ADSO D. GUTIÉRREZ ESPINOZA
La fila afuera de la clínica del IMSS comienza incluso antes de que amanezca. Larga y lenta, serpentea entre pasillos brillantes y olorosos, en donde cada una de los pacientes, además de esperar para resolver situaciones de salud, ya sean propias o de otras personas, tejen en silencio con los hilos de resignación. Pasa por aquí y por allá, tal vez entre las ruinas de la vieja casona del gobernador, aunque sería divertidísimo, hasta irónico, que la fila doblara hasta la mina —ese hueco que en el pasado prometió riqueza y ahora apenas vuelve polvo y un constante zumbido de fiesta para no ser olvidada.
Solía acompañar a mi madre para formarme para trámites simples, hojas de traslados y citas para ver al neurólogo, un viejo patán y pulgoso que solía oler a tabaco y gritar a sus pacientes de orilla a orilla, demostrando así la inercia en la que cae el trabajador del sector salud, violenta y es violentado, al menos cuando se es residente. O eso es lo que ahora se cuenta en redes sociales, la violencia en los residentes y otros trabajadores del sector salud. Sin embargo, ese notable neurólogo, tal vez se topó contra pared, cuando nos llamó ignorantes e idiotas y yo, siendo un púber, le respondió con tal cinismo y luego una denuncia.
También, aquí estuve cuando a mi hermano mayor tuvo un incidente. Un petardo, que no bala, explotó en una zona donde había basura, muchos plásticos, y los residuos, aún ardientes, cayeron sobre su cuello y le quemó. Éramos niños en ese entonces. Realmente nunca entendí cómo pasó, pero así le tocó vivir. Sin embargo, no estuve aquí cuando mi primo resbaló y un metal le atravesó la pierna, pero la grasa de su obesidad (en ese entonces) le protegió los músculos y los huesos de su pierna. Solo grasa, un poco de sangre y mucho miedo.
Me formé para un trámite simple. O eso pensé. No lo era. Ninguno lo es. En el IMSS, hasta lo más básico se convierte en prueba. Prueba de paciencia, de salud, de carácter. Pero sobre todo, prueba de tiempo. Del tiempo que se va mientras esperas, mientras el sol sube, mientras los otros te acompañan sin hablarte.
Las personas no conversan mucho. Hay algo callado, un acuerdo tácito: aquí no se molesta, no se invade. Las miradas bajan o se pierden al frente, fijas en la espalda del siguiente. Solo de vez en cuando alguien rompe la norma: ofrece una silla, un pan, una palabra amable. Gestos mínimos que, por eso mismo, resultan tan potentes.
Una vez, vi a un hombre llorar. No gritó, no pidió ayuda. Simplemente, se sentó sobre la banqueta rota y se tapó los ojos. La fila no se detuvo. Lo rodeó como una corriente. Solo una mujer —de cabello canoso, bastón, y voz firme— se acercó, le tocó el hombro, le dijo: “si quiere, le cuido su lugar”. No era una solución, pero sí una pausa. En la fila del IMSS, eso es todo lo que se puede esperar: una pausa en el desgaste.
El edificio de la clínica no tiene ninguna gracia arquitectónica. Funcional, gris, como si hubiera sido diseñado para recordarte que la salud pública es más deber que derecho. A la vuelta, la casona sí habla. Aunque sus muros se están cayendo, aunque el balcón parece colgar de un suspiro, algo en ella recuerda que otra forma de vida fue posible. Una donde la belleza importaba.
Cuando era niño, creía que alguien vivía ahí, mirando todo desde las sombras. Hoy pienso que si alguien mirara, lo haría con tristeza. Porque el país —este país que se arrastra en sus instituciones, que convierte la necesidad en penitencia— también se forma en estas filas.
Y ahí está la mina, a unos pasos. No hace falta entrar para sentir su aliento: una bocanada de tierra reseca, el rumor de lo que se llevó. Me gusta pensar que es como un espejo invertido de la fila. Abajo, hombres excavaban buscando oro. Aquí, arriba, buscamos salud, atención, una cita. Algo que nos devuelva el cuerpo.
¿Qué nos pasa en estos lugares? ¿Por qué evitamos mirarnos? Quizá porque, en el otro, vemos lo que podríamos ser —o ya somos. Ancianos con una bolsa de medicamentos. Mujeres que cargan hijos y papeles. Jóvenes que ya aprendieron que enfermarse no solo duele: también desgasta, burocratiza, empobrece.
Y sin embargo, seguimos viniendo. A veces con rabia, otras con cansancio. Pero venimos. Como si intuyéramos que resistir también es un acto de comunidad, aunque no hablemos, aunque no sepamos el nombre del que va delante.
Una tarde, mientras esperaba, alguien puso una bocina y empezó a sonar un bolero. Fue breve, apenas dos canciones. Luego el guardia lo prohibió. Pero en ese instante, la fila se volvió otra cosa: un salón sin pista, un respiro. Algunas personas movieron los pies, otras cantaron bajito. Yo cerré los ojos. No por nostalgia, sino para no olvidar que incluso en los espacios de hartazgo, puede abrirse un lugar para la ternura.
Zacatecas se vive en estos bordes. No solo en sus plazas limpias, sus museos cuidados. También en la banqueta rota, en el muro con grafitis, en la espera que nadie elige pero todos comparten. Lo que somos también se revela en cómo esperamos. Y en lo que aún somos capaces de ofrecer mientras lo hacemos.