Fotografía: Nicolás Fong
Soy Maritza M. Buendía, soy escritora.
MARITZA M. BUENDÍA: Me resulta difícil establecer de dónde soy, porque yo, de nacer, nací en Estados Unidos, pero desde muy chica me trajeron a vivir a Ojocaliente. Estoy registrada en La Blanca, Pánfilo Natera, un lugar que en realidad no conozco y solo estoy ahí registrada.
Es verdad que crecí en Ojocaliente; hice ahí toda mi primaria, hasta la preparatoria, incluso estuve en un Cobaes. Toda mi educación ha sido pública, pero te diré: desde hace 30 años yo creo que vivo en Zacatecas, y yo me siento parte de Zacatecas, o sea, sí, yo siento que soy de Zacatecas, aunque eso no quiere decir que niegue mi pasado de Ojocaliente, ni los pocos recuerdos que tengo de niña, incluso de la casa de Estados Unidos, ni mucho menos.
Es curioso porque mi lengua materna, o sea, si yo te digo cuál fue mi lengua materna tal cual, mi primera lengua fue el inglés. Pero al venirme a Ojocaliente, obviamente fue una situación difícil, porque tuve que olvidar rápidamente el inglés para poderme adaptar al ambiente de una escuela primaria con niños en Ojocaliente, donde al principio sí me hacían un poco de bullying por el idioma.
Yo obviamente ya era como bilingüe, yo creo. Era muy niña, o sea, no me acuerdo, tenía como cinco años o algo así, pero recuerdo que hice mucho el esfuerzo por olvidar rápido el inglés y adaptarme lo más posible al ambiente, y lo hice, obviamente. Y fue una etapa muy buena de mi vida, sobre todo en la preparatoria en Ojocaliente.
Y bueno, ya después seguí creciendo, obvio, y cuando ya no hubo más, tuve que venirme a estudiar a la Escuela de Humanidades. Y bueno, ya en la Escuela de Humanidades es donde escribí. Yo escribo desde niña, desde los ocho años, sin la mínima conciencia, obviamente, de qué es ser una escritora, de que lo que yo escribía eran intentos de cuentos, intentos de ficcionalizar. Yo me sentía mentirosa incluso, yo me sentía que no me podía apegar a la realidad, como que algo andaba mal en mí: que contaba cosas que no habían pasado.
No vengo de una familia de intelectuales, no vengo de una familia de artistas. Sí vengo de una familia de mujeres, de mujeres que trabajan. Y la inquietud, pues no sé, de alguna manera yo sí siento que estaba ahí desde muy chica, la inquietud en torno a la escritura de ficción. Porque yo veo luego entrevistas de otros escritores y escritoras que casi todos dicen que llegan a la literatura porque leyeron mucho y luego a partir de ahí empezaron a escribir. Yo en mi caso sí fue un poco al revés: yo traía ya muchas historias, muchas cosas, una imaginación muy despierta.
En mi casa no había una gran biblioteca, era un tiempo donde había enciclopedias, pero no había libros. No venimos, te digo, de familia de artistas ni de intelectuales, entonces había muy pocos libros. Yo no tenía de dónde en realidad leer. Lo poco que había, pues me lo devoraba, pero entonces mi proceso sí fue… no quiero decir que no leí, obvio que claro que es importante la lectura, no estoy hablando de eso, sino solo estoy hablando de mi proceso.
ALBERTO AVENDAÑO: Está interesante la historia. De hecho me sentí identificado porque yo crecí en Ojocaliente, pero me mudé a Zacatecas. Nací aquí en Zacatecas, pero crecí en Ojocaliente, iba muchísimo a La Blanca también. Allá vivía con mi familia desde niño, con mi abuela. Y cuando estaba en quinto de primaria nos mudamos a Zacatecas.
Retomando la entrevista, estas anécdotas de la transición de Estados Unidos a México, a Zacatecas, el cambio de idioma y la inquietud por la escritura, ¿cómo crees que haya tenido influencia en tu obra esta parte de tu niñez, el cambio de una lengua materna a otra, el forzar un idioma que posiblemente no sentías como tuyo, y el refugio de la escritura?
MARITZA M. BUENDÍA: Claro, fíjate que incluso, creo yo, más que el idioma, más que el cambio de idioma, fue que también mi mamá enfermó y murió cuando yo tenía ocho años. Entonces eso cambió mucho mi situación familiar.
Fui criada desde antes; mi abuela estaba muy enferma. Los pocos recuerdos que tengo de ella y de mi mamá es que estaba muy enferma. Mi mamá murió muy joven, de cuarenta y dos años. Mis pocos recuerdos de ella son de enfermedad: acostada en la cama, casi sin poderse mover, muy malita.
Y fui mucho criada por mi abuela, incluso desde antes. De hecho fui criada por mi abuela, porque mi mamá estaba enferma desde que yo recuerdo.
Entonces, cuando muere mi mamá hay una situación como quizá típica en México: mi papá se va, no sabe afrontar la situación, se va. Y la que nos cuida a mi hermana y a mí —porque yo vengo de cuatro hermanas— son mis dos hermanas más grandes, que ya estaban casadas, digamos que ya tenían su vida hecha.
Pero yo tenía ocho años y mi hermana diez, y pues nos quedamos así como en el limbo. Y la que nos crió fue mi abuela materna.
Mi abuela materna fue profesora, fue profesora de… no profesora normalista. Le tocó ese momento, estoy hablando de los años treinta aproximadamente. No sé si tuviste tiempo de echarle un ojo por ahí a Cielo Cruel, pero muchas de mis historias familiares están como en germen, como en semilla, en mis novelas o en mis cuentos.
Lo que quiero decir con esto, más o menos, es que tanto de mí… luego más adelante muere mi abuela cuando yo tengo diecinueve años. Entonces es muy… pues me quedo sin nada, o sea, sin nada desde muy joven.
Y fue un romper, romper simbólico con Ojocaliente y tener que venirme. Yo ya vivía, ya había empezado la Escuela de Humanidades, pero con la muerte de mi abuela fue como: ya no tengo a qué regresar, Ojocaliente ya se acabó. Y fue obviamente muy doloroso.
Y tanto a mi madre como la ausencia de mi abuela, las he convertido en personajes literarios. Yo no sé si ellas, de hecho creo que si estuvieran vivas y leyeran lo que yo escribo sobre ellas o he escrito sobre ellas, pues se asombrarían y dirían que no son ellas, porque obviamente no es literal.
Y no es que ellas me hayan dicho tales cosas, ni propuesto tales otras, pero las he convertido en personajes literarios que están conmigo, están conmigo. Yo creo que es como una de mis obsesiones más fuertes, de las que no he podido soltar.
A lo mejor ahora, en lo nuevo que venga, voy a tratar de hacer ese gran esfuerzo ya de ficcionalizar otras cosas, de buscar otros mundos, también para yo misma. No cerrar ciclos en ese sentido, sino buscar otros mundos de por dónde ficcionalizar.
Por ejemplo, en Cielo Cruel, lo que te decía de mi abuela: le tocó trabajar por ahí de los años 30, en ese momento en donde todavía no había profesores y que agarraban a los alumnos más avanzados, y eran los que casi de un día para otro se los convertían en profesores, profesores en pueblos.
Mi abuela para aquella época, ya sabes, se casó como a los 22 años, y eso pues ya era como una mujer muy grande. Solo tuvo dos hijas. Y eso también fue… no sabía cocinar, era como una antiabuela. Mi abuela era… mi mamá sí cocinaba riquísimo, pero mi abuela no.
Mi abuela tenía muchas ideas, de verdad, muy revolucionarias para la época. Yo la recuerdo a ella insistiendo mucho en que nuestra obligación era estudiar. Y si nos veía haciendo alguna labor doméstica, digamos algún quehacer de la casa, se molestaba mucho. O sea, se molestaba y nos decía: “No, ustedes su obligación es estudiar, y nada más”.
O sea, nos metió mucho esta idea de independencia, incluso de no estar esperando a ningún hombre: ustedes no están para eso, estudien y pues adelante, lo que siga.
Y eso me marcó, obviamente. Esos son nuestros años de formación, y van a estar ahí con nosotros.
Ahorita que decías de tu abuela… yo creo que los que fuimos criados por abuela, no sé qué tanto en tu caso, verdad, pero sí vemos el mundo de manera distinta. Cuando hay abuelos o una abuela, hay otra manera de procesar las cosas.
Entonces, pues eso: mucho de eso está en mis novelas, está en mi literatura. Insisto, no de manera literal, sino de manera ficcionalizada, porque ni puedo. Hay una parte en mí que siempre está mintiendo, en el sentido de que estoy ficcionalizando. Entonces hay algo ahí.
Sí, sí. Y además luego me gusta, obvio, hasta hacerlo más evidente, como guiños, y a veces ni siquiera guiños, como juegos bien evidentes para que el lector piense.
No sé, en la protagonista de Cielo Cruel, una de las protagonistas se llama Mar, entonces es la evidente relación con mi nombre, Mar, Maritza.
Y luego, obvio, lo que más me preguntan es si soy yo. Y a mí no me molesta que la gente piense así. Los que escribimos sabemos que hay algo de nosotros, pero también sabemos que no: que hay mucho que se despega, que ya no pertenece a otro mundo.
ALBERTO AVENDAÑO: Sí, incluso hay algo de autoficción.
MARITZA M. BUENDÍA: Sí, claro. Y además me gusta hacerlo evidente, con guiños. En Cielo Cruel, una de las protagonistas se llama Mar, que tiene una relación evidente con mi nombre.
A mí no me molesta que digan que soy yo. Sabemos que hay algo de nosotros, pero también sabemos que hay mucho que se despega y que ya pertenece a otro mundo.
ALBERTO AVENDAÑO: Sí, y bueno, háblanos también un poquito para nuestros lectores sobre cuáles son tus influencias literarias. Bueno, sabemos que Juan García Ponce, Inés Arredondo y, aquí de Zacatecas a Ramón López Velarde. También has antologado a Roberto Cabral del Hoyo, pero ¿qué más? ¿Y qué han aportado las lecturas de tus influencias en tu literatura?
MARITZA M. BUENDÍA: Quizá una autora que me marcó muchísimo fue Marguerite Duras, es una autora que en su momento me la devoré, la amo. Curiosamente me he topado con gente con opiniones de que o la aman o la odian; yo soy de las que la aman.
O lectores que luego me dicen, como que tratan de demeritarla y decir: “bueno, pero no es Marguerite Duras, es Yourcenar”, ¿no?, como si fuera mejor Yourcenar que Duras. No, Yourcenar es buenísima, pero yo estoy hablando de Duras, o sea, estoy hablando de otro tipo de literatura.
En ese momento me fascinaba esta manera de construir historias a partir del lenguaje de los cuerpos, y cómo a veces no te interesaba tanto el pasado de un personaje, sino qué sucedía cuando un cuerpo se encontraba con otro cuerpo, y qué tipo de lenguaje se iba gestando entre ellos, y cómo a partir de ahí se iba creando la tensión y una dinámica de una ambientación muy poética.
Yo creo que Duras tiene una manera de escribir —no sé si la has leído—. Ella utiliza muchos puntos, puntos y seguido, puntos y seguido, puntos y seguido; una prosa… yo no sé ahora cómo sería leída, ni si ahora Duras es todavía leída. Tengo la sensación de que ya no tanto, pero tiene como mucho aire, digamos, en su prosa: muchos puntos y seguido, muy poética, muy filosófica.
Y me gusta mucho. No sé si pudiera yo decir que es una influencia, porque a mí me encantaría… o sea, cómo te diré: ya quisiera yo poder acercarme un poco a la prosa de alguien como Marguerite Duras, pero digamos que esa manera de escribir, ese estilo, me fascina mucho.
ALBERTO AVENDAÑO: Nos dices que te gustaría que ya se acercara un poco tu obra a la de ella, pero ¿no crees que haya un poco, aunque sí estilísticamente o de alguna manera en tu obra, algo de ella?
MARITZA M. BUENDÍA: Sí, claro, a lo mejor, ¿sabes dónde podría haber más? Yo creo que quizá como en mis primeros libros Tangos para Barbie y Ken y quizá más todavía en El Jardín de los Cautivos. Quizá todavía estaba más como apegada a ciertos autores, pero ya luego creo que ya en mis novelas ya no… algo habrá seguramente.
Uno comienza a construir su lenguaje a partir de lo que nos gusta y luego vamos encontrando el nuestro, ¿no?, ya conforme van pasando los años.
Y está bien. Juan García Ponce le llamaba plagios homenaje literario, no recuerdo ahorita bien exactamente si era exactamente así.
ALBERTO AVENDAÑO: Y bueno, algo que a mí también me interesa mucho es la manera en la que ensamblas tus presentaciones de libro, porque son muy atractivas en cuanto a la teatralidad que las engloban.
¿De dónde surge esta idea de hacer las presentaciones teatrales?
MARITZA M. BUENDÍA: Tú sabes, obviamente, que mi trabajo está en la academia. Hay muchas cosas buenas de la academia que me gustan, y es mi trabajo; lo respeto y lo quiero, obviamente.
Pero hay esquemas —me parece— que en las presentaciones de libros ya no son muy sostenibles. Lo que a mí me interesa es dialogar con otras disciplinas.
Cuando estoy aquí en Zacatecas, que es donde vivo, y he podido hacerlo porque aquí es donde vivo, entonces para mí es como un gran asombro, hasta de cierta manera como una maravilla.
No sé si me explico en qué sentido lo estoy diciendo. O sea, me asombra mucho cuando pongo en diálogo mi trabajo con otras disciplinas artísticas, porque me apertura mundos distintos de ver la literatura.
Entonces para mí es fascinante ver actores que pueden interpretar “ese es mi personaje”, o escuchar música que pueda ir acorde, o ver bailarines que están tratando de interpretar una escena.
No sabes, para mí es de verdad muy, muy gozoso. Me siento privilegiada de trabajar y de conocer a otros.
Además soy arriesgada y aventada, y no me importa… ¿cómo te diré? Yo no soy artista, ni soy actriz, pero me encanta esta parte de la lectura dramatizada, de conjugar otras disciplinas y de aprender.
Mi estado ideal, para mí, es ser alumna. Es muy gozoso ser alumno, es muy gozoso estar aprendiendo, estar estudiando. Y eso me pasa cuando preparo mis presentaciones aquí y algunos de los lanzamientos en Ciudad de México.
En Ciudad de México trato también de que sean más programáticos, la verdad es que con menor complejidad porque todo implica dinero y tiempo. Y ya en los demás lugares se me vuelve luego imposible no hacerlo.
ALBERTO AVENDAÑO: Nos podrías hablar sobre, en estos cambios que estamos viendo con la inteligencia artificial, pues la evolución del internet de las cosas y todo esto, ¿cuál es el camino que crees que lleva la literatura?
MARITZA M. BUENDÍA: Yo no he utilizado la inteligencia artificial, no conozco sus alcances. Es un mundo que me sobrepasa, que me sobrepasa, y no lo quiero. No lo estoy calificando ni negativo ni positivo.
Yo he visto, por ejemplo, dibujos que ha hecho Gonzalo [Lizardo], los que publican en internet, y que él mismo dice: “estoy como jugando”, algo así dice, “estoy haciendo ejercicios lúdicos y estoy creando historias con no sé qué aplicación”.
Me parecen hermosos los dibujos que va haciendo. Yo no sé si tenga que ver luego con las órdenes que le vas dando, pero la manera como lo va recreando me parece que está bien usado, bien ejecutado.
Yo no sé si en ciertas áreas pueda llegar a ser importante. Yo todavía soy de las que piensa que no.
ALBERTO AVENDAÑO: Algo que quieras agregar.
MARITZA M. BUENDÍA: No, yo quiero felicitarlos a ustedes porque es un esfuerzo muy grande y muy ingrato.
Yo entiendo perfectamente el esfuerzo que implica llevar un trabajo así. Yo durante muchos años trabajé en la editorial Dos Filos, con José de Jesús Sampedro, con quien aprendí muchísimo. Era otro momento, era todo manual, mucho era manual, mucho era físico.
Pero ahora los retos digitales que enfrenta un suplemento son otros, son distintos. No sé si mayores o menores. No es en relación a menor o menor, sino en relación a la cantidad de lectores que tenemos.
Yo creo que los escritores, escritoras, estamos un tanto locos. Los artistas en general, porque pareciera que el mundo cada vez más nos está diciendo que no debemos ser artistas, que hay otras preocupaciones, que hay otras cosas.
Pero ¿qué vamos a hacer si perdemos la capacidad de leer símbolos, de tener rituales, de tener arte? A mí me angustia mucho luego pensar en una sociedad sin símbolos.



