ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
¿Sabes, ¡Ícaro no murió!? Cayó en picada, sí, pero sobrevivió con las alas hecha jirones. Chamuscado. Imagínalo, créeme, bajando del cielo, no solo con las alas derretidas y las plumas pegadas a su piel, sino con el orgullo tiznado y arrugado. ¿Sería aún el héroe o, más bien un aprendiz de pícaro?
Yo lo vi cojeando por las calles, ahí, causando que los gatos se escondieran y los perros lo miraran con cierta ingenuidad. Tal vez ellos se preguntaban qué hacía el hijo Dédalo, quien de vez en cuando los alimentaba con pedazos de carne y hueso. Tal vez los gatos, menos benignos, se escondían porque Ícaro era un completo idiota. Un engreído, un presuntuoso, un chamuscado.
Sin embargo, claro, los gatos debían entender que Ícaro no era más que el invento casero de Dédalo. Un artesano que confundió la crianza con la carpintería. Y ahora trataba de convencer a algún ingenuo de que compre una pluma suelta como “la reliquia auténtica del primer vuelo humano”. Y claro, si no cree, siempre queda la opción de culpar a Dédalo: “Mi padre nunca explicó bien lo de la altura, ¿usted comprenderá?”. Dígame, ¿no es más creíble verlo así? ¿No le parece que ese Ícaro chamuscado se parece más a nosotros que al intocable semidiós de los mitos?
Yo, francamente, confío más en los gatos: a su manera saben que Ícaro y su padre patinan más de lo que vuelan. Los perros, en cambio, ven juguetes brillantes en las plumas y unos amos generosos, que siempre guardan un huesito extra, en los dos.
Y si seguimos por esa ruta, veremos que no está solo. El Lazarillo nunca voló, pero también supo engañar al hambre y burlar a los ciegos. Simplicius aprendió que en la guerra no se sobrevive con honor, sino con astucia. Y Oskar Matzerath decidió no crecer, pero eso sí, redobló su tambor como si fuera su propio par de alas. A todos ellos los une lo mismo, un vuelo menor, que no es el ascenso glorioso al Olimpo y tampoco una deliciosa zambullida en el mar. Es un vuelo torcido, rasante, lleno de manías, humor y resistencia. Y ahí está la clave, old sport: la risa como forma de elevarse, aunque sea apenas unos centímetros sobre el desastre.
Te insisto, otra vez: ¿sabes, ¡Ícaro no murió!? Más bien surgió y se volvió más ingenioso, menos “su padre”, que entendía más de carpintería y menos de muchachos intrépidos. ¿Y si el mito no es advertencia solemne, sino comedia ligera? Tal vez, en el fondo, volar nunca se trató de llegar alto, sino de aprender a reírse mientras uno cae. ¡Vaya oscuridad!
Lo que distingue a Ícaro chamuscado no es solo la caída, sino la manera en que enfrenta las consecuencias. Camina y observa el mundo con ojos que saben que todo puede ser una trampa y una oportunidad, de ahí que las plumas caídas comenzó a venderlas, mientras lo perros las miraban hipnotizados. Cada paso es un acto de equilibrio entre la soberbia (ahora entiendo el porqué de su definición como pecado) y la supervivencia, y tú, lector o lectora, puede imaginarlo tanteando cada esquina, midiendo a cada transeúnte, al igual que sus palabras, como quien decide si prestar la mano o recoger una sonrisa.
Ahora, piensa en el Lazarillo. ¡Cuántas veces cayó y palizas recibió! Pero al ras del suelo, entre ciegos y amos crueles, pudo ver al mundo desde otra perspectiva, desde abajo hacia arriba, y lo tomó para elevarse triunfante. Seguir de frente, continuar, y ver a los ojos a la misma humanidad. ¿No ves la similitud? Ícaro aprende de su caída, Lazarillo aprende a sobrevivir en ella. Ambos se ríen de las reglas, ¿no sientes familiar ese ingenio, aunque sea algo? Tal vez en la oficina, la escuela, los pasillos donde nos movemos con cautela, evitando que nos caiga un sol demasiado cercano.
Y aquí aparece Simplicius, no como los meseros, perdido entre guerras que no entiende y soldados que no respetan la inocencia. Cada tropiezo, un maestro; cada caída, una lección. Pero, a diferencia de Ícaro, no busca el sol, su vuelo es improvisado, hecho de astucia y de silencios, aunque de vez en cuando se pierde entre las piernas de alguna mujer. ¿Ya notas la diferencia? Ícaro cayó por exceso de ambición, Simplicius por azar cruel y, a veces, por su libido. Y aún ambos descubren que la sobrevivencia es ya una forma de vuelo.
Y no olvidemos a Oskar Matzerath, que decide no crecer y transforma su tambor en alas propias. Mientras Ícaro ajusta sus plumas chamuscadas, Oskar golpea el suelo y hace que la vida resuene a su manera. Tal vez, lector, pueda imaginar que el tambor late bajo sus propios pies, recordándole que el vuelo también puede ser rítmico, irreverente, incluso disonante.
Así, nuestro Ícaro chamuscado deja de ser mito solemne para convertirse en guía inesperado. No enseña a tocar el sol; enseña a levantarse, a improvisar, a reír de uno mismo y, sobre todo, a seguir moviéndose, aunque las alas estén rotas. ¿Se anima a volar con él, aunque sea un vuelo torcido, con escalas en el ingenio y la picardía?