pompeyanos, Argos el que espera a Ulises, el mastín español con el que juega Nicolasito en Las Meninas, los perros cósmicos de Franz Marc, el perro y la luna de Tamayo, el can amarillo de Gauguin, el prehispánico de la Kalho, el terrier de los Arnolfini, el de globo metálico de Koons, los atropellados de Margolles, los callejeros de Marta Pacheco, los de terracota de Tlaquepaque de Víctor Hugo Pérez, la lista es extensa y extenuante; en algunas obras el perro es protagonista y en otras es símbolo: de fidelidad, de amistad, de valentía, de fidelidad, de paciencia, de garbo, de sabiduría.
El perro en esta obra de Raúl Luna Martínez se encuentra al centro y abajo en una composición rectangular en la que adquiere un protagonismo especial por su forma curvada, sus colores intensos: rojo, amarillo y blanco y el fuerte contraste con los tonos azules, verdes y magentas del fondo, parece que se trata de un animal que habita en las calles, su mirada triste, la cabeza posada en la pata y las orejas gachas transmiten melancolía, apacibilidad y tristeza, probablemente no ha probado bocado en todo el día o un necio furibundo lo ha despachado a palos del porche o es que el perro triste soy yo por las tardes, cansado y con sueño y al verlo a él me reconozco y me aligero, como si compartiéramos la carga de estar en el mundo ruin. Ésta es una pintura en pequeño formato realizada con óleo sobre tela, la pintura es pastosa, la textura y brillantez de la materia sugieren una aplicación pausada, sin prisa, el motivo: un perro que no es amigo de nadie, mucho menos del hombre que lo ha traído hasta esta inútil acera, piensa quizá en que debió de ser un gran lobo y no el triste, flaco perro amarillo de las urbes mexicanas.

Autor: Raúl Luna Martínez
Técnica: Óleo sobre tela
Medidas: 30×30 cm
FB: Raúl Luna Martínez