FROYLÁN ALFARO
Imaginemos, querido lector, la siguiente escena. Caminas por la calle rumbo a la universidad, el sol está en lo alto, brilla con fuerza y te obliga a entrecerrar los ojos. Ves a lo lejos a un amigo que levanta la mano y sonríe. Todo ocurre en apenas unos segundos: la luz del sol, la sensación del calor en la piel, el reconocimiento inmediato del rostro de alguien cercano. Si lo piensas bien, en ese instante no estabas haciendo “teoría del conocimiento”, ni elaborando un sistema filosófico, simplemente estabas viviendo la experiencia.
Pues bien, la fenomenología es, en gran medida, el intento de volver a ese punto de partida que es la experiencia vivida, tal y como se nos da. Su fundador, Edmund Husserl, lo resumía con una frase diciendo que hay que ir ¡a las cosas mismas! Lo que quería decir con eso es que antes de perdernos en especulaciones, prejuicios o teorías, debíamos volver a mirar cómo se nos presenta el mundo en la conciencia.
Husserl sostenía que solemos dar por sentado demasiado. Caminamos por la calle y vemos un árbol, y enseguida decimos “eso es un árbol”. Pero rara vez nos detenemos a preguntarnos ¿cómo aparece ese árbol ante mí? ¿Cómo es que lo reconozco como árbol y no como una mancha verde indefinida? La fenomenología es un poco así, como examinar el proceso de la experiencia en su inmediatez. Es como si quitáramos capas de interpretación hasta llegar al “núcleo” de lo vivido.
Ahora bien, esto no significa que la fenomenología sea una especie de ejercicio de contemplación pasiva. Al contrario, es un método riguroso, aunque con un aire poético. Pensemos, por ejemplo, en el acto de escuchar música. Cuando ponemos nuestros audífonos y dejamos sonar una canción, lo que llega a nuestros oídos son vibraciones, ondas sonoras. Sin embargo, no percibimos vibraciones abstractas, escuchamos un violín, un piano, una voz. Y más aún, sentimos nostalgia, alegría, tristeza. La fenomenología se interesa justamente por este “cómo” de la experiencia, es decir, cómo lo que aparece ante nosotros se organiza en significados.
El discípulo más famoso de Husserl, Martin Heidegger, llevó la fenomenología por un camino distinto. Para él, no se trataba sólo de describir las vivencias de la conciencia, sino de comprender la forma en que estamos arrojados en el mundo. Introdujo un término que parece complicado, pero que en realidad todos entendemos, ser-en-el-mundo. Es decir, no somos sujetos aislados que observan pasivamente los objetos, sino seres que habitan, trabajan, se angustian, aman y mueren en un mundo compartido. Cuando en una tarde de lluvia corres para no mojarte, cuando sientes ansiedad antes de un examen o cuando disfrutas de una charla con amigos, allí está, según Heidegger, la verdad más profunda de lo humano, no en conceptos abstractos, sino en la existencia concreta.
Más adelante, Jean-Paul Sartre retomó esta idea y le dio un giro existencial. En su novela La náusea, describe cómo el protagonista, de repente, se ve abrumado por la pura presencia de las cosas: un árbol, una piedra, una mesa. Es como si el mundo se despojara de familiaridad y se mostrara en su forma más cruda. Sartre utiliza esta experiencia para reflexionar sobre la libertad y el absurdo de la existencia. Si nada tiene un sentido dado de antemano, entonces somos nosotros quienes debemos inventarlo. La fenomenología, en este caso, se convierte en el punto de partida para pensar la responsabilidad de vivir.
Pero no todo queda en lo sombrío o angustiante. También hubo fenomenólogos como Maurice Merleau-Ponty, que pusieron el acento en el cuerpo. Para él, no experimentamos el mundo como mentes flotantes, sino como cuerpos que tocan, caminan, respiran. El hecho de que puedas leer estas líneas ahora mismo no es un acto “mental puro”, tu cuerpo está sentado, tus ojos recorren las letras, tus dedos quizás sostienen un bolígrafo para tomar notas. El cuerpo no es un simple accesorio de la mente, es la manera primaria de estar en el mundo.
Quizá todo esto suene muy abstracto todavía. Pero pensemos en un ejemplo sencillo: tomar una taza de café. Cuando llevas la taza a tus labios, hay una serie de capas de experiencia. Está el calor que sientes en las manos, el aroma que anticipa el sabor, el gusto mismo del café que puede ser amargo o dulce. Sin embargo, todo eso no ocurre de manera aislada, está teñido de contexto. No es lo mismo ese café que bebes solo, cuando estudias de madrugada, que el café compartido con amigos. La fenomenología nos invita a describir y a pensar esas experiencias en su riqueza, antes de reducirlas a simples datos objetivos.
Uno podría con justa razón preguntar ¿y para qué sirve todo esto? La respuesta es sencilla, no sirve para nada. No sirve en el sentido de que no busca inventar una máquina ni resolver una ecuación, pero sirve en el sentido de que nos recuerda cómo vivimos, cómo sentimos. Es como una invitación a la pausa, ahora que consumimos experiencias sin detenernos a pensarlas.
Husserl decía que la fenomenología aspiraba a ser una “ciencia rigurosa”. Heidegger la convirtió en una meditación sobre el ser. Sartre la usó como base para pensar la libertad, y Merleau-Ponty, para redescubrir el cuerpo. Distintos caminos, un mismo gesto: volver a mirar lo que damos por sentado.
Entonces, querido lector, la próxima vez que tomes un café, escuches una canción o te cruces con un amigo en la calle, quizá valga la pena recordar la pregunta fenomenológica ¿cómo se me da esta experiencia? No para volvernos filósofos de bata blanca, sino para recuperar lo bello de lo cotidiano. Porque, al final, la fenomenología no es tanto una teoría abstracta, sino un arte de mirar con nuevos ojos lo que siempre estuvo ahí.