CARLOS FLORES
Cuando veo el trabajo de Manuel Denna no puedo evitar pensar en tres cosas: la primera El Incal, la obra gráfica de Jodorowsky y Moebius, puesto que la primera vez que vi los trazos de Moebius inmediatamente pensé en el trabajo de Denna. No porque el dibujo sea similar, sino por el mundo onírico al que los dos me remiten. Un mundo de ciencia ficción fantástico con ideas frescas y surrealistas. Por tal motivo no puedo evitar fusilarme las ilustraciones de Manuel cuando las publica en el face, pues considero que no son para verlas una sola vez, sino para contemplarlas una y otra, y encontrar en ellas detalles, historias que no han sido contadas, mundos que no han sido visitados y que, sin embargo, resultan tan familiares
La segunda cosa que me recuerda a Denna, y que aún no tengo idea de por qué, es la película de Dunas de 1984 dirigida por David Lynch, que al parecer está relacionada de alguna manera con el Incal, cosa que no supe hasta hace muy poco tiempo, pues esos trajes esponjosos, como el cuerpo del mono de las llantas Michelin, me hace recordar los trajes fantásticos en su obra pictórica.
La tercera cosa es la música de los 70, en especial el rock progresivo, por un lado, por los trajes surrealistas que luego se ponía Peter Gabriel para llamar la atención de los fans, quienes no paraban de gritar cual concierto de The Beatles o de Justin Bieber. La primera vez que apareció Gabriel con una máscara de caballo, hizo que los asistentes al concierto dejarán de gritar y se concentraran más en lo que sucedía en el escenario.
Así pues, al igual que un gozo extraño fascina mis pupilas cuando veo aquellas tres cosas, el mismo gozo me envuelve al contemplar la obra de Denna. Los ambientes que crea son extraños, fantásticos, subversivos ante el arte convencional, plagados de una extrañeza morbosa y difícil de situar en algún lugar de la mente. Una experiencia literaria parecida es el mundo de la ciencia ficción, como es el caso de Crónicas Marcianas, pues te das cuenta que algo sucede, pero no alcanzas a acertar qué. Por esto la sensación es vaga, los sentimientos no aciertan a definir lo que se siente ante esa estética bella y ajena a la experiencia humana.
Pareciera que la obra está plagada de energía alienígena, ajena a lo que se acostumbra por estos lares, seres con cuerpos de insectos humanoides con varios brazos antenas y alas; monjas sentadas en tronos con cuernos; naves voladoras que asemejan barcos medievales y trazos Da Vincescos, que parecieran más orgánicos que artificiales; reinos de felinos aristócratas y hadas que sueñan a ser brujas en mundos corruptos y decadentes, donde la guerra y la violencia están siempre latentes; extraterrestres que caminan entre humanos augurando un futuro no muy lejano; imágenes góticas que recuerdan los paisajes musicales del Clan of Ximox y el mundo del steam Punk.
La imaginación de el creador zacatecano no tiene límites, en cualquier hueco, cualquier pedazo de cartón o empaque, es un lienzo para que la mente de Manuel pueda florecer y dejar estelas de su mundo onírico.
¿Habría que preguntarse qué alimenta la imaginación del creador? Es probable que hay una gran dosis de música progresiva, pues podemos ver paisajes surrealistas donde el tema épico es motivo de una idea, personajes apenas desdibujados que presentan un mundo tan irreal como el del Planeta Salvaje, los rostros sin boca de Génesis, la joven a la que se le levanta la falda con el aire de la detonación atómica, los rostros extraños del gigante gentil. También podemos ver el mundo gótico, personajes engendrados por el cubo del Hellraiser, mujeres con velos en paisajes sombríos, desolados, que habitan rincones oscuros de corazones helados; seres imperiosos hambrientos de poder que humillan al más débil en mundos cruentos y violentos, sombras que se asoman desde el abismo para enamorarse de la luz; parcas que deambulan por calles donde la decadencia carcomió mundos plenos, devorados por sapos asquerosos y voraces que consumen todo lo que luego de miles de años fue construido por una humanidad que reconoció a la unidad como la fuerza renovadora y generadora del mundo, dejando a su paso individuos aislados, perdidos en sus propios mundos incompletos, vacíos, desolados, cuya única felicidad consiste en recordar un amor desaparecido hace ya mucho tiempo.
Se alimenta además de la cultura clásica, de la ciencia y de la religión. Mundos como el del Bosco, donde la gente común convive con demonios o dioses, seres míticos sobrenaturales que están aquí para inspirar o torturar al humano con promesas de eternidad y felicidad, o la terrible amenaza del sufrimiento eterno, donde grandes Papas, más al servicio de grandes monarcas que del mismo Dios, torturan y comen la esperanza de sus súbditos, otorgando solo sangre y dolor en vez de la promesa de encontrase con el creador.
Acaso no habrá en ese alimento creador la semilla que planta el humo del sicotrópico, que se disemina por la sangre, los nervios y los sentidos del creador, permitiéndole asomarse por un momento a la eternidad, a veces al abismo, para traer en el pincel, en el mouse, en la plástica, avistamientos de futuros caóticos, inciertos, colores imposibles, brillantes y vibrantes, formas extrañas, pero no por ello caprichosas, dejando en el mundo físico estampas de un mundo más etéreo.
La ciudad también es un motivo, con su arquitectura virreinal, con cúpulas imponentes, mansiones de condes y nobles desterrados de su patria por su sed y ambición, cerros y paisajes donde las balas del cañón hacen volar por los aires a la infantería revolucionaria. Calles como ríos de plata donde lo surrealista levanta cimientos para dar nuevas formas y nuevos sentidos a la ciudad.
En fin, aunque son varias las cosas en que pienso cuando veo la obra del maestro Denna, no hay nada que se le asimile, su mundo, su creación, es única, los mundos a los que ya nos acostumbró no se han visto nunca en otra mente o en otro lienzo. Sin duda, el maestro Denna es una de las mentes creadoras más importantes de Zacatecas, lejos del mundo del esnobismo, más cercano a todos esos seres que vagamos perdidos en nuestros interiores, lamiendo cenizas y fumando sueños.

Fotografía: Cortesía