FROYLÁN ALFARO
Para esta ocasión partiré de algo que sí se no enseña en filosofía, el ejemplo de lógica de todos los libros de texto: Sócrates es hombre, todos los hombres son mortales, por lo tanto Sócrates es mortal. Como se puede notar, el argumento es redondo, elegante, algo bien hecho podríamos decir. Pero como sugería la filósofa María Zambrano, en Claros del bosque, esta perfección tiene un precio, pues lo que la lógica afirma es cierto, pero no dice nada de la muerte de Sócrates. Por ejemplo, no dice nada del posible temblor en sus manos al beber la cicuta ni de las discusiones que sostuvo horas antes con sus discípulos, ni de ese modo extraño en que una vida concreta se apaga. Reducir a Sócrates a la lógica es como reducir un poema a su rima.
Pensemos en algo más cercano. Si alguien te dice “todos los autos rojos se descomponen rápido; mi auto es rojo; por lo tanto, mi auto se descompondrá rápido”, probablemente no lo tomaremos como una verdad incuestionable. El razonamiento es formalmente correcto, pero la realidad con sus detalles no cabe ahí. La lógica funciona como una linterna que ilumina un camino, pero no como el sol que revela el mundo entero. Nos ayuda a pensar, pero deja afuera muchos detalles importantes.
Lo mismo ocurre con las matemáticas. Nos ofrecen una gramática poderosa para entender movimientos, cambios, estructuras, algunos afirmarían que incluso el mundo. Puedes modelar la trayectoria de un balón o la expansión del universo con ellas, pero intenta describir sólo con ecuaciones la sensación de encontrarte con un amigo después de años, o la sensación de ver a alguien cercano llorar. No se puede y no es que las matemáticas no funcionen, sino que les estamos pidiendo algo para lo que no fueron hechas.
A veces, como en los cuentos de Asimov o en las historias futuristas, creemos que basta con suficientes datos para capturar lo real. Que si conociéramos todos los parámetros de la vida de alguien, podríamos anticiparlo todo: sus decisiones, sus miedos, su forma de amar. Pero la persona que decide cambiar de trabajo porque se hartó del café de oficina, o la que rompe una relación por una frase que le cayó mal, rompe cualquier modelo predictivo. La vida siempre tiene un margen de rebeldía que ningún sistema formal es capaz de calcular.
Incluso quienes defendemos el valor de la lógica y las matemáticas, y volcamos en ellas nuestra vida profesional, sabemos que no existe ecuación que resuelva la complejidad de una vida. Es como una aplicación GPS que te da la ruta más rápida, pero no sabe que tú prefieres pasar por otra calle porque ahí vendían pan cuando eras niño, o que no quieres cruzar frente a cierta casa porque te trae recuerdos dolorosos.
Pero, volvamos a Sócrates. Su muerte entra sin dificultad en el silogismo clásico, pero lo importante no está ahí. Lo importante es el gesto de aceptar la sentencia, el modo en que dialogó hasta el último instante. Y esto, querido lector, no cabe en un razonamiento lógico, pero tampoco lo contradice. Es simplemente otra capa de la realidad, la capa donde viven las historias y no sólo los conceptos.
Por eso la filosofía no renuncia a la lógica, la usa, sí, como una herramienta, pero no olvida que hay en la vida cosas que necesitan narrarse y no sólo demostrarse. Dejar que la lógica tenga la última palabra sería como creer que el instructivo de un instrumento musical contiene ya la música.
Quizá lo que Zambrano quería decirnos es que la vida es más amplia que los artefactos con los que intentamos pensarla. La lógica organiza, eso nadie lo niega, pero la existencia desborda y eso no es una falla, sino que parece la condición misma de que haya algo digno de ser vivido.