DANIEL MARTÍNEZ
“Ritmo hesicástico, podemos empezar”, es la última frase de Paradiso. Como en Lezama los opuestos no existen, “empezar” es la palabra con la que finaliza la obra; casi diciéndonos: “el final es el principio”. Y para hablar de Lezama, tenemos que comenzar por la obra más importante del “asmático insigne”, la que acaba de cumplir sesenta años. ¿Qué es Paradiso? En esencia es una novela, pero al mismo tiempo es mucho más que eso: novela de formación, novela-poema, novela erótica, autoficción, autobiografía espiritual, ensayo largo, tratado religioso. Es un Bildungsroman, una novela de formación, porque en ella el protagonista atraviesa por una serie de acontecimientos que comienzan desde la infancia y transitan hacia una etapa de madurez, al estilo de las novelas decimonónicas de este tipo. Se dice que en ella los personajes son metáforas y las escenas son imágenes; en ese sentido, toda la novela es un gran poema: personajes y situaciones se ponen en juego en un ars combinatoria que da como resultado un poema monumental, una novela-imagen. Además, los parlamentos de los personajes pueden llegar a ser largas disquisiciones sobre una amplia variedad de temas filosófico-morales, teológicos o literarios que rayan en lo ensayístico, de tal modo que la novela entera es a la vez la representación de todo un sistema de pensamiento.
Es también autobiografía porque buena parte de lo que encontramos en ella es autorreferencial, en un sentido simbólico, pero también en un sentido literal. Pongamos un ejemplo palmario: la prematura partida de quien habría sido su tío Andrés, el infante prodigio del violín que murió de manera trágica en un evento social. Confluencias, especie de autorretrato poético, es un texto medular en la obra ensayística de Lezama Lima, al mismo tiempo que nos da algunas claves para comprender lo autorreferencial de Paradiso, como apunta Thomas Barège: “Confluencias es a la vez un ensayo autobiográfico y un ensayo puramente intelectual: mezcla los recuerdos personales de Lezama (…) y las principales teorías que Lezama ha elaborado sobre el arte y lo real. Es igualmente una llave para entrar en la novela de Lezama, Paradiso, y comprenderla”. En este libro se lee de esta manera el infausto acontecimiento:
“Ahí está Andresito, el niño prodigio, con su violín, muerto en un accidente en una tómbola para recaudar fondos para la Independencia. Tocaba esa noche con el smoking que usaba frecuentemente su padre. Se cae del elevador y muere y mi abuelo muere poco después de tristeza (…) mi tío Alberto, hermano de mi madre, que bajo su capa de tío endemoniado de todas las familias, atesoraba un estilo de conversación que siempre he buscado esté en la raíz de mis relatos”.
En Paradiso lo leemos de esta otra:
“De pronto, la plancha mal clavada por Carlitos, tironeada por el organista, cedió y el coro prorrumpió en un grito salvaje, y después la fiesta se detuvo, y cuando la frágil figura con su smoking de ejecutante quedó extendida en el suelo y la sangre empezó, gota tras gota, a correrle por la boca, la antiestrofa que luchaba con los gritos del coro impuso la maldición de su silencio. El coro volvió a levantarse muy lentamente. —Es el hijo de Andrés, es su hijo, ¿por qué tenía que ser el hijo de don Andrés?”
La muerte de Andresito ―personaje de los primeros capítulos―, la presencia maternal de la nana Baldovina, el personaje peculiar que fue el tío Alberto, su padre el Coronel, y varios otros son todos elementos por completo autobiográficos, o cabría decir, literalmente autobiográficos.
Es novela erótica porque contiene varios pasajes que fueron las delicias de muchos lectores y la razón de que muchos censores castristas se mesaran las barbas acusándola de pornográfica. En lo personal, estas escenas fueron motivo de una extraña fascinación a la par que una indescriptible perturbación ―en un buen sentido― que solo el estilo lezamiano podría producir. Aquí no pondremos un fragmento, pero cualquier lector que se atreva a sumergirse en las aguas profundas ―como decíamos que dijo Cortázar― de Paradiso o que ya lo haya hecho, sabrá de qué hablo.
Como indicábamos, en no pocas ocasiones los personajes son el vehículo por medio del cual el autor desarrolla varias de sus ideas en una dilatada gama de temas, incorporando aquí y allá apuntes teológicos, musicales, históricos, literarios y metaliterarios, en ese estilo único y ultrabarroco que tenía Lezama para dar rienda suelta a su inmenso mundo interior, muchas veces al estilo del diálogo socrático. Pongo un ejemplo, casi al azar, en boca de uno de los personajes principales:
“La aparición de la mujer en el séptimo día, dándole a la palabra día la acepción temporal que le da San Jerónimo, revela un estado androginal previo. Cuando después se alude a que en el día del juicio final las mujeres embarazadas y las que están lactando serán pasadas a cuchillo, se nos revela una situación muy rara en relación con la mujer en los principios de no existencia apocalíptica y al final su destrucción. En el Génesis, cada día de la creación va acompañado de las distintas especies de animales que van surgiendo e inmediatamente se ocupa de su fecundación. Llega el día quinto en que el hombre es creado, lo creó hombre y mujer, le dice también lo que ha dicho a todas las especies: crece y multiplícate. Pero cómo va a ser su reproducción, si tiene que esperar al día siete para que surja la mujer…”
De aquí que se diga que Paradiso también es un ensayo largo, un tratado religioso y una autobiografía espiritual. En resumen, Paradiso es todo lo que hemos dicho y aún más: es, digamos, la experiencia literaria completa; el todo incluido. Tanto la obra como el autor son un extraordinario caso en el que se desarrolla con igual maestría la poesía, la narrativa y el ensayo. Incluso podríamos decir, como dijo Julio Ortega de otra obra del mismo Lezama, que es una “experiencia límite de la literatura”. Este texto quiere ser a la vez un estímulo, un exhorto, una recomendación y un desafío: leamos o releamos Paradiso y celebremos juntos su sexagésimo aniversario. Nos leemos en la próxima.
