MIGUEL ÁNGEL DE ÁVILA AGUIRRE
Cada Navidad tenemos que regalar cosas tratando de medir nuestro afecto con artículos envueltos en papeles con dibujitos navideños adornados con moños, como si con eso se pudiera medir nuestro afecto por los demás. La Navidad es como un tipo de examen final para ver qué tan civilizados somos con la familia, los amigos o los compañeros de la oficina, quienes a veces ni sabemos cómo se llaman.
Regalar en esta época se nos ha convertido casi en un acto reflejo; no regalar es casi una falta de respeto. Es como un mecanismo de supervivencia social. Se hace para pertenecer, se hace para quedar bien o para no quedar mal.
Existe el regalo que se da nomás para que no digan y el que se da para que sí digan, de preferencia algo bueno. Los regalos son objetos que expresan lo que a veces cuesta trabajo decir con palabras o lo que no se quiere decir.
Que difícil e incómodo es tratar de adivinar lo que les gustaría a los demás. Aprendemos desde pequeños que la mitad de la vida consiste en evitar decepcionar a otros y la otra mitad en fingir no estar decepcionado. En Navidad tratamos de combinar ambas mitades. Quien regala teme fallar y quien recibe teme no agradecer de la manera adecuada. Abrir regalos frente a los demás es casi una prueba de actuación. Y todavía hay que sonreír.
Entre los regaladores está el que regala más porque puede, el que regala poco porque no le alcanza y el que regala lo mismo cada año nomás porque ya lo sabe envolver.
El cariño real no ocupa cajas ni moños. Aun así, se empaca para que quepa bajo el árbol y pueda entregarse enfrente de todos. La intención importa y la envoltura ayuda, como ayuda todo lo que oculta algún desorden emocional.
En diciembre compramos como si fuera la última oportunidad de demostrar que todavía queremos a la gente. Damos regalos útiles, inútiles, caros, baratos, improvisados o planificados. Y aunque la mitad de éstos no convenzan, se conserva la tradición de agradecer, porque agradecer también es una costumbre que evita discusiones innecesarias y malas caras.
A veces lo más valioso no es el regalo, sino el instante en que se entrega. Ese momento en el que dos personas fingen solemnidad, sonríen demasiado y se dicen Feliz Navidad como si la frase pudiera borrar las malas acciones de los once meses anteriores. El intercambio dura muy poco, pero se repite cada año porque se hace costumbre.
No hace falta que sea Navidad para regalar algo, pero es la excusa perfecta porque permite justificar lo que en otros meses se sentiría exagerado o sospechoso. Regalar en diciembre es más sencillo porque se espera. Y cuando algo se espera, se vuelve normal, aunque no tenga mucho sentido porque el día siempre llega.
Regalar en Navidad es un pequeño ritual necesario para que las relaciones humanas sigan funcionando de manera ordenada. Los regalos ayudan a mantener la ilusión de que seguimos conectados, aunque sea por compromiso. Si sirven o no, eso no importa. La Navidad pasa, los regalos se guardan, se usan o se olvidan. Pero el gesto queda registrado en esa memoria selectiva que mantiene unidas a las familias, aunque sea nomás para repetir el ritual el siguiente año.
Regalar en Navidad es innecesario, pero como todo lo innecesario que se hace costumbre, se vuelve indispensable y hasta importante.
Creo que los regalos deberían ser solo para los niños, ellos sí lo disfrutan, y regalar de corazón cuando ves algo que a ya sabes quién le podria gustar…. Nunca por compromiso
Creo que los regalos deberían ser solo para los niños, ellos sí lo disfrutan, y regalar de corazón cuando ves algo que a ya sabes quién le podria gustar…. Nunca por compromiso.