SAID ANTONIO CRUZ
Detrás de mi escritorio de cristal templado, en el piso cuarenta, cuelga un póster minimalista de Patrick Bateman. Es un chiste local que sólo yo entiendo. Los compañeros creen que es la ironía cinéfila de un geek que escaló demasiado rápido en la empresa. No lo es.
A veces, mientras elaboro las presentaciones comerciales para los clientes, repito en mi mente el discurso de Tyler Durden: “No eres tu maldito trabajo”. Me divierte apropiarme de su anarquismo desde la comodidad de mi silla ergonómica. Pero el verdadero anarquismo consiste en hackear tu propio cuerpo. El sistema te quiere sumiso, gordo y cansado, quiere que seas un consumidor dócil, que temas la vejez. Yo me niego. Cierro la laptop con un golpe seco y bajo hacia el gimnasio a esculpir la única máquina que realmente controlo.
Aumento la velocidad de la caminadora de frente a un gran espejo. Mis tenis golpean la banda de hule con un ritmo militar mientras la pantalla de la caminadora parpadea, registrando mis datos biométricos en tiempo real: ritmo cardíaco, calorías quemadas, nivel de oxígeno. Hay que evadir el monstruo de lo senil. El panel muestra un avatar digital perfecto, impecable, que corre a mi par. Pero cuando alzo la mirada hacia el espejo, el reflejo no coincide.
En el centro de mi mejilla derecha, justo sobre el pómulo, ha aparecido un barro. Una pequeña protuberancia roja que empieza a crecer con cada zancada. Siento su latido caliente bajo la piel, tiene ritmo cardíaco propio.
Pienso de inmediato en la crema rejuvenecedora de colágeno que me vendió Dorian la semana pasada. Dorian, es el director de marketing que a sus cincuenta años luce un rostro de veinticinco. “Es un tratamiento exclusivo, un hackeo celular puro”, me susurró en el elevador mientras me entregaba el frasco dorado. Quizá el producto me hizo daño. Una simple reacción alérgica a los químicos de laboratorio. Presiono el botón de emergencia y detengo la caminadora. Me acerco al espejo y hundo los dedos alrededor del absceso para exprimirlo. Al apretar, la piel se estira con la viscosidad de un lienzo viejo que empieza a cuartearse. El barro se abre y lo que brota de mi mejilla no es grasa ni pus, es un hilo denso de óleo negro y pintura podrida. No deja de brotar. Intento limpiarlo con la toalla blanca, pero el lienzo de mi piel se rasga un poco más, revelando que debajo de la epidermis no hay músculos ni tendones, sólo vacío.
Mi smartphone vibra. Mensaje de Slack. Es Dorian. ¿Qué tal funcionó el colágeno?, El precio de la eterna juventud corporativa es convertirse en una estatua de barro maleable, un producto perfectamente empaquetado, pero podrido por dentro. Vuelvo la mirada al espejo. Mi mejilla derecha se desploma. Desesperado, hundo los dedos en el pedazo que le falta a mi rostro, siento un crujido en la mandíbula.
La pantalla de la caminadora parpadea en un rojo alarmante, escucho lo lento que se marcan mis signos vitales. Pierdo la forma por completo y me derrito como cera caliente. Quedo estampado en el piso. En el suelo del gimnasio queda mi verdadero rostro, una mancha gris.
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