ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay una escena en DanDaDan que nadie menciona, pero que a mí me parece más subversiva que cualquier alien con mala actitud: tres chicos compartiendo espacio emocional sin que nadie explote, se burle o se haga el macho hasta romperse. Digo chicos, pero todos sabemos que aquí “chico” es una categoría existencial, no biológica: esa etapa rara donde todavía no sabes si eres valiente o solo imprudente, si estás creciendo o solo estirándote sin permiso, y donde el cariño entre amigos se siente como una bomba nuclear envuelta en papel de regalo.
Porque Okarun, Jiji y Kinta Sakata no son un equipo masculino al estilo clásico —no son esos típicos héroes que sellan la amistad rompiendo montañas con los puños y gritando su amor platónico con voz grave—. No. Ellos son torpes, celosos, tiernos, inseguros y profundamente devotos entre sí. O sea: humanos. Y eso, para un shonen lleno de espíritus vengativos y naves espaciales, es tal vez lo más sobrenatural.
La amistad masculina suele estar secuestrada por dos extremos igual de agotadores: o es puro silencio emocional con palmadas en la espalda, o es un bromance intenso que parece escrito con glitter, pero siempre disfrazado de “no homo, bro”. Aquí no. Aquí el afecto se cuela como un secreto entre golpes de risa, competencias tontas y silencios que dicen mucho más que una confesión dramática.
Ya dijimos que Okarun es el temblor bonito del grupo: ese chico que ama con la misma intensidad con la que se asusta. A su lado, Jiji es el espejo incómodo: más seguro por fuera, pero con grietas internas que también piden auxilio a su manera. Y Kinta, bueno… Kinta es el amigo que dices que te desespera, pero si no llega te duele el alma. El caos con corazón. La vibra “soy fuerte pero mis emociones están en lista de espera”. Ese tipo de amigo. El que hace los chistes pesados, pero aparece cuando tiembla el piso.
Entre ellos hay competencia, claro:
¿Quién corre más rápido?
¿Quién se sonroja menos?
¿Quién hace menos el ridículo cuando la chica favorita lo mira?
Pero detrás de esa carrera emocional absurda hay algo más profundo: un pacto tácito de cuidado. Nadie lo dice en voz alta, pero se nota en cada escena en que alguno está medio roto y los otros lo sostienen sin preguntar de más, como si supieran que pedir ayuda a veces duele más que necesitarla.
Hay una ternura que no se anuncia, que no se publica, que no necesita violines ni discursos sobre la importancia de la salud emocional. Es la ternura que sucede cuando tres morros comparten miedo sin admitirlo:
—¿Estás bien?
—Sí, solo me poseyó un espíritu interdimensional y casi muero. ¿Tú?
—Todo normal, bro.
Y luego se sientan juntos, a medio paso entre la risa y el colapso. Esa escena invisible es la que salva vidas más que cualquier talismán cósmico.
Los hombres, a veces, aprendemos a cuidar así: haciendo como que no pasa nada mientras pasa todo. Y aunque necesitamos aprender formas más claras, esa torpeza también es una forma de amor en proceso. Como cuando Jiji y Okarun se celan, pero igual se buscan. Como cuando Kinta molesta a todos pero no soporta que alguien los toque. Como cuando las palabras no salen, pero ellos no se sueltan.
La amistad masculina tiene siglos intentando elegir entre ser piedra o estatua llorando por dentro. Aquí eligen algo más real: ser carne viva, asustada, pero dispuesta a estar.
A ver: también está el humor, porque sin humor esto sería terapia grupal y nadie vino a eso (o sí, pero fingimos que no). El cuidado masculino muchas veces entra por la risa. Por el:
—Te burlaste de mí, pero estabas ahí cuando lloré, ¿eh?
—Callado, nadie debe saberlo.
DanDaDan usa aliens, fantasmas y poderes psíquicos como escenografía, pero lo que realmente se pelea ahí es la posibilidad de no ser perfectos para ser queridos. De poder fallar. De poder ser ridículo. De poder ser chico aunque el cuerpo ya tenga estatura de hombre y la voz pretenda autoridad.
Okarun cae, Jiji duda, Kinta exagera. Y aun así —o quizá por eso— no se sueltan.
Eso es lo que me importa: que se quedan. Que no huyen cuando todo se pone incómodo. Que se permiten ser amigos sin tener que ser invencibles. Que pueden decir “me importas” sin decirlo, pero igual sentirlo.
Hay amistades masculinas que se rompen cuando llega el amor romántico. Aquí no. Aquí el amor no desplaza, sino que ensancha el espacio. Qué gesto más revolucionario: no abandonar al amigo cuando el corazón se llena.
Y si de pronto todo tiembla —porque crecer tiembla, enamorarse tiembla, admitir miedo tiembla— siempre hay alguien al lado haciendo un chiste tonto para estabilizar la respiración. Eso también es amor, aunque venga disfrazado de meme y ruido.
Al final, la verdadera posesión en este manga no la provocan los fantasmas o los aliens, sino la lealtad silenciosa que se queda pegada a la piel. Esa que dice:
Te vi temblar y no me fui. La amistad masculina, cuando no quiere ser armadura, se vuelve abrigo. No te salva del frío del mundo, pero te acompaña mientras tiritas. Y en tiempos donde muchos chicos aprenden a desaparecer emocionalmente antes de volverse adultos, estos tres idiotas hermosos nos recuerdan que a veces basta con quedarse. Fallar juntos. Reír después. Levantar al que cayó sin hacer tragedia. Reírle la vergüenza al otro, pero secar las lágrimas cuando nadie mira.
Porque ser hombre, a veces, es solo eso: aprender a no huir de quienes te quieren.
Y si en el camino hay extraterrestres, abuelas karatecas y confesiones torpes, mejor. La vida necesita efectos especiales para recordarnos que el milagro original ya estaba aquí: tres chicos intentando no romperse, cuidándose mientras ríen, inventando formas nuevas de decir “no estás solo”.
Fin de serie.
(pero no de temblores, ni de ternura).