FROYLÁN ALFARO
Hay algo inquietante en la historia de Adán y Eva. A primera vista, parece un cuento moral infantil. Hay una serpiente que habla, una fruta prohibida, un jardín paradisíaco y un castigo divino. Sin embargo, bajo esa capa de fábula bíblica hay algo más complejo que se repite en muchas culturas y religiones y es que si la libertad se usa mal, merece ser castigada. O, peor aún, que la libertad misma es el error.
Recordemos brevemente ese momento. Eva curiosa, toma del fruto del árbol del conocimiento. Adán, confiado, la sigue. Y, entonces, como si hubieran cometido el peor de los crímenes, todo se derrumba. Pierden el paraíso, descubren que están desnudos, se inaugura el dolor, el trabajo, la muerte y demás cosas que nos hostigan hasta hoy. Parece darnos a entender que el deseo de saber y de elegir por uno mismo es la raíz del mal.
Suena exagerado, pero no es el único relato en que ocurre algo similar. Por ejemplo, Prometeo roba el fuego de los dioses para dárselo a los humanos, y es encadenado para siempre a una roca, donde un águila devora su hígado día tras día. Ícaro, impulsado por el deseo de volar libre, se acerca demasiado al sol y cae al mar. Pandora abre la caja prohibida por curiosidad y desata los males del mundo. El mensaje se repite: quien se atreve a ir más allá de los límites impuestos paga un precio.
Entonces, ¿qué nos están diciendo estos mitos? ¿Que es mejor no saber, no preguntar, no arriesgarse? ¿Que la obediencia es más segura que la libertad?
El filósofo francés Michael Foucault se preguntó muchas veces por qué la sociedad teme tanto a los que piensan por sí mismos. En Vigilar y castigar, mostró cómo nuestras instituciones —la escuela, los hospitales, incluso la familia— no solo enseñan, curan o educan, sino que también establecen las normas de comportamiento, castigan lo que se desvía, premian lo que se ajusta. Lo mismo que en los mitos, aunque sin dioses ni serpientes, pero el mismo mensaje: si te sales del molde, hay consecuencias.
Imagínate a un niño o niña que empieza a hacer preguntas incómodas: “¿Por qué tenemos que rezar si algunos no creemos?” o “¿Por qué la historia solo cuenta una versión?” Tal vez solo le mandamos callar, si somos sus padres, o lo etiquetemos como alguien problemático, si somos sus maestros. O piensa en un joven que decide estudiar arte o humanidades en lugar de derecho, medicina o administración de empresas, y de inmediato recibe miradas de decepción familiar. Estas son pequeñas mordidas a la manzana del conocimiento y de la libertad, ¿y acaso no vienen acompañadas de una forma de exilio, aunque no sea del Edén, sí de la aprobación?
Uno podría preguntarse después de reflexionar un poco, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar la libertad? Quizá porque la libertad no es solo un derecho bonito que se celebra en discursos, sino que implica responsabilidad y parece más fácil vivir bajo reglas establecidas que asumir el riesgo. Quizá es eso lo que nos dicen estos mitos, tal vez no son advertencias contra la libertad, sino retratos de su costo. Quizá nos dicen: si quieres ser libre, prepárate para el dolor, para el rechazo, para la pérdida del paraíso. Morder la manzana no fue un error, fue el primer acto de libertad.
Jean-Paul Sartre, uno de los padres del existencialismo, afirmaba que “el ser humano está condenado a ser libre”. Pero no lo decía como un elogio, sino como una carga. No podemos no elegir, pues incluso negarse a elegir es una elección. Por eso somos responsables de lo que somos y debemos de asumir esa responsabilidad.
Pensémoslo de esta manera, vamos a suponer que decides dejar un empleo estable para perseguir una vocación incierta, escribir, enseñar, emprender. Los que te rodean te llenan de advertencias, “vas a fracasar”, “no seas iluso”, “estás desperdiciando tu vida”. A veces, esto es así, porque quienes te quieren más se convierten en guardianes del Edén. Pero, ¿qué pasaría si el verdadero infierno no está afuera, sino en vivir una vida que no elegiste?
Los mitos no desaparecerán. Seguirán siendo narrados, reinterpretados en películas, te llegarán en forma de sermones bienintencionados. Pero, ahí, querido lector, tal vez está nuestra tarea filosófica de no obedecer al pie de la letra, sino de reflexionar, reinterpretarlos. Descubrir que la serpiente no es solo tentación. Que el fuego de Prometeo no es delito. Que la caja de Pandora, incluso después de liberar todos los males, aún guarda como último regalo la esperanza. Porque la libertad nunca es fácil, pero tampoco lo es vivir sin ella.