ISVI RUBÉN ESPARZA GARCÍA
A veces te siento tan cerca
poso mi mano sobre tu piel,
tan suave como la bruma al amanecer,
como si acariciara la esencia misma de las nubes.
Sin embargo, algo invisible la detiene:
una fuerza que, sin romper el instante,
me deja suspendido entre el deseo y la distancia.
En ti, una parte me llama
como el imán al metal, inevitable.
Pero otra, en silenciosa resistencia,
me empuja con la misma intensidad.
Estamos atrapados en este vaivén
donde la cercanía y la distancia juegan sin tregua.
Fuerzas que nos atan y repelen,
como cuerpos rodeados por campos invisibles.
Si la atracción prevalece
nuestras órbitas olvidarán la distancia, equilibrio eterno;
pero si vence la repulsión,
nuestros cuerpos serán sólo ilusiones,
destellos de un roce que jamás existió.
Quizá esta caricia
que siento tan real en mis dedos,
no sea más que el eco de campos que se encuentran,
líneas de fuerza que se curvan y entrelazan
sin llegar jamás a cruzarse,
como dos universos que, a pesar de todo,
jamás coinciden.
Y, sin embargo,
¿qué es tocar,
sino dejar que un campo tiemble ante otro?
Ninguna piel llega a rozar otra piel por completo:
somos, todos, distancias mínimas
que confunden cercanía con contacto;
electrones que se rechazan
mientras algo en nosotros insiste en llamarlo abrazo.
Así que ya no busco vencer el espacio que nos separa;
me basta sentir su temblor,
esa vibración imperceptible que llamamos amor
cuando dos fuerzas, sin tocarse jamás,
eligen quedarse cerca.